Me da pena admitirlo, pero me cuesta a veces la relación con mi hija adolescente. Nos amamos, pero no presionamos todos los botones y terminamos enojadas y sin resolver. Me doy cuenta que me falta demasiado camino por recorrer para ser una verdadera buena persona y aún más para siempre ser buena mamá. Es un reto y no siempre estoy a la altura.
He leído que es necesario un poco de conflicto en la adolescencia para que los hijos se quieran ir del nido. La incomodidad saca a la calle. En la modernidad, esto se mira cada vez menos y no deja de ser antinatural que hijos adultos sigan en casa de sus padres. Tal vez se los hemos hecho demasiado fácil.
Me gustaría fluir más con la niña. Hay muchos túmulos en nuestro camino. Hay esperanza para su adultez, pero sólo si yo también me dejo. Un poco de entrega no cae mal.
