Nuevas tradiciones

Yo no hago fiambre. Pero sí como. Mis hijos no tienen anclado el sabor de la casa para eso, pero sí para el pavo. Hago galletas con la receta de mi mamá. Y compro el pastel de fresas con crema de los cumpleaños. Hay cosas que hacemos frecuentemente que tal vez repetimos de nuestras casas de antes y que los niños harán también.

Pero mis circunstancias son radicalmente distintas ahora que hace un año y me tengo que inventar cómo le voy a hacer para seguir las tradiciones, pero nuevas.

Esa es la única forma en las que se mantienen vivas las tradiciones: actualizándolas. Se deben adaptar a lo nuevo para seguir siendo relevantes y mantener su esencia para no perder su importancia. Veremos qué hacemos este año.

Es lo que hay

Mis papás murieron hace veinte años y yo soy hija única, sin familia extendida, ni primos ni abuelos. O sea… Y este año me quedé de nuevo sin familia, sin lugar dónde comer el fiambre, ni dónde celebrar Navidad. Mis hijos son mis hijos, no necesariamente me hacen ellos el hogar a mí, es más bien al revés. Y no sé por qué hoy ando en modo nostálgico, pero se acercan otro tipo de fiestas y ya me estoy viendo despertándome a las doce con los cuetes porque voy a pasarla sola.

La mayor parte de los días esto no me pesa. Puedo estar perfectamente bien sola. Hoy sí me molestó. Porque lo examino hacia adentro. Hacia mi evidente incapacidad de estar acompañada, de merecerme que la gente no se vaya, de que me quieran. Y no debería publicar todo esto, porque suena tan patético, pero es lo que me ha tocado y no me gusta, porque no hay nada que pueda hacer para resolverlo. Es lo que hay. Es lo que soy. Y es lo que me toca.

La vida da oportunidades para replantearse la realidad. Y para hacerle ganas a lo que hay. También para tener días como hoy, en los que ni el cielo despejado aportan luz. No sé si alguna vez vuelva a tener una familia, lo más probable es que no. Pero sí espero que no me pese tanto como hoy.