Estoy consciente que mi tiempo con el adolescente es limitado y va en disminución. Me encanta eso y me duele como tener roto el dedo pequeño del pie. O el corazón. Lo que duela más. Por eso agradezco cada momento que lo tengo para mí. Llevarlo a sus partidos, por ejemplo. El tráfico de la ciudad nos ayuda a que el recorrido sea largo.
Hay una magia especial en los espacios vacíos de tiempo que uno tiene que llenar platicando. Por eso es bueno instituir momentos sin celular. Es para obligarse a hablar porque los silencios son incómodos.
Hay un tráfico espantoso, pero qué bueno. Porque lo tengo para mí sola por lo menos una hora. Me quedan pocos.
