Las verdades y lo que se entiende

Hay muchas formas de contar una historia, más si es la propia. Editamos, alargamos y acortamos nuestra biografía cada vez que hablamos de nosotros mismos, porque lo importante no es lo que pasó, sino cómo lo vemos en este momento. O el siguiente.

Lo mismo pasa con la Historia, que, además, es contada por muchas personas distintas que le dan el giro que quieren. Difícil estar seguro del todo de dónde venimos, si se descubren cada vez más tergiversaciones de lo que nos cuentan. Hay que hacerla de detective y psíquico, no sólo de historiador, a la hora de considerar esas venas académicas con que se nos quiere alimentar.

Yo creo que ayuda mucho ver con objetividad lo que existe ahora para escarbar los cimientos sobre lo que está fundado. Tener criterio y saber que nunca vamos a conocer toda la verdad, ni siquiera cuando es la nuestra.

Enfocar las distracciones

Todos necesitamos de un descanso de nuestras vidas. Una especie de recreo que nos refresque y nos permita seguir adelante. No podemos quedarnos allí para siempre, porque sería igual que comer postre como único alimento. Se puede, pero con pésimas consecuencias, la peor de las cuales es que a uno le llegue a hartar el postre. Tragedia.

No me consta, pero podría asegurar que nuestros antepasados prehistóricos tenían una vida más emocionalmente satisfactoria que la nuestra. Si el único oficio es estrictamente para sobrevivir, el resto del tiempo se puede utilizar en enriquecerse a un mismo, con la socialización, pintar cavernas, contar cuentos, criar hijos… no lo estoy idealizando, para nada. A mí que me den agua corriente y plomería interna, además de antibióticos, antes que cualquier atardecer idílico sin polución. Pero… no puedo dejar de especular que debe haber sido satisfactorio tener más balance en el propósito de nuestras actividades. Sinceramente, no necesito un tercer vestido. Ni un décimo. Pero lo quiero… En fin.

Integrar las distracciones en la vida diaria. Que se vuelvan partes esenciales de la misma. Eso nos ayuda a estar mejor balanceados. Con tal que ésas no se conviertan también en ataduras y tengamos que encontrar distracciones de nuestras distracciones.

Llenar la cubeta

Para regar una planta, se necesita que el recipiente tenga agua. Una lección tan esencial que no es fácil entender. Cuando uno es mamá, se vuelca tanto sobre los demás, que se queda vacío.

Yo quisiera que todos entendiéramos cómo cuidarnos para poder cuidar a alguien más. Y no sentirnos mal.

Ahora he estado tratando de llenar mi cubeta antes de regar una plantita adicional. No es egoísmo, es supervivencia.

Con poco

Se puede ser feliz con poco, cuando uno ya tiene el resto. O tal vez es todo lo contrario. Me ha pasado que mis momentos más felices son sencillos, pero es porque no me preocupa nada más. Cuestión de perspectiva, supongo.

La vida se construye de a poco y es todos los días. Cosas esenciales como la salud se aprecian mejor cuando faltan. Y terminamos no dándonos cuenta de lo que tenemos hasta que ya no está.

Quiero aprender a gozar lo que haya. En ese momento. Y trabajar por lo que falte.

Tan chiquitos

Me salió una de esas fotos del recuerdo de hace 14 años. Era tan joven. Mi hijo, que ya me saca como tres cabezas, todavía con pepe y la nena de un mes escaso me cabía en un brazo. Típica observación de viejo, pero el tiempo ha pasado demasiado rápido. Yo no me siento muy distinta, pero ciertamente se me miran los años extra.

El propósito de toda especie es tener a la siguiente. Una perpetuación de nuestros genes. Pero los seres humanos, además, queremos trascender más allá de nuestros propios hijos, dejando una huella permanente que lleve nuestro nombre. Pero, la realidad más absoluta, es que nada perdura. Si hemos olvidado los nombres de los dioses antiguos, ¿cómo no vamos a ser borrados de la historia?

Mis hijos me llevarán consigo hasta donde me recuerden. Y, cuando ese recuerdo ya no persista en la mente de nadie, habré agotado mi parte de inmortalidad. Y está bien.

La isla

A veces pienso que puedo vivir aislada de todo el mundo. Luego me pasa algo que quiero contar y admito que necesito gente.

Los seres humanos somos una criatura tan extraña, porque existimos en un mundo interior imposible de compartir del todo, dentro de un conjunto de otras personas a quienes necesitamos. Las necesitamos porque evolutivamente estamos hechos para vivir en sociedad, para establecer conexiones y para brindar ayuda. Cableo básico de nuestro cerebro. Cuando está dañado, hablamos incluso dentro enfermedades mentales.

Ningún hombre es una isla en sí mismo (y si creen que eso me lo inventé yo, vayan a buscar el poema, por favor). Todos navegamos conteniendo nuestra singularidad y relacionándonos con otras. La magia está en los breves espacios de tiempo en los que coincidimos.

Lo que uno guarda

Cuando me tocó vaciar la casa de mis papás, encontré hasta recibos de mis párvulos. Cada cosa guardada con cariño que yo tiré por montón. Porque no eran importantes para mí, pero sí para mis papás. Las cosas que guardamos, ese papel del concierto, el menú de un restaurante, un corcho, todo eso que termina en la basura de nuestros hijos, nos describe. Las cosas de valor tienen una historia propia. El papelito con un dibujo, llevan nuestra historia.

Desde que enterramos a nuestros muertos, podemos ver cómo le asignamos valor a las cosas. Por algo pedimos descansar para siempre con ellas. Ese plato especial, el collar con el diente del mamut… Cosas que, miles de miles de años después, tienen mérito de curiosidad antropológica, seguro contaban la historia del día a día de la persona que las usaba, pero ahora están mudas.

Cuando terminé de tirar cosas, me prometí no guardar nada que no fuera indispensable, inclusive teniendo la menor cantidad de gavetas en mi casa. Pero… imposible no tener una librera con piedras, o mesas con corchos, o papelitos que tal vez hasta yo olvidé qué significan. Porque de alguna manera también ellos cuentan mi vida, tanto como esto que hago todos los días. Y también eso les va a tocar limpiar a mis hijos.

Todo a su tiempo

Se supone que hay un momento para todo. Es una de esas reglas como las de los bienes raíces (ubicación, ubicación, ubicación)… para la vida es “momento, momento, momento”. Y me refiero al adecuado. Al que nos encuentra en el lugar y la disponibilidad correctos. Es cuando tenemos la fuerza para levantar el regalo, la sabiduría para apreciarlo y la humildad para aprender.

Cuesta vivir atento al momento. Sobre todo cuando se es joven y uno quiere saltarse todas las etapas. Uno mira a los hijos luchar contra el límite de su edad y toca darles calma, aunque sea a la fuerza. Todo viene.

Es malo perder ese momento por no tomarlo cuando se nos presenta. Pero tampoco sirve adelantarlo. Y es en ese juego que uno pasa la vida, a veces aprovechando las oportunidades y a veces lamentándolas. Menos mal que la muerte nunca llega a la víspera, porque no la apreciaríamos cuando nos toca.