Más allá de la piel

Hacia afuera está el viento

la lluvia que aquí siempre cae fría

el calor del sol que sale por las mañanas

lo apretado de unos jeans coquetos

lo flojo de las blusas blancas.

Hacia afuera está la silla dura

el teclado que se mueve con mis dedos

la luz de una pantalla que se llena de palabras.

Hacia afuera está el sonido de voces pequeñas

el olor de un perfume nuevo

el sabor de la comida bien hecha.

Hacia afuera está la otra piel que se pega

el cabello entre las manos

el aliento en el cuello.

Hacia afuera está

todo lo que hace

que se mueva lo de adentro.

El clima

Acabo de volver a ver Sense and Sensibility, con Emma Thompson y Kate Winslet. Salvo porque uno tiene que creerse que Emma con sus tantipicos años es la personaje adolescente de la novela de Austin, la película es una joya. A la hermana más pequeña le dicen que, si no encuentra nada bueno de qué hablar, hable del clima.

Buen consejo para no levantar olas, pero, en una casa, la ausencia de conflicto no es necesariamente una señal de que todo marche bien. Las cosas que no se dicen se entierran, se pudren, germinan y los árboles de traumas y problemas no tienen los frutos más dulces de la vida. La familia debería ser el lugar en el que uno se sienta seguro de poder expresar su descontento, de forma amable, obvio, pero con la confianza de ser escuchado. Uno dice que algo le molesta y espera que no lo hagan más, y sólo por incordiar.

Hay un momento, modo y lugar de confrontar. A los niños es importante, mucho, enseñarles a defender sus emociones, a poner límites, comenzando si no quieren saludar de beso a la Tía Rosa (por lo que sea, hasta porque no). Así, van a poder regresar con amabilidad un plato que no ordenaron en el restaurante, a parar en seco las bromas pesadas de sus compañeros y a salir de una relación a la primera señal de peligro. El clima es evidente y sirve de conversación en una sala de espera con extraños.

Repasar

La niña anda en problemas en el colegio: el problema es que no hace nada. Sinceramente no la culpo. Esta situación en la que estamos es tan aburrida. Yo no hubiera estado ni mínimamente motivada a hacer nada con tantas horas frente a una computadora. Y luego entregar tareas a control remoto… Nunca me he metido en su trabajo escolar, no pretendo hacerlo, ni aún en estas circunstancias. Pero estamos en alerta pasada de roja y no creo que esquivemos el archipiélago de hielo que se le viene encima.

Sólo necesitamos repasar. Lo básico. Y siempre que uno regresa a lo primero, se da cuenta de todo lo que le faltó aprender. Como en el karate cuando hacemos avances básicos. Cómo cansa volver. Primero, porque seguro uno ya tiene mañas que hay que borrar. Segundo, porque lo que se hace bien, requiere un nivel de compromiso de atención que a veces soltamos.

Así que vamos repasando, quitando haches donde no van y poniendo puntos al final de las oraciones. Aburrido, sí. Necesario, también.

Demasiado personal

Mi IG seguro cree que soy una glotona irremediable, porque casi sólo me pasa anuncios de comida. Y, aunque antojada sí que soy, no como todo lo que quiero. No pasaría por la puerta. El problema no es IG, sino creer que uno es un ser limitado únicamente a las cosas que busca. Antes, cuando sólo había tele, uno se soplaba la publicidad de todo. Incivilizado, yo sé. Pero al menos se aproximaba a la realidad de uno necesitar cosas para más personas, por ejemplo. Juguetes para los sobrinos, herramientas para la cuñada… cosas que no son personales.

Hay una inherente arrogancia cuando se cree conocer a la demás gente sin equivocación. Hasta cierto punto, podemos hacer aproximaciones a partir de conductas externas, pero el salto de allí a pensar que uno tiene a los demás descifrados, es digno de una olimpiada.

Los anuncios en redes se enfocan en lo que buscamos. Parecieran hasta demasiado personales. Hasta que uno recuerda que se metió a ver los pasteles porque es el cumpleaños de un amigo. Y que prefiere no comer.

Tienes que querer

Para curarse uno tiene que saber que está enfermo. O sea, ni modo que me voy a poner una pomada en el pie si me duele la cabeza. Lo primero es entender qué pasa. Y querer salir de allí. Llevo conviviendo con la depresión hace cinco años y lo peor es la imposibilidad de encontrar las ganas de ya no estar deprimido.

Lo más peligroso siempre es que uno no sabe todo lo que no sabe. Da miedo. Y uno se aferra a lo poquito de lo que tiene certeza, aunque sea malo.

Tal vez me toque aceptar muchas cosas, pero seguro no estoy cerrada a buscarlas. Quiero. Siempre quiero.

Tiempos definitivos

Fue lindo

mientras quedaron ganas

pero ésas también se van

como se evapora el deseo

con los días repetidos

el calor que desnuda

nos consumió

me quedé sólo

con las palabras que te escribí

ahora nos sirven

para recordar

que fue lindo.

Diferencias

Hay un elemento que distingue la necedad de la perseverancia: el éxito. Y la sabiduría está justamente en identificar si se puede obtener o no. Aunque a veces uno no lo sabe hasta que se topó contra una imposibilidad. Es extraño, porque también en cosas delicadas, como la incomodidad y el interés, la diferencia puede ser simplemente una cuestión de subjetividad: hay o no atracción.

Una parte de nuestro cerebro se ocupa en encontrar patrones, clasificarlos y diseñar rutas de comportamiento para que se mantengan más o menos inamovibles. Es el agente determinado que repite sus procesos porque le han servido otras veces. Abstrae la realidad y la vuelve una categoría. El otro lado del mismo órgano se preocupa de la realidad como es: cambiante todo el tiempo. Como tal, no tiene procesos, sólo observaciones. Es flexible y extrae la información del contexto, no reinterpreta lo que ve. Entre ambos hay comunicación que no siempre es exitosa para nuestra salud mental. Y encontramos que en esas sutiles diferencias se esconde la fuente de la felicidad.

Todo a nuestro alrededor cambia, siempre es diferente. No podemos contar con que lo que hicimos ayer sirva para lo de hoy. Pero tampoco podemos empezar de cero cada vez, sería imposible. Habrá que estar abierto a cambiar nuestros procesos antes exitosos para adaptarlos a las nuevas realidades que nos encontramos todos los días. O pasar simplemente por necios.

Sé poner malos títulos

Lo difícil de escribir un cuento, tal vez no sea escribirlo, sino nombrarlo. Como hacer un niño. ¿Por qué necesitamos titularlo todo? Conozco hasta casas con nombre, generalmente de mujeres muertas hace generaciones, de quienes ya nadie recuerda cómo caminaban.

Me dedico a ponerle palabras a emociones, a través de la única herramienta que tenemos para hacerlo: el lenguage. Y, aunque una imagen pueda decir más que mil palabras, nada es tan elocuente como una cosa bien dicha. Para eso sirven los nombres, para separar e identificar. No es lo mismo cualquier hombre que el que responde a mi voz cuando lo nombro. Es que hasta el gato con mejor récord de ignorar a su humano sabe cómo se llama, aunque no le guste admitirlo.

Me gusta ponerle títulos a las cosas, a las relaciones, a las horas para hacer algo en especial. El martes es el día de lavar las sábanas y con suerte tú y yo somos amigos. No es encasillar las cosas, es otorgarles un lugar propio, aceptando que todo puede cambiar. Hasta el nombre. Sólo no me hagan ponerles títulos a mis cuentos.

Pintar de nuevo

Me gustan las paredes blancas. Es un color que no complica el resto de ambientes, siempre se puede conseguir, no hay que mezclarlo y se mira… amplio. Como si uno viviera dentro de una página por escribir. Pero también me dan ganas de poner murales por toda la casa, que me saluden colores vivos.

Tengo amigos que hacen un verdadero espectáculo de sus ambientes, cada detalle, hasta las plantas, con intención. Mi idea de decorar es poner todo lo que me gusta junto y dejarlo allí. Así están los libros en la mesa de la sala y las plumas en una librera. Los platos bonitos cuelgan de una pared y en mi cuarto están los cuadros que ha hecho la niña. Diseñadora no soy. Y no importa.

Mis paredes seguirán siendo blancas.

En esta casa se baila mal

Hay un par de canciones con las que nos ponemos a bailar los engendros y yo, no importan las circunstancias. Lo hacemos muy mal, porque esa es la idea. Si uno no puede brincar sin ritmo en la intimidad de su propia casa, está más amarrado por dentro de lo que se imagina. Y se nos mueve todo, sin pensarlo, un poco siguiendo la música y mucho siendo felices.

He encontrado que, mientras más me dejo ir con impulsos que me hacen feliz sin dañar a más gente, no importa si son ridículos, me ayudan. Como cantar en la ducha del club, aunque me escuche más gente. O ponerme los shorts cuando hace calor. O darle un abrazo apretado a los míos.

Creo que nos importa demasiado hacer las cosas bien, cuando deberíamos hacerlas felices. Nada en esta vida (bueno, pocas cosas), son tan tremebundas que no se puedan arreglar. ¿No quedó bien ese pastel? Habrá que volver a hacerlo. Y así con todo.

Hay más felicidad en bailar mal que en nunca bailar bien.