La noche del jueves al viernes no dormí. Tal vez media hora. Al día siguiente, tenía mil actividades y de milagro no choqué porque me quedé dormida manejando.
La cosa es que el sábado era la mañana deportiva del colegio y soy mamá de grado de la clase de la niña. Allí estaba yo, con sombrero de señora jardinera, cargando niños para subirlos a un escritorio.
Me requirió un mundo de esfuerzo. Emocional y físico. Y no se me notó. Porque es el tipo de cosas que nunca se le pueden explicar a los niños. Tampoco es necesario. Amarlos y hacerlo es suficiente.
Cuando ella tenga los suyos, ya lo sabrá.
