El tiempo que se llena

Los espacios vacíos en donde uno no puede escapar a otra parte, como las salas de espera, las colas en trámites, los carros parqueados en el tráfico, se sienten como si la vida se le escapara a uno por un grifo abierto que no le sirve a nadie. Cuestión, supongo, del enfoque se le dé a ese estar sin hacer. He leído que todo acontecimiento tiene la importancia que uno le asigna y la carga emocional que se le da.

Todo eso suena lindo. Pero no es fácil de lograrse, sobre todo en situaciones como en la que estoy: parada desde hace más de una hora. El dolor de espalda ya es el menor de mis molestias. He sentido empujones, olores diversos y frustración.

Pero tengo un libro y puedo escribir (ya hice una columna larga y esto). No es que esté disfrutando la experiencia, seguro preferiría hacer lo mismo en la comodidad de mi hogar. Pero, ante la inevitabilidad de estar aquí, si no me enojo, me va mejor.

Sólo espero salir de aquí antes de las semifinales del mundial en Quatar. Me sería muy triste gastarme los últimos años de juventud que me quedan, sentada en una silla de oficina pública.

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