El destino del nombre

Nos costó bastante encontrarle nombre a nuestros dos hijos. Mi marido les contará que ambos le dijeron en sueños cómo querían llamarse. Lo que sí teníamos claro era que no queríamos que se llamaran igual a nosotros.

El nombre lo identifica a uno y rara vez es algo que el que lo porta puede escoger. Sólo traten de cambiárselo con nuestra eficiente legislación y conocerán un paseo por el Hades. Los que tenemos dos nombres, respondemos más fácil a uno y no al otro, damos los dos por pesados o elegimos exactamente el que no utilizan en nuestras casas.

Algo tienen los nombres que parecieran traer todas las mañas de portadores pasados. Y, como se hereda la costumbre de ponerle a todos las generaciones los mismos, da la impresión que se está regalando un destino, casi como el color se ojos.

Creo que es parte de crecer el apropiarse uno de cómo se llama. Que lo identifiquen a uno de forma independiente de los padres/tíos/abuelos. Se trata de trascender tradiciones familiares que nos quedan bien y hacer las propias.

En mi familia, los Luises vienen con un destino que no me gusta. Y por eso me he forjado una herencia propia, hasta tal punto que dudo que me identifiquen con mis antepasados. Salvo por lo que sí me convenga.

Atención incómoda

Siendo sinceros, a mí sí me gusta ser el centro de atención, pero no en todas las ocasiones. Generalmente, si es entre personas que no conozco, mejor que ni se percaten de mi existencia. Es un resabio de no estar completamente segura de estar haciendo bien las cosas. O de no confiar en las intenciones de la otra gente. O de ser extañamente tímida (aunque eso nadie me lo crea). Pero me incomoda especialmente cuando gente con la que no tengo tanta familiaridad, me trata con mayor atención de la que yo les doy.

Pareciera que todos tenemos límites de confianza que estrechamos o ensanchamos a nuestra conveniencia. Y está bien. Nunca he entendido la necesidad de hacer amistades entrañables en el trabajo, simplemente porque uno mira a la misma gente todos los días. No estoy hablando de la cordialidad y educación que son indispensables. Me refiero a tener que agregar al ámbito personal a gente con la que no tenemos necesariamente nada en común.

Saber poner límites, adecuar actitudes, delimitar relaciones, nos da más seguridad y nos pemite crear interacciones más sanas. No hay misil más certero para sabotear de una buena relación, como la pérdida del respeto por adelantarse a la confianza.

Y no es que las cosas no sean fluídas y no puedan cambiar. Yo puedo comenzar saludando con la cabeza a alguien a quien tiempo después puedo considerar de la familia. Pero no antes de su tiempo.