Nadie sabía

Cuando uno organiza cosas, como fiestas, o actuaciones, espectáculo y cualquier cosas que implique que llegue gente, el nivel de estrés se sube. Y es porque uno sabe lo que deja de uno mismo planificando todo el merequetengue. Quiere que las cosas salgan “perfectas”, que todos los imprevistos estén cubiertos y que haya una respuesta para cualquier pregunta.

Cuando uno va de invitado, aunque tenga una expectativa general de la experiencia, no sabe a detalle a lo que va. Le puede gustar a uno, o no, pero no tiene el plan contra qué compararlo.

Dos posturas que se juntan en el momento, pero que no necesariamente se encuentran. Hasta que entendí que nadie sabe qué tenía yo en mente y, que aunque me saliera todo exactamente como yo lo quería, a algunas personas les iba a fascinar y a otras no tanto, no solté el estrés. Nadie sabe lo que está en mi mente cuando cocino. O cuando organizo una fiesta. O cuando compro un regalo. Y eso me da la total libertad de darme permiso. Para que no todo salga “perfecto”, porque eso no existe. Para aceptar que son imprevistos porque uno no sabe qué no sabe. Para dejarlo ir. Total, todo termina y siempre hay una próxima vez.

Más cosas qué hacer

Eso de que sólo la gente ocupada puede hacer las cosas, es cierto, al menos en mi caso. Mientras más cosas tengo qué hacer, más hago. Tal vez es porque mi mente está ocupada en organizarse y terminarlo todo y no en otra cosa menos productiva.

También es cierto que uno tiene que aprender que no puede hacerlo todo, todo el tiempo. O se queda como el vaso derramado por una última gota.

Espero saber en dónde está ese punto de inflexión y parar antes que la vida me ponga una pared. Porque esos trancazos sí duelen.

Vamos

Quisiera dormir. Ya ni siquiera ocho horas, sólo no despertar a medianoche. Tengo, supongo, estrés acumulado. Y me levanta de la cama con cualquier pretexto.

Cuando uno contabiliza las cosas que hacen daño a la salud, no dormir está en la cima. Y, lo más irónico, es que pareciera que es hasta un orgullo decir que uno duerme poco. Como si estar simplemente ocupado fuera valioso.

No he llegado a cuantificar exactamente qué me da más valor: si terminar todo lo que tengo qué hacer o no sentirme agotada. Por el momento, sólo veo que me sigo llenando de más ocupaciones. Ni modo. Vamos.

En cuenta regresiva

Estamos a una semana que el adolescente comience una aventura. Como con cualquier fecha que se avecina, primero parece muy lejos y en un instante ya está allí. Y así igual de rápido habrá terminado. Hay un sentimiento (ilusorio) de capacidad de predicción cuando esperamos acontecimientos que llegan en fechas fijas. Es más fácil contar la vida cumpleaños a cumpleaños.

Hasta nuestros antepasados que no estaban esclavizados a sus cosechas tenían patrones de tiempo a lo largo de los años, siguiendo manadas y recolectando plantas según la estación. No podemos sobrevivir sin ese mínimo de seguridad en el futuro. Si todo fuera incierto, no sé siquiera si lo soportaríamos psicológicamente. Pero… la realidad, en su esencia es ambas: cierta e impredecible. Y uno tiene que agarrar una postura entre la fe y la duda que es como caminar sobre una cuerda invisible.

Lo único verdadero y fijo es el momento de ahora: el sabor del café de la mañana que tomo, la sensación de la pantalla debajo de mis dedos, la música que escucho. Todo lo demás sólo está en mi imaginación y se convierte en realidad en el mismo instante en que termina. Como esperar una fecha que viene y se va. No hay más que cuentas regresivas perpetuas.

Para verte

Te voy a comer los ojos

me dijiste esa vez

los cerré de inmediato

y vi tu imagen impresa en mis párpados

desde entonces los tienes, mis ojos

para verte siempre.

Descansar

Tan bonito el concepto de deshacer las cosas malas. Como si los errores fueran nudos que pueden desatarse. Pero ni Alejandro pudo con el gordiano y sacó su espada.

Creo que nos trabamos demasiado en las cosas que hacemos mal y regresamos a hurgarlas y apretarlas. Hacemos bolas enormes que nos aplastan y no nos dejan seguir adelante. Tal vez por eso tenemos palabras que quieren retroceder el tiempo: deshacer, desatar, descansar. Ya está hecho, atado, cansado.

Lo que sí toca hacer es lo que viene. Mejor. Dejando menos nudos sueltos. Cuando yo al fin aprenda a no engancharme con lo malo del pasado, voy a poder usar palabras de nuevo, como reponer, retomar, renacer. O lo puedo pedir prestada la espada al Ale.

Sin respuestas

He pasado un día de esos que se aferran a la nuca y no quieren soltarse. Gasté todos mis recursos y no he logrado solucionar nada. Tan solo mitigar. No sé qué hubiera pasado sin siquiera eso.

Nos deberían enseñar a adaptarnos a los cambios. En vez de establecer rutinas, creencias, protocolos. Hay que poder pensar fuera de lo conocido. Lo cual es contradictorio en sí. Nadie sabe lo que no sabe.

Tal vez hoy me fallaron todos los protocolos. O tal vez evitaron algo peor. Pero sí sé que, la próxima, ya tengo más cosas qué hacer.

Siempre lo mismo

Tengo el impulso de regresar a ver las mismas series que me han gustado. Las películas que me sé de memoria. De leer los libros que ya sé cómo terminan. Es como comer la comida favorita. Ir al restaurante de siempre y pedir lo de siempre. La continuidad, la ilusión de permanencia, nos mantiene enraizados en un sentimiento de pertenencia. Si las cosas no cambian y ya sabemos cómo son, podemos controlar en alguna medida lo que no conocemos.

Pero ni lo que no cambia queda igual. Creemos que el pasado no tiene mutaciones y vamos por la vida agregándole o quitándole cosas a la memoria. No hay un libro de Historia que cuente lo mismo. Jamás vamos a volver a comer la comida de nuestra mamá. Aunque la haga ella.

Lo que buscamos, bueno, lo que busco yo, es la posibilidad de descansar un momento y no tener que fijarme en cada detalle. Estar en un lugar en donde sé que si camino a oscuras, no me voy a lastimar. Que no tengo que escudriñar las intenciones de las personas con las que me relaciono, porque me son familiares. Y que, aunque llore siempre, D’Artagnan va a morir al final del Visconde de Bragellone porque Dumas fue un patán siempre con sus personajes.

Que cueste un poco

Tal vez la peor de las habilidades es hacer las cosas difíciles cuando pueden hacerse fáciles. O sea, el dicho de mi papá que todo tiene modo y que si no es suave no es, aplica para no forzar nada. Y sirve. Me he salvado de romper muchas cosas no queriendo zambutirlas. Pero… Hay cosas en las que el grado de dificultad las hace parecer mejor, más valiosas.

Tengo la mala suerte de practicar un deporte para el que no soy buena. Soy perseverante, constante, pongo atención, sigo las instrucciones. Pero el karate no me fluye. Tal vez le puedo romper la madre a algún fulano, pero no bonito. Ni modo. Y es ese esfuerzo que le pongo, lo que hace que me guste aún más. No me cuesta tanto como para que no me salga, pero sí lo suficiente para ponerle atención. Y creo que por allí va la cosa. La atención.

Las relaciones, los niños, los buenos trabajos, todo lo que vale la pena requiere que nos fijemos, que no lo hagamos por salir del paso, que nos esforcemos. Si todo lo hacemos en automático, deja de tener chiste y nos distraemos hasta chocarnos. Agradezco que las cosas que más quiero en mi vida han sido las más complicadas de mantener. Aunque no estén perfectas.