Esta última semana vi hombres ser felices y ser tristes como para llorar. Expresan de una forma tan elocuente sus sentimientos, que da en qué pensar eso de que son incapaces de poner en palabras sus emociones. «Lloro de la felicidad.» «Estoy feliz.» «Estoy triste.» Sí saben cuáles palabras van con qué reacciones.
Todo en el fútbol, claro. Es uno de los pocos campos que tienen para poder expresar con libertad eso que percibe que los hace débiles. ¿Cuándo se le da permiso a un hombre de llorar? Nunca. Tal vez cuando nace un hijo. Tal vez cuando muere un padre. De allí, nunca. Sólo para los deportes. Porque eso es cosa de hombres. Machos. Orangutanes de espalda plateada. Par favar.
No quiero entrar en polémicas de heteronormapatriarnoséqué. Pero sí. Eso es. Y, mientras a las mujeres se nos deja el reino de las lágrimas como de nuestra exclusividad, tanto así que sólo ese recurso nos queda algunas veces, a los hombres un poco de humedad en los ojos ya como que les quitara la membresía al género con erecciones.
Lo siento. Me molesta. Tengo un hijo y una hija y no entiendo por qué a una la tengo que hacer llorona y al otro podarle los sentimientos. No se vale. Porque después, cuando sean grandes, sólo se van a poder comunicar en extremos y el mundo ya no va a ser así. Ya no es así, de hecho.
Yo no lloro. Me parece inútil en mí. Pero tengo otras varias formas de demostrar lo que siento y lo puedo identificar muy bien. Creo que eso es lo que debemos buscar: poder saber qué sentimos y no sólo sacarlo cuando hay una pelota de por medio.
