El espacio en medio

Yo no sabía que me gustaba estar ocupada. Hasta que comenté que creía que había estado sobreentrenando y la reacción de toda la gente a mi alrededor fue «¡Tna!» Ahora mismo tengo tres proyectos de remodelación de muebles, lámparas y paredes, tres columnas, karate, ejercicio, ser mamá de grado, pintarme las uñas, una casa, dos niños, tres gatos y un marido que colaboran para mantenerme entretenida. Normal. Para haber crecido con mi mamá diciéndome que yo era una rehuevona, me parece que he logrado superar traumas de la infancia.

El tiempo le abunda a la gente que lo llena. Mientras más actividades tenemos qué organizar, pareciera que más cosas logramos hacer. Sino por qué del dicho de «si quieres lograr algo, encárgaselo a alguien ocupado.» El problema es que la pelota rueda hacia abajo y luego cuesta pararla. A veces no hacer nada, también es hacer algo, sólo que hay que aprender a meterlo como un «pendiente» en la agenda.

Si no aprendo a hacerlo, estoy como ahorita que tengo al enano con la costilla fisurada (nada grave) en casa, me quiere al lado suyo viendo tele y yo siento que tengo hormigas en el pantalón de todas las cosas que quiero/tengo qué hacer. El tiempo también se llena con las cosas importantes que tienen que estar encima de las cosas pequeñas que nos distraen.

Las obras de arte tienen espacios en blanco, la música tiene momentos de silencio, los edificios tienen ventanas. También la vida tiene que tener un momento que quede libre. Ya la próxima les enseñaré cómo me quedaron los sillones.

Detenerse un momento

Estoy comenzando un par de semanas de descanso y, verdaderamente, siento que algo me hace falta. Desde hace unos años hago ejercicio fuerte casi todos los días y, en mi mente obsesiva, un día sin moverme implica un par de puntos porcentuales de grasa no deseados. Así, me miraban practicando karate con yeso, gatear del dolor de espalda y otro par de imprudencias.

Resulta que es bueno para un momento para darle chance al cuerpo de soltar el estrés al que lo sometemos cuando nos esforzamos. Algo así como nuestra mente necesita dormir para afianzar ideas y resolver conflictos. O como es bueno darse vacaciones del trabajo para regresar con más fuerzas.

En la vida, no sólo la variedad nos hace mejorar. También estar parados, tranquilos, descansar, nos lleva a avanzar. Si sólo seguimos sin parar, de repente no vemos hacia donde vamos y nos desviamos de la meta. O tal vez la meta ya no es la misma. O, simplemente, necesitamos disfrutar sel paisaje.

Yo quiero hacer yoga estas semanas. Pero no en la mañana, tal vez en la tarde. O tal vez mañana. Ya veremos cuánto me engordo.

Frenar

Yo no sé montar bicicleta. Bueno, sí sé montar, lo que no sé es parar. Y eso resulta siendo un poco importante para no estampar la carita en el aslfalto. O las rodillas. Alguna vez despegué cuál Challenger de la bajada cerca de mi casa y ya no volví por otra.

Poner altos en las actividades, sentar límites en las relaciones, poder parar los pensamientos nocivos, nos mantiene con cierto grado de salud. El mayor problema de una situación que se nos sale de control es que ya lleva un cierto ímpetu. A veces no es suficiente querer cambiar el curso que llevamos, es necesario frenar por completo.

Y detener algo en marcha es difícil, porque se necesita la misma cantidad de energía que lo tiene en movimiento. Cansa, agota, duele. Pero hay que saber cuándo hacerlo, o nos vamos a ir a dejar toda la humanidad de calcomanía emocional ante la pared con la que, eventualmente, nos vamos a chocar.

Me cuesta frenar en una bici. Al menos he aprendido a parar las situaciones que me dañan.