No hay nada tan constante como el paso del tiempo. Hasta lo medimos en relojes. Nos cronometramos. Decimos que tenemos cierta edad. Esperamos cinco días en una semana para que lleguen dos. Sentimos que pasa como melaza en pendiente cuando esperamos una noticia. Se nos acelera cuando estamos felices.
El tiempo se acaba. Pasa. No pasa. La eternidad está hecha de tiempo que está. La verdad, creo, es que el tiempo es un viejo mañoso al que le gusta jugar con nosotros y corretearnos o esconderse, haciendo todo lo contrario a lo que deseamos.
Nosotros no somos dueños del tiempo. Pero tampoco deberíamos ser sus esclavos. Las ataduras que llevamos son voluntarias y podemos dejar de revisar si todavía las tenemos puestas. Es cierto que tenemos cosas qué hacer en ciertos momentos. Pero ansiar la llegada de un día, o temerla, es simplemente perder.
A mí me cuesta mucho no estar preocupada con la hora que es. Principalmente porque tengo ciertos jefes a quiénes recoger, llevar, traer, manejar, entregar, despertar, acostar. Pero sí puedo quitarme la sensación de siempre estar tarde. A veces no me disfruto lo que hago en la noche porque me toca despertarme al día siguiente. Y me pierdo en un tiempo hecho prisión del cual yo misma tengo la llave.
Al viejo hay que quererlo. Nos acompaña siempre. Hasta que viene la muerte a llevárselo. Y con él, a nosotros.
