A mi edad, uno puede tomar una decisión consciente de cómo va a pasar el resto de su vida: amargado o no. Y sí, es algo que uno puede decidir, de preferencia, porque la vida tiene la mala maña de ver un vacío en las resoluciones personales y llenarlo como se le da la gana. La consciencia es una gran cosa, pero también implica bastante más trabajo y asumir responsabilidades.
Resulta que la menopausia se parece demasiado a la adolescencia en cuanto a la metamórfosis cerebral. En la pubertad, se aprende a ser independiente. En la menopausia se aprende a ser libre. Por eso a las señoras mayores (ejem, ejem) se les van los filtros y dicen las cosas mucho más claro que cuando están queriendo quedar bien con todo el mundo a su alrededor. Es maravilloso dejar de preocuparse de la opinión de los demás. Pero… No hay qué abusar. Porque una cosa es vivir uno su realidad y otra querer hacer que los demás se la traguen sin ni siquiera un poquito de azúcar.
Yo quiero ser una vieja feliz. Reírme, ayudar a que los míos vean la vida con más ligereza. Acercarme a los que quiero sin tantos obstáculos tontos de falta de seguridad en mí misma. Quiero ser más auténtica conmigo. Y no quiero ser impertinente, ni grosera. Es una buena determinación qué ponerme para el resto de mi vida.