Vieja la broma esa de «ya no estrés, es cuatro». Cuando era pequeña la angustia me pegaba en el estómago. Aún ahora, las penas me dejan con quince libras menos. Pero la tensión simplemente me cierra la espalda. Dos sesiones de acupuntura, tres pelotas en las nalgas de las inyecciones de Doloneurobión, cinco cajas de Vitaflenaco, yoga, masajes… Igual sigo sin poder estirar la pierna derecha. «¿Y a ti qué te puede dar estrés?» Pregunta más desgraciada.
Las penas son relativas a la persona que las sufre. No validarle a un niño de cuatro años el dolor emocional que pueda sentir, simplemente porque es pequeño, es miope. El dolor no se puede objetivizar, porque sólo lo puede medir la persona que lo siente. En mi trabajo de mamá, lo único que puedo hacer es acompañar a mis hijos en su dolor, ayudarlos a encontrar soluciones, presentarles cauces para vertir la energía. Lo peor que puedo hacer es pensar que sus problemas son pequeños porque ellos lo son.
Haber pasado por situaciones similares sólo sirve para ejercitar la empatía, no para «saber» qué siente la otra persona. Sólo nosotros mismos podemos dimensionar lo que nos molesta.
Por eso tenemos reuniones familiares en donde nuestros peques nos cuentan qué ha pasado en sus vidas esa semana y buscamos juntos soluciones. Espero que así, no tengan necesidad de buscar quién les inyecte el Doloneurobión.
