No es lo mismo hablar cara a cara que desde alturas diferentes. No importa el dicho pícaro de «qué importa si se juntan los ombligos», deja de ser simpático cuando se acentúa una relación de poder. Así como cuando uno es niño y mira un gigante que lo lleva, trae, viste, alimenta a uno. Y peor si se acerca para regañar.
Las personas le ponemos valor a cosas que realmente no lo tienen: el dinero, un título, belleza externa… Nada de eso nos da verdadera estatura, pero nos mareamos de todas formas. No aprender a ver a la gente a nuestro alrededor como iguales, nos disminuye en nuestra humanidad, nos empobrece, nos afea.
Para hablar con alguien más pequeño, lo primero que tenemos que hacer es verlo a los ojos, horizontalmente. Ya sea que nosotros nos agachemos, o que subamos al otro, lo mejor es encontrar la línea recta, sólo así nos entendemos.
Y sí, cuando quiero imponerme (que también toca, hay situaciones que no son discutibles como reglas de seguridad, horario de dormir…) me paro y miro a mis hijos hacia abajo. Pero rara vez he aprendido algo de ellos así. En el momento en que necesitan contarme algo, me siento, me acuesto con ellos, me hinco, los subo a la mesa… Ellos son mis iguales y sus problemas tienen la misma importancia que los míos.
