Para hacer lo mismo

Siempre me ha sorprendido cómo los hombres van a la peluquería a buscar a su peluquero de siempre para quedar igual que el día que decidieron que ÉSE era su corte de pelo. Sólo los estragos de la calvicie hacen que un hombre reconsidere cómo peinarse. A veces, ni eso. Las mujeres, en cambio… Igual vamos con el mismo estilista toda la vida si tenemos la suerte que nos la durez, pero parecemos parte del coro griego de alguna ocasional tragedia cuando nos sentamos y decimos: “ya me aburrí, quiero algo nuevo”.

La constancia es una virtud tan subvalorada, que sólo se nota cuando hace falta. El restaurante que deja de ser rico, la casa que deja de estar ordenada, la relación que ya no funciona… Nos fijamos en lo que es distinto y nos acostumbramos demasiado rápido a lo que marcha bien. Hay que hacer un esfuerzo para agradecer todos los días las cosas que damos por sentado. Cuando vivimos rodeados de maravillas como la luz eléctrica y el agua corriente. Y no lo digo para recriminar ajenos, lo hago como auto recordatorio. Las cosas que van bien, no lo hacen solitas. Requieren de un esfuerzo constante para mantenerlas.

Hoy fui a cortarme el pelo y me tragué la petición de cambio. Porque está bien salir del salón viéndose uno igual. Porque, al menos en estas cosas, puedo tener consistencia.

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