Qué hacer con los pedazos

Uno crece con expectativas de qué va a pasar en su vida, que van desde poder volar cuando se es niño hasta cualquier futuro que se imagina uno de joven. A los veinte años, aún tenemos ilusiones de amores de cuentos de hadas, viajes alrededor del mundo, niños perfectos y carreras exitosísimas. O lo que sea que nos despierte por las noches a soñar.

Resulta que las ilusiones son pedazos de mosaicos que armamos en diferentes formas. Nos gusta pensar que tallamos nuestras vidas en piedra, pero eso sólo significa que, si las cosas no salen como queríamos (spoiler: nunca salen exactamente como queríamos), nos despedazamos ante la realidad de ilusiones rotas.

Los mosaicos, ese arte tan lindo de hacer imágenes con retazos, es otra forma de entendernos. Tenemos pedazos que son inmutables, pero que podemos mover para formar nuevas expectativas y ajustarlas a lo que viene. No es que las ilusiones sean malas, pero ni siquiera podemos saber si nos va a gustar lo mismo en cinco años. Hay cosas que cambian. Nosotros, principalmente.

Lo que se hace con los pedazos es ponerlos en formas nuevas. Que nos gusten en este momento. Conservando las piezas. Al final del día, se trata de hacer algo bello, no de rompernos.

Lo suave/ lo oculto

Eres abierto y firme y plano

Yo soy oculta y suave y redonda

Seco, alto, angular

Húmeda, baja, curva

Te miro y te muestras

Me miras y me escondo

Y juntos somos fuertes, vulnerables y nos volvemos uno.

Escogerse

En un mismo día me pongo varios «sombreros»: mamá, esposa, amiga, carpintera, escritora… Las diferentes fachadas que uno presenta dependiendo de la ocasión son tan variadas, como las interacciones mismas. Y es que no voy a hablar de la misma forma, ni de las mismas cosas con mis hijos pequeños que con mi marido. Simplemente uno saca de adentro lo que pide el entorno.

Los seres humanos tenemos varios aspectos de nuestra propia personalidad. Como un cuadro que se mira por partes, o una casa que se visita por habitaciones. No todo el mundo conoce más de uno de nuestras facetas y menos aún la mayoría. Creo que es hasta difícil que nosotros mismos estemos conscientes de todo lo que representamos.

Pero sí podemos fijarnos en cuál de los aspectos de nuestras vidas somos más felices, nos sentimos más libres, más completos. Una amistad que hace que te sientas mal de ser tú mismo es tan dañino como una relación que te obliga a vestirte de cierta manera. En contraste, no hay nada mejor que te conozcan y te aprecien, espinas y todo.

Cuando se es niño, la adaptación al grupo es difícil precisamente porque no se escogen a los compañeros de clase y hay que rogarle a Dios tener suerte. Pero uno, que ya está grande, sí tiene toda la libertad de escoger a las personas de las que se rodea en su círculo más cercano. En buena medida, el barómetro para hacer la clasificación debería ser con quién me siento en mi mejor «yo».

Felices para siempre-ish

Ya casi llevo lo mismo de casada que lo que nos tardó casarnos con Mario. Pasaron casi 12 años entre la primera vez que yo me acuerdo de haberlo visto y ese feliz 29 de abril del 2006. Y, menos mal, no todo ha sido como en los cuentos de hadas, en donde todo termina con un «se casaron y fueron felices para siempre». Meh.

Se habla de matrimonios para toda la vida con algún sarcasmo y se dice que funcionaban así cuando la gente vivía 40 años, lo más. Tal vez los cambios que todos tenemos no se sentían tanto en lo que le quedaba a la gente de juventud. Lo dudo. Siempre han habido rompimientos de relaciones, infidelidades, problemas y malos matrimonios, por mucho que duraran 15 segundos.

Esperar vivir siempre feliz, es querer no vivir. El dolor, la pena, los problemas, las luchas, las lágrimas, todo eso, son las notas contrastantes de un sabor complejo y rico. La comida que sólo tiene una nota es sosa, insípida.

Yo no quiero una vida plana. Me gustan los picos y los barrancos. Las montañas rusas son emocionantes, porque tienen bajadas y subidas. Hemos pasado muertes, enfermedades, penurias, peleas, cambios. Y por cada túnel oscuro que hemos atravesado, hemos logrado salir al otro lado a un mejor lugar. Así hacemos nuestro «para siempre», una década a la vez.

Regalar capacidad

Hay pocas cosas que yo miro y no creo poder hacer. Generalmente tienen qué ver con proezas físicas, como pararme de manos, hacer un cuervo en yoga, montar una bici. Mi cerebro paniquea y hasta allí llega mi autoconfianza. Para todo el resto de cosas, mi pregunta es: «¿Por qué no?» Así me animo a hacer cualquier receta, coser casi todo y hasta hacerla de carpintera.

El mejor regalo que me pudieron dar mis papás ha sido el de creer que, con esfuerzo, se puede hacer cualquier cosa. El problema conmigo ha sido precisamente la falta de esfuerzo. Las ganas no siempre son lo suficientes como para tomarme la molestia. Por lo menos me queda el consuelo de tener el potencial de hacerlas.

Cuando nos premian habilidades y no su ejercicio, nos achican nuestro mundo. Si sólo las personas coordinadas se atrevieran a bailar, no pondrían música en las fiestas. Ni habría carros en la calle. Ni habría gente admirable que se esfuerza lo suficiente como para hacer mejor las cosas que el más talentoso, pero haragán.

Si apreciamos más el resultado de nuestro esfuerzo y admiramos nuestra capacidad de perfeccionarnos, nos conectamos con lo mejor de nuestra humanidad, esa que ha construido pirámides y se ha desplazado por todo el mundo y subsiste en la tundra y quiere ir a Marte.

Hablando de carpintería, me tiré a reparar los muebles de la casa. Ya les contaré.

Complemento/Igualdad

Creo que nunca he armado un rompecabezas de muchas piezas. Me llama la atención, pero entre tantas otras cosas qué hacer, no le he hecho tiempo. Y es que me parece muy simpático cómo se arma un cuadro armónico de un montón de figuritas que pareciera no tienen nada qué ver entre sí. Todas son distintas, pero todas tienen un orden específico. Incluso algunas pareciera que casi cazaran, casi, pero no. Uno tiene que encontrar la exacta.

Algo así pasa en las relaciones. Ni se puede uno buscar a alguien igual, porque no tiene la menor gracia, ni tan distinto que no haya enganche. Lo triste es cuando uno prueba y prueba y prueba, sin fijarse más o menos las características generales de lo que uno necesita. Lo trágico es cuando uno se conforma con alguien con quien casi encaja. En esos espacios que dejan los «casis» es que se forman los barrancos que se tragan las relaciones.

Estar con alguien, en cualquier capacidad, hasta para buscar el colegio de los hijos, implica un grado de afinidad que permita que existan diferencias, pero que ésas no provoquen un total desfase. Más aún con la gente con la que uno convive.

Al final del día, cada pieza que uno agrega, se suma al cuadro final de nuestras vidas. En uno está que el resultado no sea un mamarracho.

Ilusión y felicidad

He aprendido a amar la cocina. Pasar bastante tiempo preparando comida rica para compartirla con la gente que quiero, me da placer. Es un buen ejemplo de gratificación diferida, porque a veces hago cosas que se toman hasta dos días en estar listas. Y me disfruto tanto el hecho de hacerlas, como el comérmelas.

Hay un punto de equilibrio precario entre el ser feliz en el momento y tener la ilusión del futuro. Sin lo segundo, no tenemos ambiciones, metas, razones para avanzar. Pero si sólo creemos que vamos a encontrar placer en lo que está por venir, jamás vamos a estar contentos, porque el mañana siempre es al día siguiente.

Encontrar la manera de estar consciente de nuestro alrededor e identificar lo que nos llena la cara de sonrisas, nos da paz, nos llena, en ESE momento, es encontrar el marco de la realidad que estamos viviendo. Y es allí, dentro de ese espacio, en donde encontramos la verdadera felicidad. La vida va pasando y el chiste es cabalgarla y admirar el paisaje, independientemente si estamos en bajada o en subida.

Estar metida en la cocina y pasar por los pasos de una receta, me parece un acto de creación y arte.

El Mejor Cumpleaños

En algún lado perdí mis ganas de tener celebraciones para mis cumpleaños. No es que no me guste «estar más vieja», eso es inevitable. Simplemente ya no hay piñata, ni velitas, ni saltarín, ni ganas de tenerlos.

Es un día «que se trata de mí». Y lo acabo de tener. Cayó en domingo. Desayunamos, fuimos a Misa, al cine, comimos un helado y regresamos a la hora usual de la cena y cama de los niños. Un domingo normal en mi familia: o sea, el cumpleaños más especial.

Porque una de las metas de la vida es ser feliz y hay que encontrar la felicidad en las cosas cotidianas y normales. Ésas con las que uno se topa siempre: un desayuno acompañado, la sonrisa torcida de uno de los peques, un cuerpo querido en la cama. Pretender ocasiones exageradas, fuera de la rutina, como la única forma de sentirse bien, es como casarse por la fiesta y no por vivir juntos.

Claro que los viajes, las fiestas, los regalos, los escándalos, bombos, platillos, mariachis, todo eso es alegre. Pero no hace la felicidad. La felicidad se la hace uno tomándose una taza de café. O una copa de vino. Como me toca ahorita, para terminar la parte pg de mi día.