El mundo se mueve


y uno se queda quieto, aparentemente sin cambio

y luego el tiempo te tira al suelo con los cumpleaños de tus hijos

con los primeros dientes que se le caen a una pingüina que apenas caminaba

con un aniversario de dos dígitos

con los zíppers que no cierran

con más experiencia y más comodidad dentro de la cabeza

con sentimientos menos violentos, pero más profundos

con una apertura a la vida y una negación a tomársela demasiado en serio.

El tiempo es el mayor de los magos y nos hace caer en sus trucos una y otra vez.

Mi hijo hoy cumple ocho años. Y yo aún recuerdo el peso de su cuerpo cuando habitaba en el mío.

¡Qué bueno que sí nos movemos!

Por…

…más ideas que me hagan temblar las piernas.

…más noches de viernes cantando vejestorios.

…más planes de vida después de los niños.

…más sábados por la mañana que te pida que no me chingues, que estoy bien entre tus brazos.

…más veces de leerte la mente y que todavía te sorprendas.

…más textos para contarte cosas estúpidas que no quiero que se me olviden.

…más orgullo de estar a tu lado.

…más bromas, más miradas, más caricias, más…

…más tiempo juntos para querer seguir estándolo.

Por que cumplas muchos, muchos años más que compensen los que no pasé contigo, desde el principio del universo.

¡Feliz cumpleaños Amor!

El Mejor Cumpleaños

En algún lado perdí mis ganas de tener celebraciones para mis cumpleaños. No es que no me guste «estar más vieja», eso es inevitable. Simplemente ya no hay piñata, ni velitas, ni saltarín, ni ganas de tenerlos.

Es un día «que se trata de mí». Y lo acabo de tener. Cayó en domingo. Desayunamos, fuimos a Misa, al cine, comimos un helado y regresamos a la hora usual de la cena y cama de los niños. Un domingo normal en mi familia: o sea, el cumpleaños más especial.

Porque una de las metas de la vida es ser feliz y hay que encontrar la felicidad en las cosas cotidianas y normales. Ésas con las que uno se topa siempre: un desayuno acompañado, la sonrisa torcida de uno de los peques, un cuerpo querido en la cama. Pretender ocasiones exageradas, fuera de la rutina, como la única forma de sentirse bien, es como casarse por la fiesta y no por vivir juntos.

Claro que los viajes, las fiestas, los regalos, los escándalos, bombos, platillos, mariachis, todo eso es alegre. Pero no hace la felicidad. La felicidad se la hace uno tomándose una taza de café. O una copa de vino. Como me toca ahorita, para terminar la parte pg de mi día.

Empanadas de Ciruela

Desde que yo misma me tengo que celebrar mis cumpleaños, éstos me hacen menos ilusión. Es apenas en los últimos años que me los he gozado un poco más, porque tengo un grupo de amigos fantástico a quiénes invitar. Salvo este año. Se avecina un evento algo portentoso en esta familia y mis recursos econónimos, de tiempo y anímicos están volcados hacia otro camino. Sin embargo, no voy a desaprovechar la ocasión para celebrármelo de una forma muy particular: me voy a comer todas las empanadas de ciruela que pueda. Y es que no son cualquier empanada de ciruela. Son las empanadas de la receta de mi mamá. Era tal el estatus exaltado que gozaban estas míticas piezas de masa en mi casa, que mi papá las contaba cuando mi mamá invitaba a sus amigas y le ponía número tope de cuántas se podían compartir, a riesgo de armar la de San Quintín.

Mi cumpleaños siempre fue sinónimo de planear menú. Pero yo no estaba involucrada en el asunto. Por ejemplo, yo siempre quise pastel de chocolate con «frostin» de caja. Negativo. Se hacía magdalena y turrón de claras batidas. Porque eso les gustaba a mis tías. Más adelante, como mi venida al mundo coincide con la temporada de melocotones, siempre había pie de esa fruta. No me gustaba. Se ponía aguado abajo y se desperdiciaban los melocotones que prefería comerme crudos y en cantidades navegables. Si quería que me hicieran baklavá Y spanacópita, tampoco se podía, porque muy feo poner dos cosas de comer con la misma masa… En fin, ya podrán haberse dado cuenta de la melodía de la canción.

Muerta mi madre, me hicieron falta todas esas cosas, sobre todo porque no tenía quién me las hiciera. Ni siquiera tenía las recetas, porque no encontraba sus recetarios. Hace poco me devolvieron uno y encontré otras páginas sueltas. Están escritas en su letra, sobre papeles llenos de harina y mantequilla.

Mi casa ha tenido un par de Navidades con sabor a las galletas de guinda y pecanas que me volvían loca, al eggnog del Dr. Sweeney, un sueco doctor en acústica que trajo mi papá para que diseñara la parte correspondiente del Teatro Nacional, al Stolen que hay que emborrachar.

Y ahora, a unos días de mi cumpleaños, tengo dos bandejas llenas de empanadas de ciruela esperándome en el congelador. Lo siento, las tengo contadas.