Lo único que necesito
para sentirme bien
es que pase el tiempo
y me vuelvas a ver.
Lo único que necesito
para sentirme bien
es que pase el tiempo
y me vuelvas a ver.
Mi mentira favorita sigue siendo “todo va a estar bien”. Porque es una de esas mentiras que, con suficiente tiempo, se convierte en realidad. La mayor parte de cosas tienden a estar bien o a desaparecer o a morir. Y, al final de cuentas, eso lo arregla todo.
No soy particularmente nihilista, al contrario, me gusta la vida y creo que tenemos trascendencia. Pero sí soy pragmática y tiendo a estar satisfecha con lo que tengo en el momento. Al final del día, lo que hay es lo que hay.
Así que, cuando algo me duele, me molesta, me agobia, me miento y espero. Al final, llega a ser verdad.
Cuando alguien lo quiere a uno, se siente. Cuando no, se siente más. Las palabras son medios maravillosos para apuntalar las acciones, pero sin las segundas, no sirven de nada.
Tal vez por eso tenemos un radar de mentiras incorporado y por eso nos molesta tanto que nos quieran decir que las cosas son de una forma, cuando las estamos viviendo de otra. Hay que fijarse en el contexto de lo que dice la gente, sobre todo cuando contradice sus acciones.
A mí me encanta que me digan que me quieren. Soy feliz con palabras de cariño. Pero prefiero que me lo demuestren.
Tener fiebre y dormir todo el día pareciera una propuesta de juego macabro. Por una parte, lo de dormir sí se antoja. Por la otra, lo de la fiebre mejor no. Pero fue lo que me tocó hoy y le saco la parte buena.
Estar enfermos nos demuestra lo vulnerables que somos y cómo el cuerpo es susceptible de desmoronarse en un ratito. También se puede aprovechar para sobreponerse a las molestias y seguir adelante con la vida, en la medida de lo posible.
Yo combiné las dos, porque el ejercicio y el trabajo y el súper no perdonan. La vida sigue, con o sin uno y a mí me cae mal tener que hacer carreras para ponerme al día. Dormir estuvo rico, conste.
La magia existe. La ley de la atracción es verdad. Los milagros suceden todo el tiempo. Pero no como nosotros creemos. Lo mejor que tengo en mi vida, todo eso que funciona bien, con simplicidad y elegancia, todo, me ha costado esfuerzo, sudor, tiempo, sacrificio, lágrimas. Nada de lo que sirve, lo hace sin que lleve mi atención. Es sólo que el trabajo no se mira, si no, no serviría.
Me puedo identificar con las personas que buscan atajos para solucionar sus vidas. Yo misma lo he hecho y siempre con resultados insatisfactorios. Y no quiero decir que todo tenga que ser una lucha constante, pero hasta hervir agua necesita fuego. Nuestros mismos cuerpos están diseñados para funcionar mejor con un poco de presión, de privación, de agotamiento.
Así que, claro que existe la fórmula secreta para todo: hacerle. Hasta conseguir lo que uno quiere. Cambiando de método cuando algo no funciona, descansando cuando estamos exhaustos, modificando hasta la forma del resultado. Pero haciéndole.
Si te pongo nombre,
¿eres mío?
Responderás a mi voz
cuando te llame
aunque no estés
sólo con decir
el nombre que te puse.
Será mía esa parte tuya,
porque sólo yo te llamo así.
Casi nunca he tomado vitaminas. Recuerdo las Chucks, con su sabor ligeramente ácido y la textura un poco a yeso. Me encantaban. A mí y a toda la humanidad de mi edad, no por nada era tan difícil abrir el frasquito. Pero ahora que tal vez sí lo necesitaría, no tomo complementos a lo que como.
Nada en la vida es absoluto. Ni el mayor de los talentos se puede desarrollar sin la ayuda del entrenamiento. Todo necesita una pequeña ayuda para desarrollar su máximo potencial. Como la comida, que ya no nos llena todos los requerimientos de nuestra edad, ninguna relación puede suplir todas nuestras necesidades. Para algo tenemos un círculo variado de personas con quiénes interactuar. Se aburrirían de nosotros si no pudiéramos poner nuestra atención en otra parte.
Tengo que ayudarme con algunas cosas extra ahora. No puedo comer toda la proteína que necesito y ando en prueba con la creatina, aunque esa relación ya casi está en pausa indefinida. Y busco activamente a mi círculo extendido de relaciones para seguirlas cultivando. Ellas sí me complementan la vida.
Yo puedo hacer la mayor parte de cosas de mi vida sola. Estoy acostumbrada así. No me molesta. La desventaja es que termino haciéndolo todo, cansada y frustrada de no haber recibido ayuda. Culpa mía por no pedirla antes.
La independencia es una cosa maravillosa. Los seres humanos ya no cazamos en grupo, llegamos a la edad de no depender de nuestros padres eventualmente y nos entretenemos solos con relativo éxito. Pero… nuestro cerebro ha evolucionado por cientos de miles de años para vivir en sociedad y tener interdependencias. ¿Que si necesitar a más personas nos hace susceptibles de ser defraudados? Bienvenidos a la naturaleza humana: somos falibles. Frecuente y estrepitosamente falibles. Incluyéndonos a nosotros mismos. Negarnos la riqueza de experiencia al compartir nuestras vidas sólo porque pueden lastimarnos es como no querer tomar agua por no ir al baño. Nos morimos.
He aprendido a delegar. Y a aceptar con gracia el resultado del esfuerzo del otro. Tal vez no quede como yo lo hubiera hecho. Pero no lo hice yo.
El radio del círculo de cosas que están bajo mi control es pequeño. Muy pequeño. Incluye mi reacción a mis emociones, lo que digo, lo que como y a qué hora me levanto de la cama. Luego el círculo de influencia es un poco mayor. Puedo empujar las cosas, sugerir y ser escuchada, hacer planes relativamente exitosos. El resto, la vida entera casi, está fuera de mi alcance.
Uba de las claves de la felicidad es saber distinguir qué actividad cabe dónde. Y dedicar la energía correspondiente. Nada desgasta tan feo como desperdiciarse en cosas sobre las que uno tiene nula incidencia. Allí cabe recitar el axioma estoico de “es lo que hay” y ser feliz.
Cuesta un poco aplicar esta filosofía al trato con los hijos, si uno pretende seguirlos manejando como cuando eran bebés. Es uno de los casos en donde el control va dando paso, ojalá, a una influencia respetuosa. Me da ilusión esa relación futura con mis hijos adultos. Aunque ahorita todavía me quede algún tiempo de control.
Anoche tuve pesadillas. Una amalgama de nervios, imágenes de la tele y mucha comida se unieron en mi cerebro para tenerme entretenida.
Los sueños son básicamente nuestra mente recogiendo los pedazos del día y armarlos en la forma que mejor le parece. A veces esas construcciones son bellas. Otras no. Pero siempre sobresalen los detalles que, aunque no nos hayamos dado cuenta, nos llamaron la atención. Es el juego del estímulo y la respuesta. Por eso es bueno fijarse con qué nos alimentamos (en todos los sentidos), porque no siempre sabemos qué se vaya a quedar impregnado.
Me desperté agradeciendo hacerlo. Hoy trataré de sólo ver cosas bonitas y calmarme y comer bien. No quiero otra película privada de terror.