Vulnerabilidades inesperadas

Supongo que todos hemos soñado que estamos desnudos frente a un grupo de personas. Esa sensación de vulnerabilidad siempre la asociamos con una pesadilla. Y es que mostrarse así, indefenso, es algo que aterra a cualquiera. Tal vez por eso es que una de las mejores escenas de peleas de películas sea la de Vigo Mortensen en Eastern Promises (véanla, ya). El tipo está en bolas y se las puede contra cualquiera.

La vulnerabilidad, he aprendido, no es un signo de debilidad. Muy al contrario. Ser abierto en nuestros puntos más tiernos, admitir que tenemos un lado sensible, saber llorar ante un dolor, es parte de la sanidad emocional y mental que cuesta años de pruebas aprender. Si no sabemos por dónde nos duelen las cosas, resulta que no estamos preparados para sobreponernos a ellas. Sólo hacerse la bestia de lo que nos puede afectar no lo anula. Al contrario, lo magnifica porque lo que se ignora también tiene poder.

Generalmente nos afecta más a lo que le damos importancia. Lo que más queremos. Lo que tenemos más cerca. Por eso nos duele que una amiga se enoje con nosotros. Que nuestros papás nos rechacen. Que nuestra pareja nos diga algo hiriente. Si un insulto del tipo del carro de al lado al que jamás voy a volver a ver, sinceramente, me tiene sin cuidado. Pero que uno de los niños me hable en tonito insolente me enfurece como a Hulk.

Cuesta admitir que una no es de hierro. Que tiene partes (muchas) blandas. Y que sí sangra cuando lo puyan. Y llora. Y, pues, mejor saber dónde me duele. No es que me pueda defender cual Vigo, pero por lo menos ya sé por dónde taparme.

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