Entendemos tan poco las cosas importantes,
que medimos la eternidad con el tiempo mismo del que carece,
el infinito en términos de espacios a los que les quita el borde,
el amor en cantidades.
Entendemos tan poco las cosas importantes,
que medimos la eternidad con el tiempo mismo del que carece,
el infinito en términos de espacios a los que les quita el borde,
el amor en cantidades.
A veces son las doce y ya hice desayunos, loncheras, karate, nata, súper y ya me va a tocar salir a traer a los niños al bus. A veces dan las seis de la tarde y no he hecho nada.
El tiempo tiene una plasticidad propia. Afianzamos nuestros recuerdos en ciertas anclas emocionales que hacen eternos los momentos cruciales. Tal vez, como el Hannibal de las novelas, construimos palacios de memoria para no dejar escapar ni uno solo de los datos de nuestras vidas.
Lo cierto es que vivimos el tiempo, que es una dimensión lineal, de forma enteramente casuística: si estamos ocupados pasa más rápido, si estamos ansiosos pasa más lento y si estamos aburridos pareciera detenerse. Increíble, pero la rutina nos ayuda a que haya cierta inercia en el movimiento del reloj.
Mis hijos viven, verdaderamente sienten, cada segundo de sus vidas. Sobre todo ahora que están de vacaciones. Les falta su horario y orden. Y a mí eso me parece fabuloso. Parte de crecer es saber agenciarse esa moneda de segundos, minutos y horas que se nos da.
Pero, para mientras aprenden a hacerlo, me toca aguantar tres llamadas en una hora de hacer es súper: «Mama, ¿ya vas a venir?» Junio, para mí, pasa lento.
Acabo de estar en un vestidor en el que había un grupo de niñas adolescentes. Luego que me dejaron de recorrer los escalofríos del recuerdo por la espalda, pensé en todo lo que he aprendido desde entonces y si saberlo a esa edad me hubiera servido de algo.
A escaso mes y medio de cumplir 40, cada vez me importa menos lo que opinen de mi apariencia. He descubierto la maravilla de tener amigas. Puedo escuchar antes que hablar. Identifico cuáles tornillos vale la pena ajustar de mi relación.
Nada de eso me hubiera servido de un carajo a los dieciséis años. O sea, no es lo mismo tener el pelo de loca con dos niños y diez años de casada, que me tienen cariñito y les gusta, a un pelo de más cuando el resto se burla de uno. No sé, hay cosas que supongo se tienen que descubrir a trancazos.
Lo bonito es que eso me da la idea que aún me queda mucho camino por seguir. Si a lo que supongo es la mitad de mi vida, he llegado a este grado de comodidad en mi propia piel, el resto debería ser maravilloso.
Para mientras, me toca ver cómo llegan mis retoños a las mismas conclusiones (sus propias, no las mías).
Este año se me está pasando lento
como aletargado, amodorrado, arrastrado.
Un día le pide permiso al otro para amanecer.
Tal vez no quiero que terminen mis treintas.
Tal vez he saturado mi vida de mil cosas.
Tal vez se me está multiplicando.
Pero ya casi es junio.
Tal vez, después de todo, no va tan lento.
y uno se queda quieto, aparentemente sin cambio
y luego el tiempo te tira al suelo con los cumpleaños de tus hijos
con los primeros dientes que se le caen a una pingüina que apenas caminaba
con un aniversario de dos dígitos
con los zíppers que no cierran
con más experiencia y más comodidad dentro de la cabeza
con sentimientos menos violentos, pero más profundos
con una apertura a la vida y una negación a tomársela demasiado en serio.
El tiempo es el mayor de los magos y nos hace caer en sus trucos una y otra vez.
Mi hijo hoy cumple ocho años. Y yo aún recuerdo el peso de su cuerpo cuando habitaba en el mío.
¡Qué bueno que sí nos movemos!
He conocido mucha gente talentosa. Y mucha gente exitosa. Estas dos cosas no siempre se conjugan. Yo coso muy bonito, pero no lo hago seguido y mi hija termina vestida en t-shirt y tights. Tengo otros talentos que se quedan en la mera teoría y que me sirven para lo mismo que saber en dónde queda Parangaricutirimícuaro.
La perseverancia es un músculo accesible a todos, es sólo cuestión de ejercitarlo. El talento es sólo una posición en la salida de una carrera: algunos comienzan a correr más cerca de la meta que otros. Pero no todos avanzan y muchas veces gana el que no para. Tiene más mérito sentarse a practicar todos los días un idioma y masticarlo con algún grado de fluidez, que la gente super dotada con habilidad idiomática, que no dice ni un «Buenos días» sin faltas gramaticales porque qué aburrido aprenderse las reglas.
El talento sin práctica se queda en la mera teoría. Somos los únicos seres vivos sobre este planeta que no necesitamos ser buenos en nada para sobrevivir. Pero también somos los únicos que podemos lograr hacer cualquier cosa, independientemente de nuestro talento. Sólo hay que pagar lo que uno quiere con tiempo. Tampoco todo lo que «podemos» hacer lo «tenemos» qué hacer. Sólo no hay excusa para no hacerlo bien.
No coso. Puedo, pero no lo hago. Pero sí escribo, todos los días, no tan bien como lo otro, pero obtengo más satisfacción de las palabras saliendo de mis dedos y pago el precio que eso me implica. Gracias por darme de su tiempo para leerme.
Mi entendimiento de la teoría de la relatividad es muy superficial, pero la ciencia ficción me ha ilustrado: a la velocidad de la luz, el tiempo y el espacio son inversamente proporcionales. Pero resulta que lo relativo no es el tiempo. Es la edad. Hace poco le preguntaba a Mario si se sentía de la edad que le toca cumplir pronto (40) y la respuesta es «sí y no». ¿Ven? Relativo.
El transcurso de las horas y los años linealmente calculado, no tiene variación. Es medible, predecible. Lo que no se puede cuantificar es lo que se vive dentro de ese transcurso de segundos. Pareciera que a algunas personas los años se los comen vivos y les graban más experiencias en la cara y el cuerpo de lo que les corresponden (o, que los rueda paches por La Antigua). Otras, llegan a edades avanzadas con una frescura de flores por la mañana.
Y no tiene que ver con arrugas, ni lonjas, ni canas o falta de pelo. La apariencia física sólo es un elemento de lo que se lleva por dentro. Nadie pasa por este mundo sin experimentar tristezas ni momentos duros, pero la actitud con la que se afrontan y la facilidad con la que se superan, nos mantienen mejor, por más tiempo. Si alguna vez han visto a alguien con la boca torcida hacia abajo en una mueca constante de amargura, me entenderán por qué prefiero las arrugas alrededor de los ojos.
Relativamente, estoy más o menos a la mitad de mi vida. Espero seguir llenándola exponencialmente de vivencias que me permitan sentir que tengo mil años, aunque no los cumpla.