El gato tonto y su herida

Ya llevamos cinco semanas desde que el gato se abrió la panza en el alambre de la pared y le queda aún un poco de la herida sin terminar de curar. Porque es gato y ni con el cono de la vergüenza he logrado que se deje de lamer. Hasta ahora, que le compré una camisa especial que le cubre todo. Lo malo es que lo cubre muy bien y tuve que cortarla un poco para dejar que saque… una parte importante.

Nos herimos y, en vez de dejar que eso cierre, lo hurgamos y hurgamos hasta que lo hacemos peor. O dejamos que casi se cure, pero mantenemos un pedacito abierto, nos gusta sentir el dolorcito. Parte de aferrarnos a algo que ya pasó, tal vez. Creemos que si lo soltamos todo y nos curamos, todo el dolor fue en vano. Pero las heridas sanan. Las cicatrices dan carácter. Y los sentimientos se desvanecen. Eso no le resta importancia a lo que sucedió, pero nos deja seguir y no atarnos a una cosa desagradable sólo para sentirnos justificados.

Una semana más le doy al gato tonto para que se le termine de curar la herida. Y luego, lo pego.

Dejar ir lo malo

Hace nueve años, heredé la casa de mis papás. La razón es obvia, triste, prematura y todavía preferiría vivir en el apartamento que teníamos, si fuera a cambio de tener aquí a mis viejos. Pero la cosa no funciona así y resultamos con una casa que casi me doblaba la edad, construida por mi padre (ingeniero civil) para su vida con otra familia antes que la  nuestra (6 hijas. 6. Hijas.) Decidimos remodelar la casa con nuestros ahorros y, como lamentablemente pasa seguido, nos esquilmaron, dejaron las cosas a medias y nuestras cuentas vacías. Y con un niño de tres meses. Y con una niña que vino dos años y nueve meses después. Y sin trabajar yo. Y con cambios de trabajo Mario.

Cada vez que entraba a la casa y miraba las paredes agrietadas, el repello mal puesto, los gabinetes de cocina pandeados, me daba cólera. Cada vez que pasaba sobre el mardito piso de piedra del garage en donde se me doblan los pies con el menor de los tacones, me daba cólera. Cada vez que se zafaba un tomacorriente por estar mal puesto, me daba cólera.

Y así se fue sentando ese sentimiento en el teatro de mi cerebro, hasta tener un balcón privado propio, desde el que teñía muchas de mis lindas experiencias en la casa. Y, ¿lo peor del asunto? Me acostumbré a vivir con ella.

Nos gustan las cosas familiares, por malas y nocivas que sean. Así es que aguantamos trabajos opresivos, relaciones abusivas, sentimientos carcomientes. Rascamos la herida para que vuelva a sangrar, porque así sentimos de nuevo algo que conocemos. Y no nos damos cuenta que nada externo es dueño de lo que nos habita, que somos nosotros los que lo consentimos, alimentamos, agrandamos. Ir por la vida con el corazón abierto para sacar todo lo malo es llevarlo expuesto, si, pero también es llevarlo liviano. Los dioses egipcios eso era lo que pesaban.

Hoy, gracias a Dios, ya estamos arreglándolo todo. Todo. No tengo cocina, no tengo sala, tengo polvo, gente extraña y, pronto, un segundo piso, acceso fácil al jardín y la casa a mi estilo. La cólera quiere quedarse y me está costando dejarla ir, al final, han sido casi diez años de compañía. Pero ya estoy desalojándola y creo que con escribir esto le estoy dando la última patada. Lo hubiera podido hacer antes.