Forjar el Destino

«El que nace para gordo, aunque lo fajen», decía mi papá. También se escucha «De tal palo, tal astilla», «Hijo de tigre, sale rayado». Y, dentro de cada familia, no falta quien diga que uno es igual al tatarabistíoconprimo que se murió hace 1000 años. Así como yo tengo «historia familiar de cáncer» y me he llegado a preocupar mucho por el asunto, así también «vengo de familia de escritores» y pues, heme aquí.

En cada historia personal parecieran estar entretejidas leyendas familiares que a veces dictan el guión. Para lo malo y para lo bueno. Y también las que nos contamos a nosotros mismos.

Yo creo que uno tiene partes determinadas por la naturaleza, herencia, familia, crianza. Determinadas, pero nunca determinantes. Llega el momento en el que podemos repasar por dónde va nuestra novela y agarrar la pluma para seguir escribiéndola a nuestro antojo.

Yo nací gordita, pero no necesito faja.

Todos Tenemos Fe

Yo entiendo la fe como la seguridad de que va a suceder algo. Por ejemplo, tengo fe que mi despertador va a funcionar todos los días. Tengo fe que la fábrica que hizo mi carro no me vendió un limón. Esa certeza en el funcionamiento de las cosas inanimadas me permite quitarme ciertas preocupaciones.

La fe se vuelve más complicada cuando se pone en las personas. Las compras que he hecho a la China han sido un salto en la oscuridad, que, hasta ahora, no ha resultado en ningún trancazo. Confío en gente a la que nunca voy a ver en mi vida. Cuando invito a mis amigos, les creo que van a venir si me confirman.

La fe es esencial para no volverse loco con las situaciones que están por completo fuera de nuestra esfera de influencia. Yo no podría vivir si tuviera que dudar que mis hijos van a amanecer vivos.

Sin fe, el mundo no funcionaría. La certeza de las cosas que se esperan mueve las interacciones humanas en todos los ámbitos y es un bien especialmente preciado en las relaciones más cercanas. Es más frágil que el respeto y más difícil de recuperar que el amor.

No entiendo a la gente que vive con personas de las que dudan. Eso de registrar billeteras (si no es para sacar pisto), me parece extraterrestre. Ni siquiera se me ocurre ponerle notificaciones a los tuits, ¿¡a qué horas!? Porque la otra cara de la moneda es el miedo y yo ya estoy muy grande como para tenerle miedo a nada.

La Autenticidad

Con diez tatuajes incluyendo delineado permanente, pelo pintado y alisado, depilación permanente, dientes rectos gracias a la ortodoncia y un par de inversiones en cremas cosméticas, yo soy la mujer menos indicada para hablar de «ser uno mismo», «quererse como uno es», «dejar salir la naturaleza». Tengo una amiga que muy claramente dice «no hay niña fea, sólo papá pobre.»

Mi perspectiva cambió cuando me vi como el primer espejo en el que busca su autoestima mi hija. Me cuesta muchísimo. Por un lado, quisiera que el tiempo regresara y me devolviera una cara sin arrugas ni manchas. Por el otro, me gustaría transmitirle a mi hija la convicción que uno es lindo a cualquier edad y que ser uno mismo es suficiente.

Y es jodido, porque yo misma estoy aprendiendo a creerme eso. Todavía paso frente a mi reflejo y no estoy segura si me gusto o no. A veces sí, a veces no…

El primer paso es dejar que mi pelo crezca sin tinte, a ver de qué color es, ya no me acuerdo.

Quedarme Sin Aliento

Lo que más me gusta en la vida me deja sin respiración. Programas de comedia con los que no puedo parar de reír (Les Luthieres, Whose Line is it Anyway, Pinky and the Brain, entre tantos). Una pieza de música que siento vibrar desde la punta de los pies, hasta la coronilla. Un buen desenlace inesperado de una película. Un recuerdo cálido y dulce de mi mamá. El azul de los ojos de un niño en el que aún puedo encontrar a mi bebé. La sonrisa torcida de una pequeña que me recuerda lo mejor de mí. Y el saber que sólo tengo que alargar la mano en la oscuridad para encontrarte.

Personalidades Múltiples

Mi papá era un hombre muy difícil de predecir. Un día podía mover todos los muebles de la casa para bailar vals conmigo, otro era un energúmeno gritando porque le hacía falta sal a su comida. Vivir con alguien tan cambiante sirve de entrenamiento para lo inesperado. No digo que haya sido agradable, pero por lo menos no era aburrido.

Muchas personas tienen aspectos de su carácter que podrían ser considerados personalidades distintas. Está el señor que nunc habla con sus hijos, pero que se expande con extraños. Está la mujer que no tiene ojos para ver los defectos de sus amigas, pero que encuentra lo malo de su marido con lupa si es necesario.

Todos nos comportamos diferente en distintas ocasiones, no sólo es normal, sino que es lo indicado. El problema es cambiar nuestra esencia para acomodarnos a otras personas. No voy a saludar con la misma efusión a un extraño que a mi esposo, pero a ninguno de los dos los insultaría. La vulgaridad me molesta igual en amigos que en desconocidos.

La gente que se pierde en otra y cambia por completo, termina en el limbo. No existe. La que torna su personalidad cual camaleón según el color de su humor, no tiene paz a su alrededor.

Una de mis metas es que mis hijos siempre puedan predecir mis reacciones. Y mover los muebles para bailar.

No Me Subo

Pocas veces me han bombardeado con tantos mensajes, poemas, alegorías, cuentos, oraciones, etc., como para el día de la madre. No me malinterpreten, es chilero que le celebren a uno cualquier cosa, más si en un domingo no me tengo que meter en la cocina.

Con lo que sí tengo un serio problema es con el contenido general de los mensajes. Pareciera que uno de madre tiene que ser santa, o sabia, o dulce, o supermujer, o todo eso junto. La figura materna puede ser la que suben al pedestal más alto. Para una persona tan lejana de ese ideal como yo, que soy impaciente, enojada, seca, demandante, encaramarme a esas alturas me suena tan imposible como escalar el Everest.

Mi mamá decía medio en broma que ella había nacido perfecta y sin celulitis. Yo sabía que no era cierto, porque miraba sus faltas y eso me hacía sentirme culpable. La psicología humana es un océano profundo y complicado. No quiero que mis hijos crezcan pensando que no puedo ver y aceptar mis defectos. ¿De qué otra forma van a aprender ellos a evolucionar?

Con los años, adquiero más experiencia. Lo complicado es que la estoy adquiriendo con las metidas de pata que hago ahora. Para mientras, seguiré agradeciendo el desayuno en la cama.

Dificultades en la Comunicación

Por el hábito (vicio) de leer todo el tiempo, me he acostumbrado a montar imágenes que correspondan a las palabras de la página. Es posible que haya mundos enteros archivados en la fototeca de mi cerebro. (¿Será que por economía de repente uso el mismo castillo de fondo varias veces?) Esa traducción de palabras a fotos mentales es muy sencilla, para mí, por eso es mi modo default para guardar información.

El problema está cuando quiero sacar esa foto y enseñársela a alguien más para que me entienda qué estoy pensando. Porque, hasta donde sé, todavía no tengo dónde conectar una impresora a mi cerebro. Con tantas palabras que tiene nuestro idioma, todas parecieran huirme cuando trato de describir una idea concreta. A veces me trabo hasta para pedir un helado.

Me imagino que no soy la única persona a la que le cuesta cambiar el formato en el que tiene procesadas sus ideas. Ni siquiera es por falta de elocuencia. A veces tenemos universos mentales que sobrepasan lo existente, para los cuales no hay palabras, pero que tenemos que sacar y compartir de alguna manera.

Cuando veo a alguien luchando por compartirme su vida interior, me recuerdo de tenerle paciencia, porque me puede estar abriendo las puertas a escenarios infinitos. Sólo espero que la señorita de los helados la tenga también conmigo.

Es Cuatro

Vieja la broma esa de «ya no estrés, es cuatro». Cuando era pequeña la angustia me pegaba en el estómago. Aún ahora, las penas me dejan con quince libras menos. Pero la tensión simplemente me cierra la espalda. Dos sesiones de acupuntura, tres pelotas en las nalgas de las inyecciones de Doloneurobión, cinco cajas de Vitaflenaco, yoga, masajes… Igual sigo sin poder estirar la pierna derecha. «¿Y a ti qué te puede dar estrés?» Pregunta más desgraciada.

Las penas son relativas a la persona que las sufre. No validarle a un niño de cuatro años el dolor emocional que pueda sentir, simplemente porque es pequeño, es miope. El dolor no se puede objetivizar, porque sólo lo puede medir la persona que lo siente. En mi trabajo de mamá, lo único que puedo hacer es acompañar a mis hijos en su dolor, ayudarlos a encontrar soluciones, presentarles cauces para vertir la energía. Lo peor que puedo hacer es pensar que sus problemas son pequeños porque ellos lo son.

Haber pasado por situaciones similares sólo sirve para ejercitar la empatía, no para «saber» qué siente la otra persona. Sólo nosotros mismos podemos dimensionar lo que nos molesta.

Por eso tenemos reuniones familiares en donde nuestros peques nos cuentan qué ha pasado en sus vidas esa semana y buscamos juntos soluciones. Espero que así, no tengan necesidad de buscar quién les inyecte el Doloneurobión.

Saberse Conocido

Mi mamá me tenía medida. En todo sentido. No necesitaba pesarme, porque me podía decir con exactitud si había aumentado o bajado una libra. Así también me conocía los pensamientos, deseos, ideas. La vida no nos dejó terminar de conocernos como adultas. Me pregunto muchas veces qué pensaría mi mamá de cómo educo a mis hijos, de cómo llevo mi matrimonio… Sé que le parecería excéntrico que haga karate (porque «las niñas tienen que ser finas y delicadas»). Estoy absolutamente segura que se me mentaría con cada nuevo tatuaje.

Creciendo, me sentí conocida por mi mamá. No en todo. Imposible entre una madre y una hija. Pero suficiente. Ese «conocimiento» no siempre fue positivo, pues me encasillaba en ciertas posiciones como ser cleta, poco atlética, alegre todo el tiempo. Difícil salirse de ese molde.

Miro ahora a mis hijos y huyo de describirlos con algún adjetivo. Quiero que sientan la libertad de saberse conocidos, sin ser etiquetados.

Ahora, me sé conocida por mi esposo. No quiere decir que le cuente hasta el último pensamiento que se me cruza. Es, simplemente, el cuate que te sabe todas las mañas y que, aún así (o por eso), quiere acompañarte en el resto del camino.

Dudo que ni siquiera nosotros mismos nos conozcamos todo, pero es lindo saber que hay alguien que está feliz de descubrirse y descubrirte. Yo amanezco con el mío. Y soy esa persona temporalmente para mis hijos. Sentirse conocido, es en mi caso, saberse amado.

Aprovechar los Talentos

Me gusta mucho cantar. Muchísimo. Tal vez ser cantante sea de las pocas cosas que se me quedaron por hacer en esta vida. Canto lo suficientemente bien como para imaginarme parada ante una multitud de gente. Es un sueño un poco difícil de cumplir, no habiendo recibido ni una sola clase de canto, ni haber tenido grupo (más que uno de casualidad en el colegio).

Las habilidades que no se explotan, practican, perfeccionan, sirven para lo mismo que los diamantes en una mina. Ni siquiera podemos decir que sean evidentes. Necesitan accionarse para reconocerse. Por eso resulta muy poca la diferencia entre alguien con un don natural para algo y otro que se esfuerza para hacerlo. Es más, los talentos dan una sensación falsa de superioridad que nos vuelve arrogantes y dejados.

Pocas cosas tan tristes como gente con dones desperdiciados. No es que uno pueda dedicarle tiempo a todo para lo que se tiene habilidad, no alcanzaría la vida. Pero no esforzarse en nada, ésa es una existencia tirada a la basura.

Entre todo lo que tengo que hacer en el día, veo difícil tomar clases de canto. Pero todas las noches tengo un público cautivo de dos personitas que esperan con ilusión que las acueste con sus canciones favoritas. Definitivamente no siento que ese talento esté desperdiciado.