Una cuestión de grados

Hay una línea delgada entre tener autoestima y ser vanidoso. O estar cómodo y parecer pordiosero. Entre amar con pasión y ser demasiado intenso. Y esa línea fluctúa, porque no se mide igual en todas las situaciones.

A mí me cuestan todas ésas, pero la peor es la que hay entre ser directa y sonar grosera. A veces no entiendo por qué tengo que envolver comunicaciones sencillas en un montón de algodón. Hasta me parece que se pierde el sentido de las cosas. Pero… el chiste de hablar es darse a entender y si eso no se logra de nada sirve ser “limpia” en el lenguaje.

Creo que, más que aferrarnos a una forma de ser, vale la pena aprender a leer el momento que vivimos y adaptarnos a ello. Lo formal, lo externo, es sólo una estructura que sirve para entregar lo que tenemos dentro. No deben ser incompatibles y deben ser eficientes. O puede simplemente no importarnos, pero todo tiene consecuencias. Y ésas uno se las aguanta sin pedirles que sean más suaves.

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