El atrevimiento artificial

Cuando estaba en el colegio, dar o recibir fotografías era algo fuera de lo común. Lo hacía uno con la mejor amiga, el novio, los papás… Llevar la cara de alguien en la billetera era una declaración implícita de una intimidad mayor que la de todos los días. Ahora llevo más de 200 fotos en mi teléfono, no todas «aptas para todo público».

La tecnología a veces arrolla nuestra humanidad y nos lanza a situaciones a más velocidad de lo que estamos preparados. Sobre todo para los que, como yo, estamos en esa generación transicional entre análogo y digital. Nuestra estructura de comportamiento se formó con llamadas a las casas, el saludo al papá/mamá/hermanito/abuela/etc, las conversaciones largas y concentradas. Aprendimos a compartirnos de formas más lentas. Y todo eso se esfumo con el primer like.

Eso se nota en la falta de filtros con los que algunos se conducen por las redes sociales. Publicar desnudos, insultar sin motivos, cantinear indiscriminadamente, se vuelven un comportamiento común entre los que todavía creen que el mundo virtual no es el mundo real.

Los que vienen detrás nuestro están perfectamente conscientes que la realidad virtual ES la realidad. Punto. Que todo lo que hacen/dicen/enseñan en las redes es un reflejo directo de las personas que son y que tiene un impacto concreto en sus vidas.

Por lo menos eso me digo para consolarme, mientras me tomo otra foto y la subo a mi tl.

El orden se lleva dentro

Estoy sentada en un trono antiguo, contemplando mi reino, el cuál parece haber sido devastado por hordas de hunos enfurecidos. No tengo sala, no tengo tele, no tengo muebles. Pero estoy feliz, porque todo este relajo es la evidencia palpable del largo proceso que hemos tenido los últimos diez años.

Las personas con desórdenes mentales como la obsesión-compulsión, son tristes víctimas de un deseo desmedido por obtener control de sus vidas. Pensar que porque un lápiz siempre está en el mismo lugar, en exactamente la misma posición, nos hacen más dueños de nuestro destino, es una ilusión que nos llama a todos en alguna medida.

Pero no es más que eso: una ilusión. No es excusa para vivir en un chiquero, pero la excesiva preocupación con controlar lo exterior no es sana. Lo digo por experiencia propia. No hay desinfectante que alcance para arreglar una mala relación. Ni organizador que ponga de pie una conducta desordenada. La tristeza no se quita midiendo la distancia entre los zapatos. La falta de autoestima no se llena poniendo los libros en orden alfabético por autor, género y época.

Hasta que nuestra mente y nuestro corazón están bien, en orden, no importa cómo se mire lo que nos rodea. La satisfacción que siento al ver el desmadre que tengo en la casa, viene de otro lado que no está atado a lo exterior. Además, me queda la ilusión de ponerlo todo en su lugar cuando terminen.

El espacio vacío

Cuando vi por primera vez la ya famosa presentación de la diferencia entre el cerebro del hombre y de la mujer y el famoso «nothing box», me reí muchísimo y allí lo dejé. Ahora, con varios años de estar casada con un hombre y de ser mamá de otro, creo entenderlo.

Dejando de un lado eso de que los cerebros de los hombres y las mujeres tienen una estructura diferente, lo interesante del asunto es el concepto de un espacio para la nada. De nada. Vacío. No tengo memoria de un período de mi vida en el que no me haya sentido ocupada. Que si el colegio, los novios, amigos, la universidad, el trabajo, los hijos, el karate, el blog… Hasta cierto punto me siento obligada a estar haciendo algo todo el tiempo. Es como estar sobre un tronco en un río turbulento y tener que correr para no caerse.

Un pedazo de mi existencia que me sirva para no servir de nada, es aterradoramente seductor. ¿Y si alguien me necesita? ¿Y si pasa algo? ¿Y si no pasa nada?

Necesito un nothing box que me de paz. Lo triste es que si la consigo, probablemente me ponga a lijarla y pintarla y barnizarla.

También

cuando no nos entendamos

cuando coincidamos en la cama sólo para dormir

cuando haya cosas/niños/trabajo que se coma nuestro tiempo

cuando cuesten los sentimientos

cuando nuestros caminos se separen por un momento

también entonces. Siempre. Contigo.

Regalar capacidad

Hay pocas cosas que yo miro y no creo poder hacer. Generalmente tienen qué ver con proezas físicas, como pararme de manos, hacer un cuervo en yoga, montar una bici. Mi cerebro paniquea y hasta allí llega mi autoconfianza. Para todo el resto de cosas, mi pregunta es: «¿Por qué no?» Así me animo a hacer cualquier receta, coser casi todo y hasta hacerla de carpintera.

El mejor regalo que me pudieron dar mis papás ha sido el de creer que, con esfuerzo, se puede hacer cualquier cosa. El problema conmigo ha sido precisamente la falta de esfuerzo. Las ganas no siempre son lo suficientes como para tomarme la molestia. Por lo menos me queda el consuelo de tener el potencial de hacerlas.

Cuando nos premian habilidades y no su ejercicio, nos achican nuestro mundo. Si sólo las personas coordinadas se atrevieran a bailar, no pondrían música en las fiestas. Ni habría carros en la calle. Ni habría gente admirable que se esfuerza lo suficiente como para hacer mejor las cosas que el más talentoso, pero haragán.

Si apreciamos más el resultado de nuestro esfuerzo y admiramos nuestra capacidad de perfeccionarnos, nos conectamos con lo mejor de nuestra humanidad, esa que ha construido pirámides y se ha desplazado por todo el mundo y subsiste en la tundra y quiere ir a Marte.

Hablando de carpintería, me tiré a reparar los muebles de la casa. Ya les contaré.

Somos lo que decimos

Ayer traté de ponerme el vestido que usé para mi graduación de la universidad hace más o menos 14 años. La cuarta que me hizo falta para cerrarlo se sintió como una patada entre mi lonja y mi orgullo. Luego mi súper marido vino a mi rescate y me dijo que qué alegre que, en los casi 12 años que tenemos de estar juntos, yo no he vuelto a estar tan deprimida como para estar de ese ancho. Los conflictos emocionales nos afectan diferente a todos. A mí me cierran la boca. No tengo recuerdos muy claros de esa época, pero sí tengo presente no haber estado delgada (según yo).

Así como nos tratamos, así somos. Es algo que parece que tengo que aprender varias veces, porque todavía se me olvida. El día que me digo que estoy muy cansada, paso durmiéndome hasta parada. Cuando entro a un lugar sintiéndome insegura, la paso fatal. La noche que entreno karate con el grupo de jóvenes y pienso que soy muy lenta a comparación, no le gano ni a un caracol.

Nuestro cuerpo sólo conoce los límites que le ponemos y nuestra mente llega hasta donde nos esforcemos. No saber algo, no poder hacer algo, está a la distancia del empeño que le dediquemos. Terminamos reflejando lo que nos decimos que somos.

Hace 12 años probablemente pesaba 20 libras menos. Y no me sentía lo bien (bonita, delgada, atractiva, lo que quieran) que me siento hoy. Probablemente no lo era.

 

 

El que te quiere…

Puedo decir con felicidad que mi marido me ama, me admira y me respeta. Y, tal vez con un poco menos de algarabía, que me conoce muy, muy bien. Menos de lo que él cree, tal vez, pero seguro más de lo que me conviene. Sabe cuándo algo me molesta, sabe cuándo hacerse la bestia y sabe lo que opino de casi todo. Lo mejor de ese conocimiento es que sabe perfectamente cuándo bajarme de la moto y regresarme a mi realidad: «No Vampi, x o y no es así, lo estás exagerando.» Pfffffffffff, se desinfla mi expandido sentido de mi autoimportancia y ya me calmo. En esencia, es mi cuate que me dice que «me deje de pajas», aunque mucho más bonito.

Es importante tener a alguien que nos centre de esa manera. Sino, andaríamos por la vida creyéndonos nuestras propias mentiras acerca de ofensas percibidas, ideas grandiosas, o el lugar altísimo en el que nos tienen que poner todos. Alguien que camine con nosotros, nos conozca todas nuestras pequeñas (o grandes) debilidades, reconozca nuestro esfuerzo por ser mejores, nos quiera y, por lo mismo, no nos deje chingar tanto.

El amor y la confianza nos dan las herramientas para encontrar los puntos en los que se abre el corazón. Abusar de eso nos convierte en seres detestables. Pero, de vez en cuando, un puyoncito en el lugar correcto donde casi duela nos llama la atención de la mulada que estábamos por cometer.

Poder decirle con sinceridad y respeto a la persona con la que se comparte la vida: «A ver, no es eso lo que te estoy preguntando. Contéstame primero y después me alegas del tono», abre el camino para el resto de conversaciones que se tengan que tener. La vida es larga y uno entra y sale solo de ella. Es bonito tener a un amigo para el intermedio.

Ayudar a sentir

Acabo de tener una de esas conversaciones con mi hijo de las que me hacen cuestionarme seriamente mi aptitud para ser mamá competente. Resulta que quiere regalar corazones para el Día del Cariño. Los quería comprar, pero le ofrecí que los podemos hacer juntos. Y allí estuvo el lío: dice el niño que no sabe recortar bien y que no le salen las cosas y (lo que me partió el corazón) y que le «da miedo arruinar las cosas.» Respiré profundamente.

Muchas veces nos paraliza ese miedo, hasta para las cosas que no podemos dejar de hacer sin dejar de vivir, como aprender cosas nuevas, tener relaciones exitosas, comenzar un trabajo. Queremos todo «perfecto», sin defectos y sin tener la responsabilidad de arruinarlo. Pero así no funciona el mundo. Las cosas se rompen, las relaciones tienen sus momentos difíciles, cometemos errores. Y seguimos viviendo. Con alguna cicatriz más por el trancazo que nos acabamos de dar. Con menos puntos en un examen. Con la oportunidad de tener un trabajo nuevo. Pero vivos. Y con experiencia invaluable.

Obviamente no puedo restarle importancia a cómo se está sintiendo mi enano. Pero sí le puedo transmitir que a mí lo que verdaderamente me importa es que lo intente y se esfuerze por hacerlo lo mejor que pueda y que siga adelante. Porque yo no voy a durarle toda la vida. Porque él tiene que poder hacer todo solo. Porque lo amo.

Así que, después de respirar, de decirle que siento mucho que se sienta así, le dije que de todos modos vamos a hacer los corazones, que él los va a recortar y que, tal vez después de recortar 20, ya le queden bien.

Pasión y Sueño: la pelea

Si me hubieran dicho hace 22 años cuando nos conocimos que iba a poder compartir cama contigo todas las noches y que no te iba a devorar cada una de ellas, me hubiera reído y reído.

Y luego no pasamos junto ni noches, ni días, ni años. Siete años.

Y luego el universo se alineó para volvernos a juntar.

Y regresaron los fines de semana sin conocer la calle, las noches desveladas y las madrugadas aprovechadas.

Y luego vino un canchino que lloraba y lloraba. Y tú roncabas. Y yo lloraba.

Y luego vino una peluda que sólo dormía, pero que igual nos quitaba el sueño.

Y ahora estamos entre buses de madrugada, trabajo constante, ejercicio que nos agota y la cama nos sirve para perder la conciencia.

Pero la pasión de hace 22 años no sólo sigue allí, sino que tiene más fuerzas por salir en espacios más cortos. Las acostadas temprano de los niños, las regresadas al cuarto después de sacarlos al bus, los raros fines de semana escapados.

El sueño, el cansancio, el agotamiento, están dando una dura pelea. Pero, entre tú y yo, la pasión siempre gana.

Tomarme la molestia

Las confrontaciones en la vida no son fáciles de asumir. En una relación de igualdad, cuando existe una molestia es más cómodo enterrarla y que las cosas se «arreglen solas». Y ¡oh sopresa! Las cosas que se entierran, como las semillas, crecen escondidas hasta que brotan, con raíces y todo.

Hay dos caminos para evitar esas plantitas ponzoñosas. Uno es tomar una saludable dosis de «me pela» y dejar que las irritaciones de cada día se resbalen como agua por la espalda de un pato. Esto implica aprender a no tomarse las cosas de forma personal, a no leer más de lo que va en una frase, a no querer interpretar tonos de voz y gestos (ni jetas). Navegar por el mundo con pocos irritantes, asegura una mejor salud mental y seguramente menos arrugas.

No somos tan importantes como para que el conductor del carro que casi nos choca lo haya hecho porque nosotros íbamos allí. Lo hizo por tarado y punto. No es personal. De la misma manera, la gran mayoría de personas no debería poder tocar las cuerdas de adentro de nuestra psique. Ése es un privilegio y uno tiene que aprender a guardarlo.

Mientras más años llevo en esto, mi nivel de ¿indiferencia? ¿distanciamiento?, como le quieran llamar, va aumentando y me siento más cómoda. Hasta me ayuda para ser más amable y empática aunque parezca contradictorio.

Para el resto de casos en los que no puedo aplicar esa regla, existe el segundo camino: «ven, tenemos que hablar.»