Volver a dormir

Mi cuerpo está acostumbrado a despertar muy temprano. No distingue fines de semana, aunque no sea necesario abrir los ojos el domingo. Allí me deja, con el sol saliendo, sin lugar a dónde ir más que a donde uno sueña, pero sin poder regresar.

Esos momentos de no hacer nada son ideales para ajustar piezas sueltas de la vida que uno lleva medio arrastrando pero no tiene tiempo de recoger. Una felicidad que no asimiló bien. Un enojo que todavía arde. Una tristeza que va pesando.

Allí, en la espera del doctor, antes de dormir, en el tráfico detenido, la vida moderna, por mucho que nos hace correr a todas partes, nos regala momentos callados que podemos llenar de calma.

Ver hacia adentro y revaluarse ayuda a mantener algo de sanidad emocional. Un poco de descarga, de atornillar ideas, de calmar el océano que se lleva en el corazón.

Para mí, esa hora entre que despierto sin necesidad y que puedo volver a dormir, me sirve para estar conmigo. Sola. No siempre soy buena compañía y tampoco siempre logro esa calma. Pero sí casi siempre me logro volver a dormir y eso también está bien.

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