Los círculos que se nos deshacen

La Tierra da vueltas alrededor del sol, que a su vez da vueltas alrededor de una galaxia, que a su vez da vueltas… (Elipses, yo sé, pero da lo mismo). Giramos. Avanzamos hacia un camino lateral que nos regresa al punto de partida. O eso pareciera. Porque nunca estamos en el mismo sitio. Ni siquiera los recuerdos que visitamos en nuestras mentes son iguales cada vez. Nos hacemos la ilusión de regresar a lugares amados, pero éstos ya no existen y quién sabe si alguna vez lo hicieron como nos los imaginamos.

Uno arma la vida alrededor de rutinas que parecieran mantener un orden. Como si trazáramos el camino con un hilo sujetándonos de en medio y giráramos. Círculos perfectos y cerrados. Pero eso no es la vida. Eso lo hacen los hámsters en sus rueditas de hacer ejercicio: correr y correr y no ir a ninguna parte.

Nosotros, aunque no lo sintamos, avanzamos. Hacia lugares diferentes. Y, si no nos fijamos, podemos llegar a sitios que no nos gustan. No hay opción. Porque así es. Ningún círculo es perfecto y nunca somos los mismos.

Hay que aprender a aprovechar ese impulso que da el mismo giro y dirigir, hasta donde se puede, la dirección de la rueda que nos lleva. De repente se rompe y nos libera.

La inercia

Ya hace unos años me caí estrepitosamente en un parqueo. Al aire libre. Frente a una calle muy transitada. Yo iba en vestido. Digamos que no fue uno de mis mejores momentos. Ni siquiera pude quitar la cara del todo y sí me bajé a saludar al asfalto. Lo más dañado fue mi orgullo, obvio.

Sentir que nos precipitamos con aviada hacia un fin inevitable es una sensación muy fea. Dejamos el control, vemos venir el trancazo, nos duele antes que suceda. La inercia es una de esas fuerzas físicas que son inmutables y que, curiosamente, también se aplican a la vida emocional. Le encaramamos tanto al carrito que lleva el rumbo de nuestras vidas, que nos cuesta muchísimo cambiarle la dirección. Y la velocidad sólo aumenta.

Durante la vida hay señales, momentos clave que sirven, ya sea para hacer desvíos pequeños que repercuten inmensamente en nuestro destino, o para parar por completo y retomar un camino completamente diferente. Pero, para hacer esos cambios, hay que estar muy atentos a lo que nos está sucediendo en el momento de ahora y lo que nos va a pasar si seguimos por donde vamos. Eso de cambiarnos de carril a último momento pasándonos casi que por encima de tres filas de carro porque no nos acordábamos que por allí quedaba la salida, sólo es otra forma de dejar la carita en el asfalto.

Es cierto que no todo se puede prever, pero hay cosas que son más claras que un vaso de agua. Como el hecho que iba a dejar media nariz en el suelo cuando no me fijé que había un tope en dónde tropezarme.

¿Determinación?

Estábamos hablando con mi marido y le comenté que, en algún momento en un futuro que espero que no sea muy cercano, quisiera quitarme un poco del busto. Mis comadres me han acompañado fielmente desde los doce años, pero, confesando intimidades, siempre me han parecido un poco grandes. Estoy segura que me vería muchísimo más delgada con una copa menos. No les voy a contar la reacción del pobre hombre.

Las mujeres (por lo menos la mayoría), tenemos busto y un aparato reproductor que nos identifica como tales. No quiero meterme en las honduras de las «clasificaciones modernas», porque no es ése el espíritu de esto. Digamos que ciertos rasgos físicos como un porcentaje más alto de grasa, la falta de una manzana de adán, facciones más suaves y voces más dulces, indican que uno es mujer. Lo que no indican es cómo es uno de mujer.

Me ha pasado muchísimas veces que mi carácter fuerte es considerado de forma negativa, sobre todo si me toca dar instrucciones a hombres. Es como si las partes suaves de mi cuerpo debieran hacer que yo no fuera dura. Y lo soy. Cuando quiero ser más tierna, no es porque quiera parecer más femenina, sino porque quiero ser mejor persona con la gente a la que quiero. Entiendo que hay muchas cosas que me llevan a comportarme diferente que un hombre, pero son las mismas que me llevan a ser diferente a cualquier otra persona.

Hablar de «determinación» en el sentido de un destino del cual no nos podemos escapar, sobre todo por el cuerpo que nos acompaña, es quedarnos a la mitad de nuestro potencial. Hay convencionalismos sociales de los cuales no nos podemos escapar si queremos ser parte del mundo en el que nos encontramos, es cierto. Si no está de moda que los hombres usen vestido, pobre aquél valiente que sea el primer valiente en hacerlo. Pero pretender a estas alturas que una niña tiene que tener menos matemáticas en el colegio porque tiene menos habilidades para eso que un niño, me hace querer partirle la cara a alguien.

Cada uno se forja y se forma a la imagen que más le gusta, sea de forma consciente o no. Cuesta trabajo, como una escultura. Pero, si se tiene paciencia y se soporta el dolor, queda una obra de arte. Y, si alguna vez convenzo al hombre, me quitaré lo que me sobra.

El destino del nombre

Nos costó bastante encontrarle nombre a nuestros dos hijos. Mi marido les contará que ambos le dijeron en sueños cómo querían llamarse. Lo que sí teníamos claro era que no queríamos que se llamaran igual a nosotros.

El nombre lo identifica a uno y rara vez es algo que el que lo porta puede escoger. Sólo traten de cambiárselo con nuestra eficiente legislación y conocerán un paseo por el Hades. Los que tenemos dos nombres, respondemos más fácil a uno y no al otro, damos los dos por pesados o elegimos exactamente el que no utilizan en nuestras casas.

Algo tienen los nombres que parecieran traer todas las mañas de portadores pasados. Y, como se hereda la costumbre de ponerle a todos las generaciones los mismos, da la impresión que se está regalando un destino, casi como el color se ojos.

Creo que es parte de crecer el apropiarse uno de cómo se llama. Que lo identifiquen a uno de forma independiente de los padres/tíos/abuelos. Se trata de trascender tradiciones familiares que nos quedan bien y hacer las propias.

En mi familia, los Luises vienen con un destino que no me gusta. Y por eso me he forjado una herencia propia, hasta tal punto que dudo que me identifiquen con mis antepasados. Salvo por lo que sí me convenga.

Mi Color Favorito

Morado. Siempre. Tal vez es herencia. Mi papá decía que a su excéntrica (y por excéntrica, quiero decir borracha y drogadicta) abuela francesa, la «LeLen», también le gustaba el «mojjjjaaaado». Mi hija tenía los ojos violeta cuando nació y ahora dice que ése es su color favorito también.

La vida es tan rara, el universo tan complejo y nuestras mentes tan misteriosas, que quién sabe si verdaderamente se puede heredar el gusto por un color. Con eso de que, según Jung, existe una conciencia colectiva, tal vez sí tenemos forma de conectarnos con los pensamientos de los demás. Y, también, si resulta que el tiempo como tal no existe de forma linear, sino como una dimensión adicional que no accesamos, pues podría ser que mi bisabuela estuviera diciendo que le gusta el colorcito en este mismo momento.

Yo no creo en la predestinación, creo en los caminos. Uno comienza a andar por un sendero que tiene un punto final. Cada paso que damos nos acerca a ese fin. Muchas veces, la dirección la escogimos hace tanto tiempo, que ya no nos acordamos de hacia a dónde nos dirigimos y, cuando llegamos, nos resulta tan sorprendente que le echamos la culpa al «destino». Babosadas.

Sí creo que hay situaciones que nos son más favorables, personas que nos encajan mejor y que la «Vida» (Dios, el Universo, el Destino, lo que quieran, yo creo en Dios, ustedes pueden creer en lo que quieran, no me quita ni me pone) nos los presenta como los postres de una carretilla de restaurantes. Uno escoge y habrá alguno que le guste más o menos a uno. Así de simple.

E igual de sencillo resulta eso de las herencias familiares. Hay muchas formas de describirlas, desde la genética que no entendemos del todo, hasta la espiritual, que igual no entendemos. Nacemos sobre un camino que ya va recorrido por todas las personas que vinieron antes que nosotros. Podemos elegir continuarlo, o desviarnos hacia otro. Escoger qué se lleva uno de lo que le dejaron los que lo recorrieron antes, allí estriba la verdadera herencia. Yo elijo el color morado. Me encanta. No lo demás que le conozco a la «LeLen», muchas gracias.