Te voy a narrar tu vida

Vivimos dándole significado a lo que experimentamos. Tanto así que un helado de vainilla no es un simple postre, sino las tardes con mi papá comiendo del mismo plato, un momento cálido, de los pocos que tengo con ese hombre que me quería y no sabía cómo demostrármelo. Y allí de nuevo hago una historia fuera o encima o más allá de lo sucedido hacia afuera. Creo/pienso/me cuento, que mi papá me quería y que su incapacidad para hacérmelo saber se debía más a su propia carencia de afecto cuando fue niño que a algo roto en mí. Que me lleva a pensar en dónde me siento vacía, insuficiente en este momento y reviso los últimos años en mis relaciones para encontrar cómo cambiarle los colores al dibujo.

Nos narramos la vida, cada vez de una forma distinta y eso nos ayuda a lidiar con los daños, pero también ayuda a preservar lo bueno. Una pérdida amorosa deja de ser una tragedia, la enfermedad de un ser querido deja de pesar como peñasco sobre el pecho, los años que pasan no nos pasan encima. Todo depende del guión que escogemos ese día. No es tan sencillo, porque el escritor particular depende de mucho autoexamen, buena salud química y trabajo espiritual y psicológico para no caer en las líneas que ha utilizado tantas veces para describir nuestra vida.

Tal vez por eso escribo todos los días, para ensayar otros géneros y no quedarme estancada en el mismo de siempre.

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