Las mejores preguntas

Creo que los momentos más agradables que he pasado con gente es cuando platicamos después de haber hecho una pregunta sin respuesta. Es horrible cuando alguien le pregunta a uno algo para lo que tiene una réplica en su mente. No hay espacio alguno para un poco de charla.

En general, no aprendemos a conversar. Contemos con que desde pequeños nuestros padres nos dan instrucciones, no nos preguntan nuestra opinión. Y en el colegio están buscando que respondamos lo que sabemos, no que elucubremos. Y de allí como por qué no llevamos una plática amena. Tenemos el «eso me pasó» en la punta de la lengua, o queremos opinar de cualquier cosa, o demostrar que somos expertos en un tema. Cuando, entre pares, lo más rico es desmadejar un tema para el que no tenemos un mapa ya trazado.

Tenemos costumbre en casa de comer juntos, de escuchar qué ha pasado en nuestras vidas y de hablar de muladas. Porque así nos conocemos mejor y tratamos de compartirnos. Las mejores preguntas son las que no tienen una respuesta prefabricada.

El límite del intelecto

Hay mucha diferencia entre ser crédulo y confiar ciegamente en cosas que no hacen lógica y creer que no hay nada más allá de lo que no se puede entender. Comenzando con que ni siquiera comprendemos cómo funciona nuestro propio cerebro.

Los seres humanos compensamos nuestra ignorancia con la imaginación y la vamos corroborando conforme avanzamos en conocimiento puro y duro. Pero no deberíamos olvidar que, primero, caminamos en los cuartos oscuros de lo desconocido hasta encontrar el interruptor de la luz. Y abrimos la siguiente puerta.

Si tuviéramos qué esperar a conocer y entender la vida, tendríamos que quedarnos sentados sin hacer nada. Yo le tengo un sanísimo respeto a mi intelecto, pero sé que lo que no sé, es inmenso. Para todo eso, me sirve la imaginación.

Antes

Desperté antes de que fuera el día siguiente

antes de que la noche se escurriera entre los pájaros que cantan

antes de dormir suficiente, nunca es suficiente.

Desperté antes que todos, eso no es raro

pero esta vez fue hasta antes de lo que suelo hacerlo

y en ese estado que no es el tiempo en que debería

encontré que la noche es más larga despierta que dormida

que la cocina está callada y yo no quiero llenar ese silencio.

Hay momentos que se desajustan al tiempo

anoche fue antes de regresar de no existir.

Hoy ojalá sea después.

Tener una sombra de mascota

Siempre quise un gato negro de bruja. Y siempre me han gustado los gatos peludos. Cuando una amiga me ofreció un gato porque tenía 37, yo ya tenía dos y le dije que sí, sólo si tenía uno negro peludo. Tenía.

Mis hijos le pusieron Shadow y le hace honor al nombre. Cuando se mete en el clóset no hay quién la encuentre y verla salir de un cuarto oscuro me hace imaginar a la muerte en pequeño. Es como algo que se desprende del vacío. No existe antes y se disuelve después. Tener esta gata me ha enseñado a confiar en que por allí anda y aparecerá cuando quiera, que no siempre coincide con cuando yo la llamo.

Me gusta mi gata de bruja. Me hace creer que en esta casa hay algo de magia que nos protege. No está de más confiar en que todo está bien, o lo estará, aunque uno no lo mire.

No te voy a contar

Lo peor que hago es decir que eso también me pasó a mí cuando estoy hablando con alguien. Lo peor. Y lo sé, lo siento cuando sale de mi boca, pido disculpas, pero las palabras ya abrieron un boquete en el dique de mi sentido de lo apropiado y salen alineadas y campantes. Detesto eso. Espero hacerlo cada vez menos. Pero es casi imposible no pensar en las veces que he pasado por algo similar.

El lenguaje va mucho más allá de lo que supongo fue su objetivo primario: comunicar hechos urgentes. Lo más importante para lo que lo usamos ahora es para compartirnos. Y por eso es tan difícil no contar lo propio, siempre. Es parte de nuestra necesidad de ser vistos, de tener testigos de nuestra existencia. Quién sabe si seríamos realidad sin nadie que nos viera.

Quiero aprender a soltar esa necesidad, por el simple hecho que es indiferente. La existencia mía me compete a mí hacia adentro, mis actos hacia afuera, a los demás con quienes tengo relación. Y punto. Prefiero ser testigo de los demás. Me gusta saber que hay otras realidades aparte de la mía. Para soltarme, está Tuiter.

Sé lo que me estás diciendo

Se puede entender a las personas mucho más fácil si uno presta atención a todo lo que dejan de decir. Muchas veces se quedan con una tonelada de palabras y sólo dejan escapar un par. Pero siempre muestran de alguna forma lo que quieren de verdad. El problema es que uno no puede actuar en lo que intuye, debe basarse en lo que escucha.

Por otra parte estamos acostumbrados a no ser totalmente transparentes, dejar un poco sin decir. Porque pareciera que lo directo duele, molesta. Me gustaría encontrar algo intermedio. Una forma de revisar intenciones y de decir lo que siento.

Las mejores relaciones que tengo son las que me dan el espacio para ambas cosas. Y me gusta aprender a leer a mi gente, ayudarlos a hablar. Aunque lo sepa desde antes.

Resultados inmediatos para problemas viejos

Luego de años de usar el método para pelo colocho, ya me aburrí. Y como no quiero pintarme el pelo, ni procesarlo de alguna otra forma en salón, compré un kit de manzanilla para aclararlo. Llevo ya dos días de usarlo y no veo diferencia. Obvio. No la esperaba. Aunque tal vez en el fondo sí.

Creamos una dirección de nuestras vidas con cada paso que damos y se nos escapa que no manejamos un carro que pueda cambiar de inmediato de dirección. Vamos en un buque gigantesco que necesita tiempo para moverse en otro sentido. Se puede, claro, siempre se puede. Pero no es cuestión de tronar los dedos y voilà. Tal vez por eso me frustran tanto los famosos “challenges” de bajar de peso y esas cosas que ofrecen soluciones rápidas. Supongo que decir “le va a tomar tiempo estar en una forma distinta que la que ha venido construyendo todos estos años”, no vende. La gente olvida lo que le ha tomado llegar a donde está y quiere un cambio inmediato.

Lamentablemente no existe la magia. No de esa forma. Existe poner todos los elementos juntos para que se amalgamen y surja lo que queremos. Bastante mágico es eso ya. Y, a razón de hechizos, la mejor palabra es “consistencia”. Porque eventualmente llegan los resultados. Ya veré si regreso a ser rubia algún día.

Voy a aburrirme de todo

Pasaré por la ventana sin ver las estrellas,

son las mismas de siempre

dejaré de comprar vino

lo he probado todo

dormiré sin soñar y despertaré sin sonreír

los pájaros hacen demasiado ruido

no te escribiré más,

nada nuevo hay qué decir

me alejaré sin besos

los di todos

no habrá nada que no me aburra

pero, antes, vendrá por mí la muerte.

La receta de la felicidad

Hay muchas cosas que he aprendido que me ayudan a ser feliz:

el abusivo lleva la vía.
si el carro parec taza de preso, déjalo pasar.
nadie sabe qué lleva el otro encima.
todos somos irremplazables, pero ninguno indispensable.

Pero, lo mejor que aprendí y que más feliz me ha ayudado a ser es:

Nada es personal.

Quitarle el filo

El adolescente está de vacaciones y, por primera vez en la vida decidí dejarlo tranquilo con los horarios. Claro que eso representa otros retos, como alentarlo a no ser un completo cerdo en su espacio personal. Pero sin ser insoportable, que es lo que me sale natural.

He aprendido una cosa invaluable: a tratar de no tomarme las cosas de forma personal. Si alguien me tira el carro en el tráfico, no me enojo. Porque esa persona no me conoce, no me lo hizo “a mí”. Es una cualidad esencial para trabajar. Y me salva el hígado con los niños. Cuando logro aplicar el mantra, los desafíos diarios con hijos se vuelven más llevaderos. Que no quiere decir que no me enoje, sólo que menos.

De allí que, de vez en cuando, no regaño. Dejo notas de “la Gerencia” con instrucciones despersonalidas. Cero tono de regaño. Cero caras decepcionadas. Y logro, en alguna medida, que se restaure el orden. Pero creo que igual mejor pongo otra vez los horarios.