La aviada

Siempre me gustaron los resbaladeros. Esa sensación de casi volar, estar un momento en la cima y dejarse ir, repetir y repetir. La experiencia del famoso resbaladero gigante sigue pareciéndome genial. La aviada, el momentum, una velocidad creada simplemente por fuerzas externas.

Cuando tomamos decisiones (no decidir también es una de ellas), nos sometemos no sólo a la dirección que escogemos, sino además al empuje y velocidad que ya traemos de lo anterior. El camino de la vida siempre nos empuja hacia delante, jamás hay marcha atrás. Y mientras más nos alejamos del momento en el que escogimos una cosa, menos la podemos enmendar. Pero tampoco podemos quedarnos para siempre pensando en cuál sea la decisión perfecta. Porque eso no existe. Porque nos quedaríamos sin hacer nada, reventados para siempre en el alfaque de una vida que obliga al movimiento.

La aviada ayuda a seguir aún cuando uno no tiene ganas. Y estar consciente de la velocidad que se lleva, ayuda a no dejarse sólo ir, sino a saber que cada opción es un lugar al que no volvemos. Pero, una vez tomada, vale la pena dejarse ir como el proverbial gordo en resbaladero.

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