En la casa dejamos de comprar periódicos hace algunos años. Nunca veo canales de noticias (salvo cuando sale mi marido). Soy trágicamente ignorante de los nombres de los que ocupan cargos públicos. Acepto que hay mucho de la «realidad» que hago a un lado. Es el mismo mecanismo de defensa que no me permite ver películas de terror. No me gusta alimentarme de cosas negativas.
Pero tampoco vivo con la cabeza entre la arena. Sé bien qué puede pasar fuera de las paredes de mi casa. No ignoro los peligros a los que se exponen mis hijos todos los días, ni lo jodido que está nuestro país. Mi burbuja es transparente y trato de ensancharla lo más posible.
Cuando se habla de alguien que vive «fuera de la realidad» generalmente se llama la atención hacia una falta de conocimiento de lo malo a su alrededor. Pero, sólo fijarse en lo malo y nunca en lo bueno, también es una especie de negación. El mundo está administrado por seres humanos, fallidos y llenos de defectos, pero también de virtudes. Negar que dentro de nosotros habitan mounstros que mantenemos enjaulados nos hace avergonzarnos de nuestros pensamientos oscuros. No reconocer que junto a lo malo, también estamos llenos de potenciales maravillosos que iluminan a la humanidad, es sumirnos en la depresión.
Yo elijo alimentarme de lo que me recuerda por qué pertenecer a la raza humana es un privilegio. No dejo de recordar que entre esa raza hay algunos que parecen mutantes y que somos nuestros propios depredadores. Pero no necesito de un periódico para hacerlo.
