Pongo a mis hijos a hacer muchas cosas que mi mamá jamás pensó en dejarme a mí. Comenzando con doblar su ropa. Y así otras más, que no parecen enormes, pero que antes no se hacían y ahora creo que son importantes. Ambos pueden, en el peor de los casos, lavar su ropa, cocinar, arreglar sus loncheras y medio ser independientes.
El trabajo más difícil que uno tiene de mamá es borrarse de la vida de sus hijos hasta que no lo necesiten a uno. Yo no quiero que ellos dependan de mí, aunque ese desapego en la adolescencia que estamos padeciendo todos a veces me parece muy abrupto. Ya no tengo a mis cuerpecitos tibios y felices conmigo viendo tele por las tardes, por ejemplo. Y allí es en donde viene el verdadero “sacrificio”: estoy entregando una parte que me reconfortaba por darles a ellos cómo vivir mejor.
Me hace falta esa cercanía, espero estar construyendo relaciones que superen este pedazo escabroso para recuperar el cariño más adelante. Estoy bien con ser su mamá, no su amiga. Hasta que verdaderamente ya no necesiten de mamá, sino de alguien más a su par. Y por supuesto allí estaré.
