Complemento/Igualdad

Creo que nunca he armado un rompecabezas de muchas piezas. Me llama la atención, pero entre tantas otras cosas qué hacer, no le he hecho tiempo. Y es que me parece muy simpático cómo se arma un cuadro armónico de un montón de figuritas que pareciera no tienen nada qué ver entre sí. Todas son distintas, pero todas tienen un orden específico. Incluso algunas pareciera que casi cazaran, casi, pero no. Uno tiene que encontrar la exacta.

Algo así pasa en las relaciones. Ni se puede uno buscar a alguien igual, porque no tiene la menor gracia, ni tan distinto que no haya enganche. Lo triste es cuando uno prueba y prueba y prueba, sin fijarse más o menos las características generales de lo que uno necesita. Lo trágico es cuando uno se conforma con alguien con quien casi encaja. En esos espacios que dejan los «casis» es que se forman los barrancos que se tragan las relaciones.

Estar con alguien, en cualquier capacidad, hasta para buscar el colegio de los hijos, implica un grado de afinidad que permita que existan diferencias, pero que ésas no provoquen un total desfase. Más aún con la gente con la que uno convive.

Al final del día, cada pieza que uno agrega, se suma al cuadro final de nuestras vidas. En uno está que el resultado no sea un mamarracho.

La altura es importante

No es lo mismo hablar cara a cara que desde alturas diferentes. No importa el dicho pícaro de «qué importa si se juntan los ombligos», deja de ser simpático cuando se acentúa una relación de poder. Así como cuando uno es niño y mira un gigante que lo lleva, trae, viste, alimenta a uno. Y peor si se acerca para regañar.

Las personas le ponemos valor a cosas que realmente no lo tienen: el dinero, un título, belleza externa… Nada de eso nos da verdadera estatura, pero nos mareamos de todas formas. No aprender a ver a la gente a nuestro alrededor como iguales, nos disminuye en nuestra humanidad, nos empobrece, nos afea.

Para hablar con alguien más pequeño, lo primero que tenemos que hacer es verlo a los ojos, horizontalmente. Ya sea que nosotros nos agachemos, o que subamos al otro, lo mejor es encontrar la línea recta, sólo así nos entendemos.

Y sí, cuando quiero imponerme (que también toca, hay situaciones que no son discutibles como reglas de seguridad, horario de dormir…) me paro y miro a mis hijos hacia abajo. Pero rara vez he aprendido algo de ellos así. En el momento en que necesitan contarme algo, me siento, me acuesto con ellos, me hinco, los subo a la mesa… Ellos son mis iguales y sus problemas tienen la misma importancia que los míos.