Sin nombre

Hace años, encontré un grupo de libros en los que UNICEF describía con dibujitos los derechos de los niños. Entre ellos, el de tener un nombre. Desde cualquier historia de creación, ponerle nombre a las cosas ha sido, hasta cierto punto, llamarlas a la existencia. Es útil poder distinguir entre un venado y un tigre.

Les asignamos, no sólo características objetivas a las cosas cuando las guardamos por su nombre en nuestro cerebro. También cualidades abstractas. Más aún si la cosa es algo intangible, como una relación. Esa moda de no ponerles nombre a las parejas, es admitir que lo que hay es amorfo y, probablemente, no va a ninguna parte. Digamos que los títulos ayudan a tener un destino presente en el mapa y no dar vueltas sin sentido.

A mí me encanta aprender el nombre de las cosas y detesto olvidar el de las personas. No es que lo haga adrede, es lo que me pasa y, junto con el nombre, olvido quién es. Fatal. No me ha hecho mejor ese defecto y estoy viendo cómo mejorarlo. Lo que sí no dejo de hacer es buscar definir en dónde estoy parada con los demás. Porque prefiero saber si no hay camino hacia el futuro que creer que el piso resbaladizo y sin fondo sobre el que estoy tal vez me saque a un lugar bueno, cuando ni siquiera sé cuál pueda ser.

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