Uno aprecia su rutina (si es buena), justo cuando no la hace. Disfrutamos el no hacerla y luego regresar.
Ahorita me hace falta la mía. Pero me estoy disfrutando descansar.
Uno aprecia su rutina (si es buena), justo cuando no la hace. Disfrutamos el no hacerla y luego regresar.
Ahorita me hace falta la mía. Pero me estoy disfrutando descansar.
Me he reído demasiado con mis hijos los últimos días. Valieron la pena los años de límites y correcciones. Porque lo duro se los di también con amor.
Todo lo que vale la pena tiene momentos difíciles y aburridos. Cualquier cosa que entrenemos requiere repetición, corrección y perseverancia. Ninguna de esas tres palabras son parte de una fiesta desenfrenada. Y son lo más importante, más aún que el talento, la aptitud y el gusto. Uno hace y vuelve a hacer el ejercicio aunque ya esté harto. Y vuelve a aprenderlo a hacer para no tener defectos. Es lo que hay.
Lo mismo con los hijos. Las lecciones se vuelven a enseñar y las relaciones se vuelven a configurar. El trabajo de pastoreo es inagotable. Pero vale la pena.
No tengo ganas de escribir
ya todo está dicho
lo que queda quema
y quiero que crezca la grama después.
Cuando me enfermaba del estómago, mi mamá me hacía atol de maicena. Cosa más desagradable. Pero me caía bien. Debo admitir que en medio del asunto, no me sabía tan mal. Ahora se lo hago a mis hijos. O pan con mantequilla.
Cada casa tiene su forma particular de arreglar enfermedades. Vicks, atoles, aspirinas… Y todas funcionan a su manera. Porque la mayoría de males menores se arreglan solos y lo que cuenta es el cariñito con que se atienden.
Yo ya no me hago atol. Pero sí huevitos tibios. Y pan con mantequilla.
Me pasa que siempre quiero saber por qué. Tal vez creo que puedo solucionar todo.
A veces no importa. Simplemente porque no tiene remedio.
Así que, en vez de preguntar por qué, mejor pregunto qué viene después.
Se arruinó la lavadora. Es una inconveniencia gigantesca (iba a decir tragedia, pero tampoco es para tanto) y, para mientras que la reparan, estoy haciendo lo que puedo con lo que tengo. No es lo ideal, pero sirve.
Hay un problema fundamental cuando uno soluciona cualquier cosa de forma eficaz, aunque no ideal: generalmente las cosas se quedan en esa medio existencia sostenida hasta que verdaderamente se desbaratan. Y no es lo mejor llegar a eso. Lo mejor es encontrar la solución permanente, implementarla, aunque en medio uno pueda espantárselas. Es un poco estar menos cómodo en lo averiado.
Mañana me dicen si tiene reparación el aparato. O si necesito uno nuevo. Porque, así como estoy, no lo sostengo mucho tiempo. Podría… pero no quiero.
Mis hijos son todo lo independiente que pueden ser adolescentes a quienes se les mantiene, lava la ropa y cocina en una casa. No es que puedan salir a la calle y ganarse su sustento, pero toman decisiones por sí mismos y se cocinan lo que encuentran en la refri. Digamos que, por el momento, no lo hacen mal. Tampoco están pegados conmigo para todo. Aunque eso a veces me da un poco de tristeza porque recuerdo a mis bodoques conmigo todo el tiempo, entiendo que es lo que debe suceder.
Uno de papá tiene el encargo más complicado del mundo: criar, cuidar, proteger, educar, estar, para personas a las que uno está preparando para estar solas en el mundo. Y es súper difícil esa mezcla de dejarlos hacer sus cosas y querer que nunca se lastimen. Imposible. Lo segundo. Porque la vida siempre tiene espinas y quitárselas para que agarren sólo las flores es un trabajo inútil. La siguiente vez el pinchazo va a ser aún mayor, con peores consecuencias.
Estoy viendo una serie que comencé a ver con el Canche y luego con la Nena y ahora sola, porque los dos ya la vieron por su lado. Me gustaría que me acompañaran. Pero no me molesta que podamos hacerlo cada uno solo y luego hablar. Seguramente he metido espantosamente las patas en su crianza. Menos mal para eso están los psicólogos. Pero también lo he hecho con el mayor de los amores, dedicación y auto disciplina para no pegarme demasiado a ellos. El mejor de los trabajos.
Cada vez que fui otra
cuando estaba contigo
murió la que estaba antes
y ahora que te vas
muere ésta también.
Por primera vez, estoy usando anteojos para escribir esto. Ha sido un largo proceso de aceptación y aún así me rehuso en mi interior a identificarme como alguien que usa anteojos de viejita. Pero es lo que hay.
Cuando uno tiene la edad de mis hijos, la mayoría de cambios naturales son para mejorar. Crecen, desarrollan musculatura, se expande su cerebro… pero después de pasar algunas décadas adicionales, los cambios no son necesariamente para mejor. Hay un grado marcado de deterioro en las capacidades físicas y un anquilosamiento de las mentales, que obliga a moverse para minimizarlos. La lucha se vuelve para conservar.
Definitivamente escribo mejor con anteojos. Y me duele menos la cabeza leyendo. Y me quito mejor las cejas… Sigue sin gustarme.
A veces hay que guardar una información escondida. Puede ser para dar una sorpresa agradable o para resguardar los sentimientos de la otra persona. Todo el mundo lo hace. Con cosas grandes y pequeñas.
Tenemos la capacidad de escoger qué compartir. Es una de las bellezas del lenguaje. Y una de sus desventajas. Porque nunca estamos totalmente seguros de recibir toda la información. Podemos decidir que esto nos obliga a ser completamente desconfiados. Pero así no fluyen las relaciones. Así que es mejor aceptar lo que nos dicen como verídico, pero sin cerrarnos a la posibilidad de que haya algo más.
En lo personal, detesto guardar secretos. Es difícil compaginar información sin que se me salga algo. Pero tampoco me va tan bien siendo totalmente transparente.