Poder equivocarse es un regalo

Mi mamá me enseñó a reírme hasta en las peores circunstancias. Allí estábamos llorando las dos y de pronto hacía un comentario tan lleno de humor negro que no podía uno no soltar la carcajada. Generalmente la broma era uno. Porque no hay mejor antídoto contra la percepción inflada de la propia importancia que burlarse de uno mismo. No falla.

El sentido del humor y el sentido común son gemelos y donde va uno le sigue el otro. Generalmente abren paso a una mejor autoestima. Porque ambos enseñan que equivocarse no es la gran cosa, que muy pocas personas están fijándose en uno y que mejor se ríe uno primero de su propia pendejada.

Ayuda no tenerle miedo al ridículo. Se atreve uno a más y por lo mismo logra más. Claro que cuesta, pero el transcurso de los años van permitiendo tener perspectiva y que uno no deje que el temor sea más fuerte. Y, si termina todo mal, hay material para hacer bromas.

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