Las salas de espera, en cualquier circunstancia, son lo más cercano de estar en animación suspendida. La expectativa es mala compañera, siempre, aunque esperemos que vengan cosas buenas. Esa insatisfacción con el momento presente es la raíz de mucho de nuestro dolor.
Todo eso me suena muy bien, pero me pasa que me encanta planificar, imaginarme escenarios, crear posibilidades. Que no siempre se cumplen. Antes esa diferencia sí me hacía sufrir. Ahora no, o no tanto. Supongo que es más fácil aceptar un cambio de circunstancias cuando son impersonales que una reacción negativa de parte de un ser querido.
Esperar puede servir de puente y, como toda transición, aunque parezca aburrida, es ilustrativa. Allí nos reunimos con nuestras capacidades y nos preparamos para lo que venga, sepamos o no qué es. Y a veces, es lo que toca.
