En el camino

Llevé a la niña donde el doctor. Todavía tengo ese privilegio. Y me sentí tanto como mi mamá que se me quitaron los años, o me cambiaron de lugar en la vida, o estuve en una realidad alternativa. Lo cierto es que ahora me toca acercarla cada vez más a hacer cosas por sí misma.

No es la primera vez que lo pienso, es que se me viene la necesidad de darles todo para que no me necesiten en nada cada vez más. Siento que estoy en los últimos pasos de su camino en los que los puedo llevar de la mano por el rumbo que yo creo correcto. Dentro de muy poco, los tengo que ver separarse por el camino propio, con las herramientas que escojan llevarse.

Mi vida, hoy, no tiene absolutamente nada qué ver con lo que me imaginé que iba a ser, específicamente en la parte personal. Yo misma estoy andando por lugares que me son desconocidos y por los que no siento poco miedo de caminar. Y agradezco haber tenido, hasta donde se pudo, la compañía´que me trajo hasta aquí. Espero que mis hijos, cuando sus vidas se tornen inciertas, encuentren la brújula que los saque de los peores momentos y que, aunque sean en parte, yo les haya ayudado a encontrar el norte.

Dolor sin emoción

Antes me costaba poner límites. Con la pena de lastimar gente. Y hacía peor la situación complicada porque no quedaba satisfecha.

Pero cuando uno no dice las cosas, se pudren y explotan. Es bueno sacar la molestia antes que se vuelva enojo. Poner límites es la forma de evitar peleas.

Conocer el marco de acción es más importante que lo que uno cree que debe hacer. Y poner ese marco, es una obligación que nos debemos a nosotros mismos.

Cosas nuevas

Lo mejor de tener mente de principiante, es estar abierto a volver a sentirlo todo.

Me pasa viendo a mis hijos conocer el mundo. Me pasa en las mañanas cuando comienzo un dia nuevo. Y me pasa cuando siento, pero sólo si dejo el cinismo. Todo es nuevo, porque yo no soy la misma persona que tuvo antes la emoción.

Volver a sentir es vivir.

Aburrirse

Tengo mucho tiempo de no aburrirme. Siempre puedo entretenerme con algo. Y eso me hace sentirme tonta. Porque necesito darle un descanso a los receptores de estímulo de mi mente para que ellos comiencen a crear sus propios entretenimientos.

Es un mal del mundo en el que vivimos, y no soy ni por mucho la primera en decirlo. Pero es interesante darse cuenta cuando uno se da cuenta. Es como si tuviéramos el cerebro topado de cosas, haciendo presión, a reventar. No hay lugar para que nada crezca en un ambiente saturado.

Necesito quitarme distractores. Necesito darme tiempo para estar aburrida. Tal vez estándolo pueda volver a crear algo más que sólo lo indispensable.

Preguntas

La mejor forma de conocer a alguien es haciendo preguntas. Y poner atención. La gente no sólo responde con lo que dice sino con lo que deja de decir.

Me encanta indagar en los pensamientos de la gente que me interesa y no quedarme con la duda. Me siento mucho menos cómoda cuando me preguntan a mí. No porque tenga algo qué ocultar, pero sí que no sé qué tanto valga la pena ser vulnerable.

Dejarse conocer es exponerse. Habiendo uno expuesto su ser, no queda más que esperar si le parece al otro o no. Y el no, en esas circunstancias, duele mucho. Pero es la única forma de vivir.

El límite del interés

Más que gusto, creo que el interés es lo que determina el éxito de una relación. De cualquier naturaleza, hasta la que uno tiene con la comida. Esa motivación que lo mantiene a uno queriendo saber más de algo es de los mejores indicadores de una relación de largo plazo. A veces hay que forzarlo un poco, como la disciplina que uno ejerce aunque no la tenga en ese momento. Pero el esfuerzo es la gasolina del motor.

Todas las personas tienen algo interesante qué contar. No estoy diciendo que tenemos que conocer e interesarnos por todas y cada una de las personas con las que tenemos ni mediano contacto, creo que no sería sano. Pero sí estoy considerando mejorar mi calidad de atención cuando estoy con los míos, sobre todo con los que tengo más años de convivir. Es una pena que se dé por sentado la existencia del otro, sólo porque uno cree que lo conoce. Hay que considerar que uno mismo cambia todo el tiempo y que vale la pena estar atentos de las transformaciones de los demás.

Tomarse el tiempo para fijarse, es querer. El interés es el faro que nos indica si queremos seguir en el camino o no. Vale la pena encender esa luz.

Recibir

Cuando me gusta algo, me aferro. Es malo, lo sé, pero prefiero que no se me escapen las cosas. El problema de eso es que no puedo sostener nada más. Se me olvida la premisa básica de jugar yax. Uno tiene que soltar uno para agarrar otro.

Es el mismo principio de cualquier recipiente: debe estar vacío para que quepan cosas. Eso tiene que ver con hacer espacio. Aplica para cualquier cosa, hasta el corazón. Hay que estar preparado con una mente abierta para recibir nuevas experiencias.

Tengo que aprender a estar preparada para recibir. No es lo mismo cuidar lo que uno tiene a ahorcarlo.

Otra vez

Regresamos a un lugar desagradable en circunstancias distintas a las anteriores. Como podemos regresar a situaciones incómodas con nuevo conocimiento.

A veces siento que la vida se repite desde otros ángulos para darnos la oportunidad de tomar decisiones distintas. Es la única manera de salir de la espiral.

En el budismo se habla del Samsara, esa rueda llena de sufrimiento que debemos trascender. Tal vez no es que sea un rompecabezas esperando a ser descifrado. Tal vez es simplemente una escultura que debe verse por muchos lados para entenderla.

Lo que quiero

Hace algunos años yo decía que si lo tengo que pedir, ya no lo quiero. Ridículo. ¿Cómo va a saber la gente qué darle a uno si uno no lo dice?

Creo que es una cuestión de no querer ser rechazado. Exponer una necesidad es ponerse vulnerable. Y eso es estar en peligro que lo lastimen. Pero no hacerlo, significa nunca sentir por completo. ¿Y de qué sirve vivir así?

He aprendido a ser clara cuando expongo lo que quiero. A ser flexible porque la otra persona puede tener una idea más interesante. Y a no aceptar menos.

Nada qué hacer

Durante toda la vida de mis hijos, he tenido el privilegio de estar presente. Detesto la palabra «sacrificio», porque implica una renuncia dolorosa a algo que me gustaría hacer más que lo que estoy haciendo. Es mejor decir que «prefiero» hacer algo. Y no es porque la maternidad y la domesticidad sean un camino sembrado de rosas en el que nunca sucede nada malo y siempre me sienta apreciada y recompensada. Puedo decir que cada vez que escucho la pregunta «¿Y qué haces?», se me retuerce el hígado. Y, también, cada vez que tengo un par de horas sin ocupación en mi día, me da cargo de consciencia, como si estar en constante movimiento fuera mi única justificación de existir.

La realidad es que me cuesta cuantificar mi valor como ser humano con las medidas de éxito actuales. No produzco nada. No doy ningún servicio facturable. No rindo cuentas de un trabajo con atribuciones claras. Y lo que hagan mis hijos en sus vidas va a tener tanto qué ver con cómo los he criado, como con las cosas que ellos mismos escojan. En blanco y negro, mi vida es un desperdicio. Pude haber tenido una carrera reconocida en mi profesión. Podría estar ganando mucho dinero actualmente. Y podría ser la persona menos trascendente de la existencia si hubiera tomado ese camino.

Cada vez tengo menos actividades en las que tengo que estar directamente involucrada con los niños. Cada vez son menos niños. Pero no dejo de ser una presencia importante. No dejan de buscarme para hablar. Y no dejo de morderme la boca y ponerme peso en los pies para no solucionarles la vida entera, porque lo que yo quiero es que no me necesiten. Raro eso de trabajar con la meta específica de volverse uno obsoleto. Mi vida ha tomado un giro en el que no me vi para nada hace veinte años. No es lo que yo hubiera querido, pero es lo que hay y tengo que adaptarme. Lo que sí me queda clarísimo es que tomé la mejor de las decisiones cuando preferí el camino que me tiene aquí hoy. Y eso, para mí, define mi éxito.