Matar mosquitos con martillos

Tener capacidad de enfoque es una gran cosa en estos tiempos modernos de atención dispersa. Nunca he sido muy buena para eso. Desde pequeña dibujaba al margen de cualquier cuaderno, pasaba notitas de conversaciones sin importancia en las clases de la universidad, desesperaba a quien tuviera al lado en cualquier conferencia… Me he topado con pocas cosas que me atrapan y no me dejan ir. Algunos libros, pocas películas, menos series de tele. Cuento con los dedos de las manos las personas que verdaderamente llaman mi atención y me hacen no quererme levantar de donde esté a hacer algo más.

Pero cuando al fin logro enfocarme, lo hago con la fuerza de un rayo láser. Lo cuál no siempre es bueno. Tanta intensidad quema y deshace muy fácilmente cualquier relación incipiente que pueda surgir entre mi, al fin, atención interesada y el objeto de ella. Me pasa lo mismo con ciertas ideas que me rondan en la cabeza y que no puedo sacar. Como si fueran carros Indy de esos que sólo dan vueltas en círculos, cada vez más rápido y sin ningún lugar a dónde ir.

El cerebro nos debería servir para navegar mejor en la vida, fijarnos en lo que nos interesa y dejar ir lo que no. No debería ser como un arma qué apuntar hacia afuera y menos hacia adentro. Aprender a distinguir entre las cosas que valen la pena una atención fija y profunda y aquéllas que sólo merecen un vistazo de reojo, debería de ser curso obligatorio en cualquier colegio.

Porque sino, usamos el martillo que tenemos sobre los hombros para matar mosquitos. El mosquito se muere, es cierto, pero deshacemos todo lo que hay a su alrededor dándole golpes. O, muchas veces, nos damos nosotros mismos en el dedo. Y eso es más doloroso que lo molesto que pueda ser el animalito.

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