Una cuestión técnica

Me preguntaron cómo escribir y no supe. Es igual que cómo leer. Se sienta uno y lo hace. Qué más ideas pueden haber que esa. Quisiera tener fórmulas para todo lo que me gusta hacer.

Es igual que amar. Se hace. Tan extraño que resulta no poder dar instrucciones para cosas simples. ¿Cómo le explico a un pez cómo se respira el aire? ¿O a un ave cómo se corre? Pero allí está la magia: el poder llevar a la comunicación de todos los días las cosas que hacemos todos los días. Tratar de escribir una receta es el mejor ejemplo.

Hace poco, le pedí al niño que no usara efectos especiales para hablar, que lo describiera con palabras. Es una pura cuestión técnica: el uso del lenguaje para comunicarse. De otra forma, es lo mismo que pararse a gritar galimatías frente al mar. Pero no es para eso que escribo.

Pensamientos a medias

Mi mente tiene ideas que a veces me cuesta poner en palabras. Como si pensara en colores que no existen y tengo que usar aproximaciones. Paso varios días con el bosquejo de un post dándome vueltas entre las orejas y, cuando me siento a escribirlo, no me sale y tengo que dejarlo para otra ocasión. Es un problema, porque tengo que aprender a comunicarme y, si no puedo sacar lo que tengo en el cerebro, no hay forma.

Hay muchas maneras de desarrollar una idea: escribirla, hacer una lista, hablar con otras personas. Cada uno tenemos preferencias de procesamiento de información y toma de decisiones y es muy importante conocernos lo suficiente como para saber cuáles son las nuestras. En lo personal, a mí me sirve hablar las cosas con alguien para que esas imágenes a medias se terminen de rellenar hasta volverse entes más sólidos.

Pero no sólo debemos saber cómo operamos nosotros. También es bueno conocer y respetar los procesos de los demás. No porque alguien necesite pensar más las cosas en silencio y soledad para poder opinar, quiere decir que no entienda la pregunta en el momento. Ni tampoco la persona que describe lo que le atraviesa por la mente es una cotorra sin control ni inteligencia.

A falta de personas físicamente presentes para pelotear ideas, también me sirven las palabras en la pantalla. A veces. Otras, como hoy, me siento a escribir de una cosa y termino hablando de otra completamente diferente. Espero que mañana sí me salga la que quería.

Se acaban las palabras

El proceso de autoconocimiento debería ser auto-mático. Al final del día, uno se lleva a uno mismo a todos lados. Pero resulta que el cerebro es ciego para consigo mismo y le es imposible verse. Lo único que queda es cuestionarse profunda y, a veces, dolorosamente por qué hace uno ciertas cosas.

Así, mis temas son recurrentes, porque mis inquietudes salen a la superficie como burbujas y casi todas se parecen. Siento que escribo de lo mismo, muchas veces, sin llegar a agotar ciertos temas que me incomodan, pero no lo puedo evitar. En algunos casos, como sentirme casi paralizada por un sentimiento de culpa por la muerte de mi mamá, sacarlo, que le diera la luz y el aire, mató el tema. En otros, como mi lucha contra mi vanidad, la necesidad de controlar mi temperamento, mis angustias por estar haciendo un buen trabajo como mamá, las ideas salen una y otra vez, porque vivo procesos que crecen conmigo y sólo me toca trabajarlos cada día.

Las palabras no se acaban, sólo cansa a veces tener que regresar a un tema que ya creía terminado. Lo bueno es que tengo de qué seguir escribiendo.

Contar Cuentos

Hay cosas que no se pueden expresar en serio. Deseos que no queremos cumplir. Inclinaciones que no nos botan, sólo nos hacen interesantes. Escenarios que nos planteamos como quien habla de una novela de ciencia ficción: «¿Qué pasaría si?» Y de eso salen elementos de nuestra cultura tan estrambóticos como los súper héroes con poderes, magos y hechiceras, mundos paralelos, alternos, historias universales llenas de alienígenas. El lado oscuro de nuestra naturaleza domada por una conciencia permite escribir obras de suspenso sin derramar una sola gota de sangre. Fantasías sexuales que no transmiten enfermedades. Hadas y brujas y maldiciones y conjuros y manzanas que duermen a nuestros hijos por las noches.

El ser humano tiene tanto en el cerebro que trasciende lo que experimenta en el mundo real, que necesita crear otras realidades. Es más, somos tan complicados que, aunque sabemos que los libros, cómics, películas, programas, no son verdaderos, igual nos involucramos emocionalmente y sentimos sentimientos (que sí son de verdad). Y no es que sea ridículo. Es que, yo por lo menos, creo que preferible que matemos miles de personas en películas, que en la realidad. Que pensemos en que existen vampiros (pero que no brillen con el sol, por favor) y exploremos todos esos trabes en novelas, a que andemos exangüinando compadres.

Leer me permite viajar, pero escribir me deja sacar a pasear todo lo que me molesta, cansarlo y seguir con mi vida más tranquila. Apenas puedo articular algunas de mis ideas, pero la ficción no está lejos. A ver qué crímenes me salen de los dedos sobre el teclado.