Pausa

Las disrupciones siempre obligan a revisar lo cotidiano. Los fines de semana son pequeñas oportunidades para analizar la semana, los días de descanso, hasta las enfermedades.

Me cuesta hacer pausa, porque lo que no descansa nunca es mi cerebro. Busca entretenimiento, no siempre el más sano y le da vueltas a las ideas hasta terminar mareado. Me ha servido meditar, pero en medio de la tormenta, tengo que hacer un esfuerzo para salirme de mí misma.

Pienso en todo lo que podría ser y esos derroteros son infinitos. No hay más que un camino que recorremos y un universo de los que no. Las cosas hermosas que no están cerca también me llenan la mente y se me sale la tristeza por los poros.

Tengo que aprender a hacer una pausa. De mí misma.

Tengo sujeta una tormenta

El techo no me responde lo que debo hacer

con la tormenta que tengo sujeta en mi mano izquierda

— la derecha me está sirviendo para sostenerme a mí –.

La podría soltar y esperar que amaine por sí sola

o que destruya el puerto en donde está mi barco

que lleva mucho tiempo sin salir al agua.

O podría salir a su encuentro, velas extendidas,

dejarme llevar hasta el otro lugar que conocí en un relámpago

confiando en poder regresar.

Mientras la tenga en la mano, me va a doler,

no se hicieron para estar quietas,

las promesas de felicidad que se dicen con los ojos.

Un río

El agua que corre nos llama la atención desde niños. Abrimos los grifos con tal de verla pasar, navegamos barcos de papel en los charcos, soñamos con tirar una llanta en un río y dejarnos llevar. Algo tiene de especial un río que se pierde en el horizonte, como si fuera a desembocar en el sol.

Creo que hay algo de correspondencia entre ese fluir y nuestra propia vida que nos hace regresar a la imagen del río como metáfora, una y otra vez. El nacimiento, desarrollo, unión con otros e inevitable destino en el mar, siempre diferente porque nunca es la misma agua la que pasa por la roca y siempre igual porque es el mismo río. Filósofos mejores lo han dicho de miles de distintas formas y no por eso deja de fascinarme.

Siempre he buscado ser el puente, la roca, lo permanente y me sorprendo cuando la corriente me arrastra a cambiar. Si aprendiera a ser el agua que corre, podría regresar al principio siempre que quisiera y fluir por el cauce hasta el final, sin gastarme, ni estancarme. Tal vez aprenda alguna vez.

Palabras para alguien que no está

Siempre me quedo con la gana de contarle a mi mamá lo que hicieron los niños. Y se lo digo, en voz alta, imaginando su respuesta. A mi papá le cuento de la oficina, a veces discutimos un poco. Recuerdo a mis amigos que ya no están y aún le mando un abrazo por su cumpleaños a uno y le preparo galletas a otro.
Me he quedado con vida para compartir con gente que ya no está y eso me anima a hacerlo con el doble de fuerza con la que me queda. Igual que las palabras para quienes simplemente se alejaron. Siempre quedan cosas pendientes por decir y, aunque no sea posible hacerlo en persona, quiero escribir que agradezco la vida compartida, por larga o breve que haya sido la coincidencia. Y desear felicidad. Y, donde toque, pedir perdón.
El paso por la experiencia de otra persona siempre debería ser liviano y dejar cosas buenas, pero no es así todas las veces. Por las que he sido una cosa pesada, mis más sinceras peticiones de perdón.

He tenido frío

No sé si ha sido el clima, o nadar en la piscina helada, o no comer. Pero he tenido frío estos días y recuerdo cuando eso me gustaba. Ya no. Quisiera calor, por dentro, tragarme un sol.
Eso de los abrazos y las palabras con cariño son otro tipo de calor que también hace falta. Yo procuro dárselos a mis hijos, aunque a veces se me olvida por estar pendiente de qué hacen. Lo afectuoso no es lo mío, pero he aprendido.
Tal vez por eso me sorprenden las palabras amables, las caricias sin pedirlas, los besos con ganas.
He tenido frío.

Se agradece el dolor

Desperté a las 12 en punto de la noche al comienzo del 2 de noviembre. El Día de los Muertos, supongo, sentí la mano fría y suave de mi madre acariciándome la cara, como lo hacía cuando estaba viva y estoy segura que lo imaginé, pero también estoy segura que sucedió. Porque la sentí, pero más, porque me sentí feliz.

Vivo una vida resguardada del dolor, creo que todos lo hacemos en cierta medida. La distancia entre mi corazón y el exterior es directamente proporcional a la capacidad que tengo para sentir y, como buena persona binaria, siento todo o nada. Prefiero no sentir nada. Mis hijos tienen acceso a la puerta, alguna que otra persona más, y basta. No me hace falta. Duele mucho todo lo demás.

Sentir a mi mamá y su cariño fue dulce y triste y hoy ando con los ojos llenos de agua que no termina de caer. Pero no me arrepiento de haberla invocado. Porque, mientras sentí su mano, fue lindo y eso compensa que ahora escriba esto con el corazón desgarrado. Así que, gracias a todo lo dulce y lindo y feliz que dejo entrar de vez en cuando, aunque se vaya, se termine, me diga adiós y duela como un carajo.

Dime adiós

Antes de irte,

porque te vas a ir,

dime adiós

aunque la palabra me corte.

Prefiero caminar sobre sangre

que no saber si te fuiste

o te perdiste.

Dime que se acabó

y recojo los pedazos del alma

que dejé regados en el suelo

para ofrendártelos.

Vísteme de claridad

como haces ahora con tus manos

no me tengas compasión

no la tienes para tomarme.

Yo sabré qué hacer después.

Decir adiós

Le puse la palabra «fin» al pie de la página de un libro que he gestado en dos años. Linda palabra, pequeña, portentosa, una buena mentira también. Siempre hay cosas que vienen después del fin, aunque sea la nada, porque la nada existe.

Cuando uno se da cuenta que las relaciones no terminan, que las llevamos con nosotros porque son parte de nuestra historia, que podemos sacarlas de la caja del recuerdo y examinarlas, entendemos que los «adioses» tienen sólo un valor simbólico. Todo lo que nos toca, nos acompaña, sin importar si está físicamente allí. Las palabras de nuestros padres, la mirada del amante, el dolor del rompimiento. Se acumula en el pozo que llenamos, no de monedas para hacer deseos, sino de la memoria de nuestra vida. Sacar el cubo de allí y beber la pócima que nos hace recordar es un hechizo.

Me gusta decir adiós y poner la palabra fin y decir «ya estuvo ya», porque me hace creer que puedo continuar. Lo de antes y lo de ahora y lo que vendrá es el paisaje y yo voy caminando, pero están allí para siempre. Cuando te vayas, dime adiós. Aunque te lleve conmigo.

Un dragón nuevo

Los dragones son lo mío. O yo soy de ellos, tal vez. Me encanta la figura de animales mitológicos que vuelan, con fuego adentro y tesoros guardados. En todas las historias de culturas con personas que se pasan la estafeta de la realidad a lo imaginado, hay serpientes que vuelan. ¿Será que le tememos tanto a los reptiles que necesitamos verlos volar?

Tengo tatuado uno en la cadera derecha, uno sobre el otro, porque fue el primero que me hice y me lo volví a hacer. Tengo uno nuevo ahora en la mano derecha, a veces en el dedo de en medio, a veces en el índice, como ahora para escribir. Y tengo uno dentro, que sale como serpiente a devorarme o a quemarme con su fuego.

Supongo que me gusta pensar que soy un dragón, fría por fuera, guardando mi tesoro, capaz de quemar a quien se me acerque. Pero tal vez me equivoco y los dragones son seres que mueren por dar calor. Quiero uno, otro más.

La medida de la respuesta

Cuando recibí una foto de Glenda, creí que era de la muerte del hámster, quien dentro de poco pasará a ser enterrado en el jardín (esa vaina ya va pareciendo cuento de Stephen King). Resultó que la niña llenó de agua la gaveta de su mesa de noche para hacer una tina. Una. Chingada. Tina.

Me reí y me dieron ganas de nalguearla. Exasperante y ocurrente en partes iguales. Simplemente no sé ya cómo reaccionar. Hay una medida correcta de responder a las cosas de los demás y a mí generalmente se me pasa. O no me importan cosas que deberían, o me encienden otras que no son tan importantes.

Tal vez lo que vale es fijarse si el acto trae una consecuencia en sí mismo, como en este caso en que la niña simplemente se quedó sin gaveta. O aceptar que nada de lo que uno diga va a cambiar al otro y que la que tiene que alejarse es uno. Es más importante saber reaccionar que amenazar para próximas ocasiones o dejar que se vayan acumulando las cosas no hechas.

Tal vez aprenda a dejar ese fluir. Y a largarme cuando me lleve el río.