Lo reconfortante de lo conocido

Hay tantas series nuevas que no hay forma de verlas todas. Pasamos tanto tiempo escogiendo, que ni de chiste alcanzamos a empezar la lista. Ni de recomendadas. Tenemos que apoyarnos en lo que nos digan los algoritmos y las demás personas. Todo con la ansiedad de no saber si algo que dejamos del lado no es mejor que lo que escogimos al fin.

En cambio, lo que ya conocemos, ya lo conocemos. Hay una necesidad latente de pararle un poco a la incertidumbre y consumir cosas que ya sepamos en qué terminan. Como confiar en el sabor de nuestra comida favorita.

Estamos rodeados de sorpresas. No tenerlas no le quita la emoción a la vida. La redimensiona.

Necesidades

Los perros están de tragedia porque los niños ya se fueron al colegio. Los he tenido que consolar, pero entiendo que soy un “peor es nada”, sobre todo para el cachorro. Él me quiere, sí, pero adora a la niña y ni el sol lo calienta cuando ella no está. Es demasiado interesante entender cómo los animales viven sus sentimientos sin mezcla. Puros colores primarios.

Los humanos, en cambio, llegamos al colmo de tener “sentimientos encontrados”, existiendo en dos realidades contradictorias al mismo tiempo. ¿Será parte de la vuelta que le da nuestro cerebro a la vida? ¿O es la pura gana de complicarnos la existencia? Tal vez seríamos más felices siendo más básicos. Pero nos perderíamos de la gama total de colores.

Si somos más sinceros con nuestras necesidades, les podemos quitar estorbos a nuestras emociones y sentirlas más limpias, no menos complejas. No hay que tener vergüenza de pedir lo que uno quiere. Ni de sentir lo que haya en el momento.

Al día

La ropa ya está lavada y doblada. Los niños están resignados a regresar al colegio. Ya tengo planes para esta semana y las siguientes. Julio está aquí, con el cumpleaños que me trae siempre y que yo quisiera evitar. Todo apunta a que la vida está en su curso. Y que, aunque todo se repite, nada es igual.

Recientemente decidí cancelar mi suscripción a una aplicación de meditación porque los valores de su fundador no se alinean con los míos. Hice cuentas de todo lo que he aprendido con esa práctica y estoy profundamente agradecida. Pero no estoy dispuesta a continuar apoyando a una persona con la que tengo desacuerdos tan profundos. Creo que no hubiera podido tener esa perspectiva sin, irónicamente, haber hecho meditación tanto tiempo. Lo mejor que he hecho mío es a aceptar el cambio y a hacer lo mejor que se puede con lo que se tiene.

Aceptar el paso de la vida y los cambios que trae, aún vestidos de rutina, también cabe dentro de ese aprendizaje. A sentir más profundo, pero quitarle importancia a las emociones. A ponerle atención a lo que tengo enfrente y prepararme para el futuro sin tenerle miedo. A recordar el pasado sin el desgarre de lo que ya pasó. Bienvenida la rutina.