El gato tonto y su herida

Ya llevamos cinco semanas desde que el gato se abrió la panza en el alambre de la pared y le queda aún un poco de la herida sin terminar de curar. Porque es gato y ni con el cono de la vergüenza he logrado que se deje de lamer. Hasta ahora, que le compré una camisa especial que le cubre todo. Lo malo es que lo cubre muy bien y tuve que cortarla un poco para dejar que saque… una parte importante.

Nos herimos y, en vez de dejar que eso cierre, lo hurgamos y hurgamos hasta que lo hacemos peor. O dejamos que casi se cure, pero mantenemos un pedacito abierto, nos gusta sentir el dolorcito. Parte de aferrarnos a algo que ya pasó, tal vez. Creemos que si lo soltamos todo y nos curamos, todo el dolor fue en vano. Pero las heridas sanan. Las cicatrices dan carácter. Y los sentimientos se desvanecen. Eso no le resta importancia a lo que sucedió, pero nos deja seguir y no atarnos a una cosa desagradable sólo para sentirnos justificados.

Una semana más le doy al gato tonto para que se le termine de curar la herida. Y luego, lo pego.

La iluminación sobrevalorada

Estoy trabada de la espalda. Otra vez. Se me atrasó la menstuación un día y troné. Tenía más de un año que no me pasaba eso. Pero ya fui a la acupuntura y me sientl mejor. Lo divertido de la cita fue el interrogatorio previo a la pinchada. Hasta la lengua me vio. Y es que, salvo por algo como una picadura de insecto, yo sí creo en eso que las enfermedades son consecuencia de reacciones del cuerpo ante emociones fuertes.

Y es que de alguna forma tenemos que manifestar lo que tenemos en el cerebro. Al final del día, es desde allí de donde salen todas las instrucciones. Y, nos demos cuenta o no, lo que sentimos como un dolor, nos tiene que dañar. Las tristezas nos oprimen el corazón, los nervios nos retuercen el estómago, el estrés nos estalla la cabeza. Dicen que quedarse con palabras nos da carraspera. Tragarse las lágrimas nos da catarro.

El hecho es que, tampoco entenderlo nos hace inmunes. Porque saber de dónde viene una consecuencia, no quita el acto que la provocó. Si decimos una mentira y eso nos tiene agobiados y eso nos enferma, el conocimiento no nos sana.

Pero es un primer paso. Yo sé que se me atrasó la regla, porque acabo de comprar ropa de bebé para un baby shower y me entristeció que ya no voy a volver a estar embarazada. Saberlo no me quita la trabazón. Igual siento que me estoy partiendo en dos. La iluminación, en este caso, sólo me sirve para ver mejor el problema. Pero no me hace poder volver a tener otro hijo. Sobrevalorado el auto-conocimiento.

Felices para siempre-ish

Ya casi llevo lo mismo de casada que lo que nos tardó casarnos con Mario. Pasaron casi 12 años entre la primera vez que yo me acuerdo de haberlo visto y ese feliz 29 de abril del 2006. Y, menos mal, no todo ha sido como en los cuentos de hadas, en donde todo termina con un «se casaron y fueron felices para siempre». Meh.

Se habla de matrimonios para toda la vida con algún sarcasmo y se dice que funcionaban así cuando la gente vivía 40 años, lo más. Tal vez los cambios que todos tenemos no se sentían tanto en lo que le quedaba a la gente de juventud. Lo dudo. Siempre han habido rompimientos de relaciones, infidelidades, problemas y malos matrimonios, por mucho que duraran 15 segundos.

Esperar vivir siempre feliz, es querer no vivir. El dolor, la pena, los problemas, las luchas, las lágrimas, todo eso, son las notas contrastantes de un sabor complejo y rico. La comida que sólo tiene una nota es sosa, insípida.

Yo no quiero una vida plana. Me gustan los picos y los barrancos. Las montañas rusas son emocionantes, porque tienen bajadas y subidas. Hemos pasado muertes, enfermedades, penurias, peleas, cambios. Y por cada túnel oscuro que hemos atravesado, hemos logrado salir al otro lado a un mejor lugar. Así hacemos nuestro «para siempre», una década a la vez.

¿Te dolió?

Cuando no te sacaron a bailar.

Cuando perdiste a un ser querido.

Cuando te equivocaste y pediste perdón.

Cuando te hace falta algo.

¿Te dolió? Te felicito. Eres humano y tienes corazón. Bienvenido a la humanidad.

Frenar

Yo no sé montar bicicleta. Bueno, sí sé montar, lo que no sé es parar. Y eso resulta siendo un poco importante para no estampar la carita en el aslfalto. O las rodillas. Alguna vez despegué cuál Challenger de la bajada cerca de mi casa y ya no volví por otra.

Poner altos en las actividades, sentar límites en las relaciones, poder parar los pensamientos nocivos, nos mantiene con cierto grado de salud. El mayor problema de una situación que se nos sale de control es que ya lleva un cierto ímpetu. A veces no es suficiente querer cambiar el curso que llevamos, es necesario frenar por completo.

Y detener algo en marcha es difícil, porque se necesita la misma cantidad de energía que lo tiene en movimiento. Cansa, agota, duele. Pero hay que saber cuándo hacerlo, o nos vamos a ir a dejar toda la humanidad de calcomanía emocional ante la pared con la que, eventualmente, nos vamos a chocar.

Me cuesta frenar en una bici. Al menos he aprendido a parar las situaciones que me dañan.

Drama, drama, drama

«Me duele la cabeza. Y nunca, en la historia de personas con cabeza, ha existido un dolor igual de doloroso. Jamás. Además, nadie se lo puede ni siquiera imaginar. No pretendan decirme que a ustedes también les ha dolido la cabeza alguna vez. No saben lo que se siente.» Y pues sí, nadie está dentro de la cabeza de alguien más y por eso, como decía mi santa madre, mi catarro siempre es más fuerte que el tuyo.

Pero, ¿cuál es la gana de hacer drama? Por un dolor o por cualquier otra cosa. La vida está llena de cosas desagradables. Y si les ponemos atención, se nos va a poner la cara agria y arrugada, como si estuviéramos metidos en el basurero oliendo caca. Los sentimientos tienen una justa dimensión y está en uno potenciarlos. ¿Por qué gastar energías emocionales en agrandar los negativos? Estoy de acuerdo que esconderlos o negarlos es malo. ¿Pero a quién le gusta estar con o ser la persona de la boca torcida para abajo?

Tal vez no se trate de ir por la vida con lentes color de rosa. Tal vez no sea realista siempre estar de buenas. No es un estado emocional que yo maneje. Pero tampoco ando por allí tratando de verle el lado feo a todo. Yo sé que está allí: el dolor, lo malo, lo feo, lo torcido, eso es fácil de identificar. Requiere un poco más de esfuerzo ver lo bonito, lo perfecto, lo amable. Pero también existe. Y prefiero gastar mis energías en eso, o simplemente alejarme cuando de verdad no se lo encuentre. Y, si me duele la cabeza, me voy a dormir y ya. Porque sí, mis migrañas son excesivamente duras 🙂