Empanadas de Ciruela

Desde que yo misma me tengo que celebrar mis cumpleaños, éstos me hacen menos ilusión. Es apenas en los últimos años que me los he gozado un poco más, porque tengo un grupo de amigos fantástico a quiénes invitar. Salvo este año. Se avecina un evento algo portentoso en esta familia y mis recursos econónimos, de tiempo y anímicos están volcados hacia otro camino. Sin embargo, no voy a desaprovechar la ocasión para celebrármelo de una forma muy particular: me voy a comer todas las empanadas de ciruela que pueda. Y es que no son cualquier empanada de ciruela. Son las empanadas de la receta de mi mamá. Era tal el estatus exaltado que gozaban estas míticas piezas de masa en mi casa, que mi papá las contaba cuando mi mamá invitaba a sus amigas y le ponía número tope de cuántas se podían compartir, a riesgo de armar la de San Quintín.

Mi cumpleaños siempre fue sinónimo de planear menú. Pero yo no estaba involucrada en el asunto. Por ejemplo, yo siempre quise pastel de chocolate con «frostin» de caja. Negativo. Se hacía magdalena y turrón de claras batidas. Porque eso les gustaba a mis tías. Más adelante, como mi venida al mundo coincide con la temporada de melocotones, siempre había pie de esa fruta. No me gustaba. Se ponía aguado abajo y se desperdiciaban los melocotones que prefería comerme crudos y en cantidades navegables. Si quería que me hicieran baklavá Y spanacópita, tampoco se podía, porque muy feo poner dos cosas de comer con la misma masa… En fin, ya podrán haberse dado cuenta de la melodía de la canción.

Muerta mi madre, me hicieron falta todas esas cosas, sobre todo porque no tenía quién me las hiciera. Ni siquiera tenía las recetas, porque no encontraba sus recetarios. Hace poco me devolvieron uno y encontré otras páginas sueltas. Están escritas en su letra, sobre papeles llenos de harina y mantequilla.

Mi casa ha tenido un par de Navidades con sabor a las galletas de guinda y pecanas que me volvían loca, al eggnog del Dr. Sweeney, un sueco doctor en acústica que trajo mi papá para que diseñara la parte correspondiente del Teatro Nacional, al Stolen que hay que emborrachar.

Y ahora, a unos días de mi cumpleaños, tengo dos bandejas llenas de empanadas de ciruela esperándome en el congelador. Lo siento, las tengo contadas.

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