¡Feliz cumpleaños a mí!
El último día
Marcamos nuestras vidas con fechas un poco forzadas, para hacer notar el paso del tiempo. Conmemoraciones de días buenos y malos que celebramos o no, depende del asunto que los inicie. Yo soy pésima para recordar cosas como el día en que mis hijos dijeron por primera vez algo o cuándo caminaron. Las fechas exactas se me escapan. No el sentimiento. Me emociono igual al recordarlos.
La realidad es que ni el tiempo mismo es lineal y nuestra memoria sólo es un guión que editamos y volvemos a editar cada vez que lo leemos. Nada fue exactamente como lo recordamos. Pero tampoco importa. Lo que sí hay que tener en cuenta es que todo lo que hacemos es la última vez que lo hacemos. Por el simple hecho que nosotros jamás somos iguales.
Mañana martes cumplo años y, aunque cambia el numerito que digo cuando preguntan mi edad, el cambio es constante y tiene poco qué ver con la fecha. Y, si hoy es el último día de 45, igual mañana será el último primer día de 46. No hay fatalidad en aceptar el cambio, sino una claridad suave. Ante lo inevitable, lo mejor es volver a editar la historia hasta que quede como nos guste.
Hay melocotones
Quiero un pastel
de los que no me gustaban
una magdalena con turrón
o un pie
ahora hay melocotones
y como todos los años
soy yo quien los hornea
recuerdo a lo lejos la receta
no sé si ya me gusta
o sólo encuentro consuelo
en servirme lo que me hacía mi mamá.
Las cosas son complicadas
Comenzamos sin saber ni siquiera hablar. Para cuando morimos, habremos olvidado muchas más cosas que las que recordamos. Tengo particular habilidad para enterrar las cosas malas. Y todos los seres humanos estamos perfectamente diseñados para olvidar el dolor.
La vida es complicada. Innecesariamente. Sólo debería ser compleja. Movemos una infinidad de piezas sin darnos cuenta y lo hacemos tan naturalmente como respirar. No imagino cómo sería el asunto si yo tuviera que hacer que me lata el corazón, que funcione aparato digestivo, etc.
Pero tal vez lo que más nos hacemos un nudo es con nuestras emociones. Ninguna es simple. Y mientras más vivimos, más teñimos nuestra mente con sutilezas y capas de experiencia. La complejidad es interesante. La complicación no.
La comida a la fuerza
Mi papá detestaba la gelatina. (El ajo y cebolla tampoco los toleraba, pero eso era más alergia que maña.) Era espectacular la repugnancia que le tenía a ese postre tan común. Y a mí me encantaba. Mi mamá me hacía cuadritos de gelatina casi sólidos que parecían gemas. Recuerdos bonitos.
Hay cosas que no nos gustan. Y punto. Por más que objetivamente sean buenas. Eso aplica para todo, incluyendo personas. No importa qué tan buen partido crea nuestra mamá que es el fulano, no hay forma que haya química forzada.
Me sigue gustando la gelatina. Y el ajo y la cebolla. Pero no le hice caso a mi mamá.
El camino sólo se hace corto andando
El único viaje que se hace solo, es el que lleva a la muerte. Allí no importa que uno no se mueva, llegamos al destino, aún aferrándonos al dintel de la puerta. Pero para todo lo demás, hay que tomar parte activa. Y mejor si recordamos que una no-decisión es una decisión en sí.
Creo que se nos cae el entusiasmo de comenzar algo nuevo cuando hacemos cuentas de cuánto nos va a tomar terminarlo. Pero esperar a comenzar nos asegura que no nos acercamos ni un poco a esa meta. Tal vez por eso es tanto más productivo avanzar un poco con consistencia que mucho de una vez y dejarlo.
Yo quise estudiar psiquiatría hasta que creí que era demasiado tiempo y que cómo me iba a pasar todos mis veintes estudiando. Igual me casé a los treinta y tuve tarde a mis hijos. Bien pude haberme pasado 12 años estudiando. En fin.
En sueños, todos somos yo
Hay que saber que los sueños son la pantalla de reproducción del hemisferio derecho del cerebro. Aprovecha y nos enseña todo lo que vio e integró en el día. Pero… sólo nos tiene a nosotros mismos y dentro de esa esfera, es horriblemente difícil que las cosas tengan algún verdadero orden. Es más; podemos soñar “con alguien”, pero somos sólo nosotros mismos en varios papeles.
Son horribles los sueños angustiantes. Pero sirven. Todos sirven para darse cuenta de lo que estamos viendo.
Hace poco soñé que lloraba. Horrible, de nuevo. Pero también me han tocado unos mejores. Sólo es cuestión de poner atención.
Música
Aprendí a tocar mi voz
para cantarte sueños
en los que no te vayas.
Hice un espejo de mis ojos
en el que te guste verte
y sea el portal que atravieses.
Te voy a enseñar mis partituras
tú también puedes aprender
a tocar la música que nos gusta.
Mañana duele más
Quiero hacer splits. Siempre me pareció la hazaña atlética más formidable sobre la tierra y, como buena niña inútil y haragana, jamás pude estar ni cerca de hacerlos. Conseguí un programa que promete ayudarlo a uno a lograrlos y lo he estado haciendo religiosamente las últimas dos semanas y media. Duele. Como la gran madre. Es un buen esfuerzo. Mis compañeros de karate me miran haciéndolo después del entreno. Uno trató hoy y me dijo que mejor la otra semana.
Todo puede hacerse después. Sobre todo si duele ahorita. Pero es una estrategia un poco ilógica. Sobre todo si es para cambiar algo que nos molesta ahora. El dolor nuevo que anuncia mejoría más tarde, vale la pena. Es todo lo bueno de la gratificación diferida. Pero…
El dolor que conocemos ya lo conocemos. Y cualquier cosa nueva se acumula, nos sorprende, cansa. Y preferimos seguir con lo viejo. Hasta que o nos desespera, o encontramos la motivación para cambiarlo. Prefiero empezar ya. Después igual me va a seguir fastidiando y habré perdido tiempo.
Luz para ver
Estar iluminado se supone que se alcanza con introspección y desprendimiento. La primera para entenderse a uno mismo, lo segundo para soltarlo todo. El problema es que nuestro cerebro no está entrenado para ninguna de las dos cosas y el camino a ser una mejor persona está empedrado de nuestros mejores pensamientos.
Tal vez lo más difícil es darse uno cuenta en dónde se falla. Ese bucle infinito de ideas obsesivas que reinician el fuego de los sentimientos dañinos que nos hacen tener dolor. La primera cosa que hay que hacer es fijarse. Aceptar que hay algo malo allí. Y luego mejorarlo. No se puede llegar de un punto al otro sin pasar por un puente.
Yo trato. Con grados variables de éxito. Procuro mantener flexible la mente, aprender de lo malo, encontrar el aguijón en el dolor, no confundir miedo con enojo. La verdad, la luz que he metido a mi vida para lo que me sirve es para alumbrar mis defectos. Y está bien. Al menos ahora los ejerzo de forma consciente.
