Soy tóxica

Comenzamos el día haciendo un recuento de las cosas que los niños han dejado olvidadas en el colegio. Digamos que no les alcanza su mesada para pagar hasta los tenis que han perdido. Me toca hacer consciencia. Me toca no dejarlos llevar suéter que no es del uniforme. Me toca recordar que no se habla con la boca llena. Me toca exigir que no se saquen la yo entre ellos. Me toca ser la tóxica.

Aprendemos a base de repetición. Todo. Hasta a caminar. Porque podremos «saber» las cosas, pero no las sabemos hacer. ¿Han tratado de cantar? Como si uno no usara la voz todos los días. Resulta que hasta eso hay que practicar.

Los hábitos se nos vuelven nuestras realidades. No sonreír, fruncir el ceño, bajar las comisuras de la boca en una mueca de desagrado. Poco a poco nos vemos como sapos ponzoñosos. Y se nos olvida el último día en el que fuimos felices.

Tal vez por eso me esfuerzo por encontrar a los niños en el bus con una sonrisa, preguntarles al almuerzo si se la pasaron bien, tenerles comida que les guste. Aunque se me vaya la amabilidad por un caño a la primera conversación llena de pasta en la boca.

 

No es por estar triste

Mañana es el Día de la Madre y a mí todavía no me gusta. Tengo ocho años de tener pulgo propio con quién celebrarlo y, de verdad, yo me quedaría en mi casa encerrada. No quiero flores, no quiero salir a ningún lado y, con toda la sinceridad del mundo, me da muchísima hueva ir sentarme a un acto en donde hay cien niños más que el mío.

Ser madre, para mí, ha sido un viaje en el que cada vez me doy más cuenta que, ni tengo mapa, ni conozco el terreno. Sólo tengo una brújula de deseos de cómo quiero que sean mis hijos que me ayuda a navegar. Obvio leo, escucho experiencias de otras personas, me encomiendo a Dios, pero no tengo la menor seguridad de estar haciendo bien las cosas. Es más, de lo que sí estoy completamente segura es que estoy metiendo la pata en alguna parte.

Amar a los hijos es un proceso. Yo no pretendo venir a decir que siempre quiero estar con ellos, que son lo mejor que me ha pasado en toda mi vida, que no podría haber sido feliz sin ser mamá. Pero sí les puedo decir que me quitaría la vida si eso implicara hacérselas un poquito mejor. Que dejé un estilo de vida que me gustaba muchísimo por educarlos como queríamos con mi marido. Que a veces me sobrepasa un amor que no entiendo y que se me desgarra el corazón sabiendo que mi trabajo es hacer que no dependan de mí, porque estoy criando gente para que se vaya y sea independiente.

A la pareja se la ama y se espera compartir la vida. A los hijos se les ama para que tengan una vida propia. Y esa distinción es sana tenerla en mente.

Yo no soy de esas mamás que lloran con cada tarjetita que reciben. Pero llevo grabada en la piel cada beso, cada caricia de manitas pequeñas, cada abrazo. Mi corazón ha crecido con ellos. Y por eso, todavía tengo un vacío en el lugar de mi mamá. ¿A quién más que ella le podría presumir de todo lo que hacen? Además, me hace falta quién me consienta a mí. Y pues, ni modo. Mañana me tocará irme a sentar entre otro montón de mamás a ver a mi hijo entre otro montón de niños. Si me ven llorar, ni me lo digan.

¿Puedo renunciar?

El horario, la comida, el colegio, las actividades, la tele, las mascotas, la religión, los libros… La ropa, los juguetes, (la falta de) juegos electrónicos. El deporte, la música. Todo. Siento que soy responsable de absolutamente todo lo de mis hijos y que cae sobre mí cómo vayan a resultar de grandes. Y me dan ganas de salir corriendo.

Criar hijos no es como hacer un pastel. Seguir una receta es llevar a cabo una fórmula química que tiene resultados consistentes. No así educar personas. Primero, porque ya vienen con una programación propia y lo que funciona con uno, no funciona con el otro. Segundo, porque intervienen un montón de factores distintos que no están bajo el control de los papás, como el colegio y los amigos.

Difícilmente se puede tener a los niños en una burbuja para que no se «contaminen». Se arriesga uno a que, la primera vez que salen al mundo, se mueran de un catarro.

Los que tenemos el encargo de hacer personas de bien, vemos que implica mucho más de lo que habíamos pensado. Definitivamente no me imaginaba que iba a sufrir tanto con mocos y fiebres de otra gente.

Hoy estoy estresada. Verdaderamente no sé si lo estoy haciendo bien. Me dan ganas de salir corriendo. Pero luego recuerdo que los amo, que tengo la mejor de las intenciones, que tengo alguna medida de inteligencia y que no estoy sola. ¿Tal vez mi marido quiera intercambiar chance conmigo? ¿No?

El mundo se mueve


y uno se queda quieto, aparentemente sin cambio

y luego el tiempo te tira al suelo con los cumpleaños de tus hijos

con los primeros dientes que se le caen a una pingüina que apenas caminaba

con un aniversario de dos dígitos

con los zíppers que no cierran

con más experiencia y más comodidad dentro de la cabeza

con sentimientos menos violentos, pero más profundos

con una apertura a la vida y una negación a tomársela demasiado en serio.

El tiempo es el mayor de los magos y nos hace caer en sus trucos una y otra vez.

Mi hijo hoy cumple ocho años. Y yo aún recuerdo el peso de su cuerpo cuando habitaba en el mío.

¡Qué bueno que sí nos movemos!

Soltar

El resultado de mi trabajo como mamá no lo veo. O por lo menos no cuando cuenta. Yo no estoy allí en el colegio con mis hijos, para llamarles la atención si se comportan mal con un amigo. No estoy cuando tienen la oportunidad de decir una mentira a una maestra. Tampoco voy a estar a su lado cuando estén en una fiesta y les ofrezcan drogas. O cuando, de adultos, puedan ser deshonestos, ladrones, aprovechados… Simplemente tengo que confiar (rezando hincada sobre maíz muchas veces), que ellos escojan ejercer los valores y seguir el ejemplo que les hemos tratado de dar con su papá. ¿Tienen idea de lo que me jode la existencia esa falta de control?

Y esa es la cuestión: se trata de control. Yo no tengo control total sobre mis hijos. Ni debería querer tenerlo. No tengo mascotas, tengo proyectos de adultos que tienen que poder desenvolverse solos en la vida. Eso se traduce en todo lo que hagan las demás personas con las que nos relacionamos. Somos amigos de la gente que confiamos que no nos va a meter la daga. Somos pareja de personas a las que (espero), no estamos vigilando para ver si nos queman el rancho o no. Compramos cosas creyendo que nos están dando lo que nos están ofreciendo.

El resultado es que soltamos nuestra desconfianza y terminamos aceptando que vivimos en sociedad. No siempre nos va bien con eso, pero el secreto es no regresar a donde se tropezó uno, sino seguir avanzando.

Poder dejar ir a mis hijos a casas de extraños, esperando que coman con la boca cerrada, digan «por favor» y «gracias», no rompan cosas y (si fuera necesario) se sepan defender, me quita a mí una carga inútil. No podría hacer nada si no están enfrente mío y pobres ellos si estuvieran todo el tiempo enfrente mío.

Una sola vida

Mi mamá quería que yo aprendiera a tocar un instrumento, a pintar en acuarela, a montar a caballo y a jugar tenis. Pregúntenme cuáles de esas cosas sigo haciendo. He escuchado muchas veces el «yo siempre quise hacer x o y cosa y por eso me he sacrificado para que tú lo puedas hacer.» Aprendí a comer según un horario, porque mi mamá comía a deshoras. Crecí con pavor a engordarme, porque mi mamá tuvo problemas de sobrepeso toda su vida. El lema «todos los hombres son coches» lo escuché desde muy pequeña.

Claro que es imposible no moldear a los niños que uno tiene. Al final del día, para eso es un padre, para formar personas de bien, según los propios criterios. También, la transmisión de la experiencia previa propia es una de las mejores herencias. Los que tenemos la fortuna de convivir con nuestros hijos y encarrilarlos por donde creemos que deben ir, no podemos dejar de imprimir en ellos nuestro sello, así como tienen nuestras facciones, o imitan nuestros gestos.

Se vuelve complicado cuando resultamos queriendo vivir vidas ajenas a las nuestras. Mi hijo es una persona aparte de mí, con preferencias distintas y sueños en los que vamos a variar. No es una extensión mía y me lo tengo que recordar cada día. Peor con la niña. Hay un esfuerzo necesario en conocer a los hijos como seres humanos en sí  mismos y no dar por sentado que van a hacer todo lo que les digamos.

Liberar de esa carga no sólo es para ellos, es para mí también. No necesito depender de uno de mis hijos para obtener lo que siempre quise. Yo lo puedo hacer por mí misma. Y ellos están libres de vivir sus propias vidas.

«No Soy Tu Amiga»

¿Se los dijo su mamá alguna vez? A mí sí y todavía siento el frío del guacalazo de agua helada. Pues… Es que es feo que a uno la persona que lo sacó del cuerpo le diga que no es su amiga… hasta que uno tiene hijos y lo entiende perfectamente.

Imposible ser amigo de alguien sobre el que tiene que ejercer autoridad, del que tiene la responsabilidad de moldear en una persona decente, al que tiene que consolar ante todo y del que tiene que cuidar sin ser correspondido. Yo a mis amigas no les preparo loncheras, ni comida, ni las llevo al médico, ni sé sus agendas, ni les leo cuentos, ni las corrijo. No son mi problema de educar. Pero a mis amigas sí las puedo dejar de ver. A mis hijos no.

Además, no tengo vida en común con los niños. No vemos la misma televisión, no hemos tenido las mismas experiencias, no entendemos las mismas bromas. Y esas coincidencias de vida son las que unen a dos personas que no son parientes.

Para amigos, mi marido y mis cuates. Mis hijos tienen los suyos propios, con los que pueden bromear y decir malas palabras y tirarse pedos y jugar. Son sus iguales.

No soy su amiga. Soy su mamá. Y soy la única que tienen.

El Amor Callado

Preparar el vestido (o el disfraz en este caso) desde hace meses. Pensar en la piñata, mandarla a hacer, llegar a recogerla. Buscar moldes de pasteles (porque una simple magdalena ya no las hace). Pegar pelos de colores y listones para los ganchitos de las sorpresas con la pistola de goma que quiere despellejarme. Comprar las bolsitas para las sorpresas. ¡Hijuelamadre las bolsitas de los dulces! Ir por enésima vez al súper a buscarlas. ¡Las velitas! Ya. Hacer los adornitos, comprar goma y algodón para forrar los botes de yogurt y convertirlos en nubes con papeles de arcoiris. El algodón me da alergia. ¡No gato, no te lleves el bote! ¡Ala no, se me olvidó la plasticina para meter en los botes para que no se vuelen! Ya. Bueno, armar los botes. Hacer el pastel, comprar el fondant en una tienda escondida entre el trasero del mundo, hornear dos masas. Joder, dos masas no alcanzan. Hornear otras dos masas. Ya. Armar el pastel: dos tortas grandes, se clavan 9 palitos para sostener, un pedazo de cartón, se encaraman las dos tortas pequeñas, otros 6 palitos, otro cartón, lo forro del buttercream para que esté sellado y llamo a mi amiga que sabe hacer pasteles. ¿Qué?! ¿¿¡¡Ya hay que ponerle el fondant???!! ¡No lo tengo! Teñir el fondant a mil por hora. Ya. Estirarlo. Se pega. Estirarlo otra vez. Se pega. Estirarlo otra vez. Está muy pequeño. Estirarlo otra vez (alagranp$%&). ¡Ya! Subirlo al pastel, queda arrugado, lleno de aire, tratar de alisarlo y decir «me pela, es `artesanal´» y proseguir (después me entero que primero se forran las dos tortas de abajo y luego las dos de arriba y se arman ya forradas con el mardito fondant, en fin). Pintar el resto de colores, hacer la melena y la cola, tratar de hacer orejas que no parezcan de conejo en desgracias, sino de pony. ¡Los ojos! ¡Ala gran madre, no dejé fondant blanco para los ojos, me lleva la mamá de OPM! Tijeras, cartón blanco, Sharpies de colores y ¡voilá!, listos los ojos. Rezar fervientemente que el pastel amanezca bien, a pesar de la lluvia. ¡Milagro de milagros! El pastel amanece bien.

Es el día, se llevan todas las mierd.. digo las cosas al lugar del evento en la mañana. Se recogen niños y se llevan el resto de cosas en la tarde. Todo está listo. Llueve. F&@k. Requetecontra f%&k. No se puede poner el saltarín. Me dan otro espacio que, bendito sea Dios, estaba disponible. Y comienza el purrún.

Tres horas de mi vida que pesan como tres décadas, entre ver que no haya ni un niño desmadrado, ni una cabeza rota de un palazo, nada quebrado de las instalaciones, todos tengan comida, alcancen las sorpresas y, sobre todo, una pequeña bella disfrazada de Rainbow Dash Equestria Girl (busquen la imagen en Sn Google) se la goce.

Porque el amor es callado y no hace alardes y mi nena no sabe todo lo que yo me estreso y tampoco tiene por qué saberlo. Ella sólo tiene que saber que yo la amo, que se la pasó contenta en su fiesta y que llegaron sus amigos.

Misión cumplida.