Si Yo Les Contara

Dentro de mi cabeza, muchas veces, llevo varias conversaciones a la vez. Normal. Creo. No me da tiempo de decir todo lo que pienso. Generalmente, tengo una imagen mental de lo que quiero decir y, como no puedo pasar la foto de lo que estoy pensando, me trabo cuando hablo. Ni modo.

Las palabras se pueden quedar cortas para comunicarnos. Eso lo miro marcadamente con mis hijos, que tienen todas las ideas del mundo, pero todavía no tienen el vocabulario para transmitirlas. Parte de hacer propio el mundo es poder describirlo y eso sólo se logra con la palabra adecuada. Se puede descubrir mucho de la riqueza de una cultura, viendo su lenguaje y por dónde se desarrollan palabras nuevas. No es de extrañar que tengamos que traducir mal conceptos como «empoderamiento» (detesto esa palabra, suena a insulto vulgar y pornográfico, pero no hay otra), o poner «tuitear». Nuestro idioma no se caracteriza precisamente por ser técnico, o ir a la vanguardia de los inventos científicos. ¿Será porque no desarrollamos nuevas cosas en nuestros países?

Es indispensable tener una forma de transmitir lo que habita entre nuestras orejas. De nada nos sirve que quede guardado como una idea. Tal vez necesitemos inventarnos el concepto lingüístico, junto con el invento mismo y mandar a la porra a la Real Academia.

Mientras tanto, yo me seguiré trabando al hablar. Ustedes ténganme paciencia.

Dejar de Ser Niño

La vida de mis hijos está regimentada: se levantan a la misma hora, desayunan siempre en el mismo lugar, almuerzan cuando regresan del colegio, saben qué hacemos de lunes a viernes por las tardes, la cama los espera siempre igual. Tienen la expectativa de ropa limpia, comida, casa, gatos y papás. También están sujetos a creer lo que les decimos, vivir según nuestro mejor entendimiento y renunciar a muchas discusiones.

Así es el asunto mientras se va uno formando sus propios criterios y ganando su propia experiencia (y dinero con qué mantenerla). La ilusión más buscada por el ser humano es la libertad, pero rara vez está dispuesto a pagar el precio que tiene: la responsabilidad. Si no tengo a nadie a quién echarle la culpa de mis actos, tengo que asumir que soy un mal capitán de mi barco porque fui yo mismo quien tomó las decisiones que me llevaron a donde estoy. Ser adulto y no querer cargar con la propia vida es pretender vivir en un limbo en el que, ni quiero que me digan qué hacer, pero quiero que alguien más pague lo que rompo.

Hay muchas, demasiadas, cosas sobre las que no tenemos injerencia. Ni siquiera tenemos poder de decisión sobre nuestra composición genética: así nos tocó la lotería. Pero tenemos toda la obligación de agarrar nuestros tiliches (reales, físicos, mentales y emocionales) y ver qué demonios hacemos con ellos. Todos tenemos historias de traumas personales suficientes como para darles de comer a generaciones enteras de psicólogos y/o psiquiatras. Pero no podemos usarlas de excusa para ser menos de lo que podemos. Un papá infiel no nos da permiso para quemar rancho. Una mamá manipuladora no nos da licencia para ser Maquiavelo. Tener una adolescencia difícil no quiere decir no querernos a nosotros mismos.

Ser niño sin responsabilidades es bonito mientras dura. En lo personal, prefiero encargarme de mis propias cosas, organizar mi vida y tener lo que puedo procurarme, a estar sujeta a lo que otra persona, entidad, o gobierno me quiera dar. Yo ya no soy niña, por mucho que a veces moleste como una.

Rompecabezas

Es difícil entender las motivaciones de otras personas. Sobre todo cuando esas otras personas son las que lo criaron a uno. No puedo decir sinceramente que yo conociera a mi papá. Tengo una cantidad de imágenes y sentimientos y recuerdos que no son del todo congruentes entre sí y no logro unirlos para armar a una persona completa. Solía ser violento, aunque no me dio más de una golpiza que tenía merecida. No conocía el concepto de «fidelidad conyugal», pero nunca dejó a mi mamá con la que tenían la más conflictiva de las relaciones. No tenía ni un amigo, pero todos los que lo conocieron lo recuerdan con cariño. No tengo memoria de que me haya dicho que me quería y todavía recuerdo las siestas juntos. Era un hombre duro, pero hasta ya muy entrada en la adolescencia, comíamos helado en el mismo plato, me dejaba tomar de su vaso de agua y por él tomo cerveza (era lo único que tomaba y con media era suficiente para hacer siesta toda la tarde). Me dejaba jugar con su espuma de afeitar. Me compraba los zapatos más lindos. Jamás me dijo que me veía bien. Un trabajador ejemplar, ingeniero genial, hombre recto, intachable, tuvo varios puestos públicos, entre ellos estar encargado de la construcción del Teatro Nacional y traer a la realidad la fantasía de Efraín. Pero nunca logró tener algo permanente ni lucrativo, por un sentido exagerado de lo correcto y por su incapacidad de conformarse con ciertas reglas sociales. Machista hasta el extremo, no dudó en empujarme a tener una carrera y ser autosuficiente, enseñarme a tirar (hasta ser campeona nacional varios años seguidos), reconocer mi inteligencia y afinidad por las ciencias duras. Para su tristeza, estudié derecho y «desperdicié» mi cerebro por no estudiar la astrofísica que él quería.

Nada de todo eso me enseñan a un hombre completo. Jamás le pregunté cómo había sido su infancia, las historias de sus aventuras adolescentes me llegaron tarde y distorcionadas en leyendas. Sus otras hijas tienen una visión tan negativa de él, que he preferido no conocerla, porque no corresponden con lo que viví.

¿En dónde encontramos a la persona real? ¿Conocemos verdaderamente a la gente que tenemos al lado? Casi imposible hacerlo si no preguntamos.

Yo no quiero quedar como una incógnita para mis hijos. De muchas maneras, yo moldeo su personalidad y dejo ecos de mí misma en sus vidas. Me gustaría que me reconocieran en sí mismos y escogieran con qué partes mías quedarse.

Al fin y al cabo, ellos tienen que decidir qué hacer con la maleta de experiencias que les heredamos. Por lo menos les podemos hacer el favor de presentarnos como personas. Me daría mucha lástima dejarles un rompecabezas incompleto.

Atajos Mentales

Yo estoy llena de prejuicios: espero que el chofer de la camioneta sea imprudente, abusivo y agresivo. Creo que los políticos tienen malas intenciones y que son corruptos. Desconfío de los policías. Sé que mis amigos me hablan con la verdad.

Los prejuicios son simples mapas preconstruidos que nos ayudan a navegar por la vida de forma más eficiente. Es como agarrar la ruta más corta entre dos puntos. El problema viene cuando no estamos dispuestos a analizar esos esquemas para revalidarlos, o encontrar mejores. Etiquetar a las personas siempre es problemático, porque no nos podemos definir ni a nosotros mismos. Agrupar a una «clase» de gente y esperar que actúe de x o y manera, nos predispone a verla sólo con esos lentes y fijarnos sólo en lo que refuerza nuestra preconcepción.

Clasificar a alguien sin conocerlo es miope. No tener opinión acerca de alguien luego de interactuar es no darle importancia. Cada individuo se merece un análisis propio y, si somos muy iluminados, nos permitimos revisarlo cada cierto tiempo para ver si todavía cabe donde lo colocamos. Parte de ser humano es cambiar, crecer y ver ese avance en los demás. Pero tampoco podemos pasar por la vida deteniéndonos a investigar cada uno de los impulsos que nos guían a actuar en situaciones cotidianas: no haríamos nada. Allí es donde los prejuicios, la cosmovisión, no son nocivos. Sólo hay que evitar que no nos permitan ver al humano detrás de la etiqueta.

Y, en el tráfico, yo seguiré asumiendo que estoy en guerra y que tengo que evitar a camioneteros, taxistas, motoristas y alguno que otro peatón.

Querer Quedar Bien

De adolescente, recuerdo que me esforzaba mucho por caerles bien a todo el mundo. No recuerdo haber tenido mucho éxito. Las personas que quieren mucho quedar bien, terminan siendo desesperantes y probablemente así podían describirme. Para ser una persona que le sea agradable a todo el mundo, es necesario no tener aristas, no crear controversias, no antagonizar. Eso sólo se logra sin personalidad propia, siendo plano, sin sabor. En pocas palabras, una papa sin sal.

Una reacción es volverse tan lleno de opiniones propias que no nos gane un cactus de lo espinoso. Pero así tampoco conseguí muchos amigos. El vestirse con un manto de cinismo nos puede proteger del mundo exterior, pero no dejamos que nadie se nos acerque.

Seguir cumpliendo años y no desarrollar una personalidad propia, no puede ser considerado crecer.

El problema, como siempre, es encontrar un intermedio entre los dos extremos. Ni tan complacientes que nos borremos a nosotros mismos, ni tan espinosos que nadie se nos acerque.

Ahora que ya no soy adolescente desde hace algunas décadas, me encuentro con varias aristas y peculiaridades que jamás me hubiera atrevido a demostrar antes por temor a «caer mal». Y resulta que ahora sí tengo amigos que me aprecian, con todo y mis rarezas.

El Marco de la Realidad

Verse a través de los ojos de un extraño resultaría extremadamente útil cuando me estoy probando jeans. Los espejos mienten (o, por lo menos, eso me gusta creer en las tiendas), las amigas son muy amables, las parejas tienen otras intenciones y yo no tengo ojos en la espalda. Sería tan interesante conocerse a uno mismo desde afuera.

No tenemos una percepción objetiva del mundo a nuestro alrededor, menos de nosotros mismos. Somos nuestra medida y nuestro medidor. Ni siquiera nos escuchamos la voz como suena y nos sorprende cuando nos pasan una grabación nuestra. No es de extrañarse que haya tanta gente que cree que puede cantar.

Muchas veces dejamos que nuestros sentimientos nos digan quiénes somos y éstos no son precisamente el paragón de la estabilidad. ¿Cómo podemos saber que ya no nos vemos «jóvenes», que ese corte de pelo ya no nos va, que no, tal vez shorts tan cortos son poco atractivos? Tener una noción más o menos acertada de cómo nos proyectamos hacia afuera, ayuda en mucho a establecer una relación sana con nuestro entorno y con el papel que jugamos.

He escuchado decir que la felicidad se encuentra viviendo dentro del marco de nuestra realidad. Esto me parece sumamente interesante. Porque en ningún momento estamos diciendo que el marco no se puede modificar. Pero, si ni siquiera queremos admitir que existe, es más fácil caer en actitudes y hábitos perjudiciales, como gastar más de lo que se gana, comer más de lo que se debe, hasta vestirse con ropa que definitivamente no nos va.

Conocer, hasta donde se puede, los límites que nos rodean, no es agobiante para quien mira esas líneas no como paredes, sino como metas que sobrepasar. Es bueno rodearse de gente que lo quiera a uno lo suficiente como para enseñarle la realidad, pero que también se apunte a ayudar a cambiarla. Y que no lo deje a uno comprarse ropa que quede fatal.

 

Cuando se Desconoce lo Desconocido

Entre las cosas que sé y las que sé, ganan por KO las que ignoro. No tengo ni idea de cómo armar un reactor nuclear, sólo he oído de astrofísica y probablemente tendría que pedir ayuda para cambiar una llanta. Pero sí sé que no sé.

Ante el adagio de «la ignorancia es atrevida», nos encontramos con que la mayor parte de nuestras metidas de pata vienen de no saber que desconocemos algo: nos rompimos el tobillo en un agujero que no vimos, nos perdimos porque no pedimos direcciones, nos fue como en feria por no conocer bien al traido en cuestión… Y es que hay una diferencia de vida o muerte entre estar conscientes de no tener toda la información y creer que ya lo sabemos todo. El punto es muy claro cuando lo vemos con adolescentes: tienen el suficiente desarrollo mental como para conocer muchas cosas. Tienen la confianza que viene con la edad y las hormonas. Y no tienen ni la más panda idea de cómo funciona verdaderamente el mundo.

Nunca se puede conocer todo. La información es dispersa y jamás la logramos encontrar toda. Tenemos que tomar decisiones con lo que tenemos a nuestro alcance y no dejarnos paralizar por el sobre-análisis. Pero tampoco podemos manejarnos por la vida con actitud de «a ver qué pasa» y aventarnos así nomás. Si no admitimos que existen lagunas en nuestro conocimiento, difícilmente vamos a permitir que alguien nos ayude. El hecho de reconocer nuestra propia limitación nos deja rodearnos de gente con mayor experiencia que nosotros en algún ámbito. Yo no sé armar un motor, por eso llevo mi carro al taller. No soy médico (aunque me creo pediatra de mis hijos y consulto con el que sí tiene el título) y por eso voy a una clínica.

El problema está cuando creo que sé y no sé nada.

El Miedo a Cumplir los Sueños

Siempre he querido un gato negro peludo. Ha de ser la vocación de vieja bruja que dicen que llevamos todas las mujeres dentro. O que, simplemente, son hermosos. Hace unos meses rescatamos a un gato de un tragante que tiene de negro y peludo lo que yo tengo de colocha y morena. O sea, nada. Es lindo, pero es corrientemente lindo. Y justo cuatro meses después, una amiga postea una foto de una gatita negra y peluda que necesita dar en adopción, porque la mamá llegó a parir a su garage junto con otra gata y ya parecen refugio de mascotas.

Y allí me tienen, con la posibilidad de cumplir un deseo, justo al alcance de mi mano. Con más dudas que noviecita en su primera noche.

Cada vez que estamos cerca de cumplir un sueño, por pequeño que sea, dudamos. Es como que si nos diera miedo que la realidad no cumpliera las expectativas que nos hemos construido en la imaginación. Y está bien. El mundo exterior pocas veces corresponde con lo que pasa entre nuestras orejas. Pero todo es cuestión del enfoque. En lo personal, me detienen muchas veces mis propias barreras y pocas veces hago algo impulsivo. No me como un helado, porque sé que después voy a estarlo sudando. O un jeans porque después voy a querer gastarme ese dinero en otra cosa.

Pero también he aprendido a separar mis experiencias en dos etapas: la planificación y la realización. Ambas tienen sus encantos. Para preparar viajes, toda la parte de hacer itinerarios, comprar entradas, hacer reservaciones de comidas, estudiar mapas, aprenderme horarios de transportes públicos, etc., es lo que me prolonga la experiencia, antes de la experiencia. Luego, cuando estoy allí, el ver que mi esfuerzo tiene como fruto que no estemos estresados, que le saquemos el mayor beneficio a estar en un lugar extraño, sin cansarnos porque no sabemos qué hacer, me da una satisfacción agregada. Allí es una de las pocas ocasiones en las que he aprendido a disfrutar de hacer realidad mis sueños.

Al final del día, lo que nos detiene muchas veces es el miedo a decepcionarnos. Lo cuál es sumamente triste, porque de todas formas ya estamos en negativo cuando no tenemos lo deseado. Adivinen quién durmió hoy con una gatita negra peluda.

Vivir Dormido

Rara vez me despierta la alarma. O es por el gato, o un pajarito en la ventana, o las ganas de ir al baño, le gano usualmente la carrera al timbre desgraciado. Las veces que eso es lo primero que me lleva a la consciencia, es porque estoy muy cansada y el resto de mi día va a pasar como entre neblina. Mi cerebro trabaja a un tercio de velocidad cuando tengo sueño, hasta el desayuno es un reto del Juego de la Oca y tengo suerte si salgo con zapatos iguales a la calle.

Pasar semi-vivos por allí es una buena definición de ser zombie: caminas, comes, emites sonidos, pero no estás realmente del todo allí. No dormir, comer chatarra, no moverse más que para ir a traer otra bolsita de papalinas, ni hablar de estar alcoholizado u otras hierbas. Si ya de por sí la vida es difícil de apreciar con todos los sentidos alerta. Estudios demuestran que percibimos un ínfimo porcentaje de lo que sucede a nuestro alrededor. Nuestro cerebro deshecha todo lo que no es esencial y hasta llena espacios con información que ya posee. La cara de las personas con las que tenemos más familiaridad, ya está almacenada, entonces no es eficiente que nos la aprendamos cada vez que les hablamos. Por eso es que las parejas de muchos años se perciben como eran de jóvenes, pues sus cerebros tienen ese rostro asignado a esa persona. (Lo cual no me molesta del todo, si les he de ser sincera.)

Parar un momento a vivir, multiplica nuestra experiencia y nos saca de la neblina de la que nos rodeamos. Pueda que nos moleste la luz al principio, pero es por mucho mejor que no darnos cuénta qué hay. Excepto cuando tengo sueño. Allí sólo me arregla una siesta.

Constructos

Dicen que si mueres en un sueño, mueres en la vida real. Pero, ¿cuál es la verdadera vida? ¿La que llevamos dentro? ¿La que percibimos con nuestros limitados sentidos? Con cada sensación, recuerdo, pensamiento, emoción, ampliamos nuestra mansión mental. Por algo hay personas que prefieren vivir adentro. También, si lo que construimos es una casa de espantos, es de esperarse que jamás querramos disfrutar de nuestra interioridad.

Yo he sostenido conversaciones más satisfactorias conmigo misma, que con muchas personas que he tenido que toparme. También contengo dentro de mi imaginación el mundo que esté viviendo en el libro de turno. Soy más bonita, más inteligente, más encantadora y habilidosa en mi cerebro. Estar conmigo misma no es problema. Pero, también me gusta conocer otras realidades. No soy tan ermitaña.

Encontrar gente con arquitecturas mentales interesantes es uno de los mejores descubrimientos de la vida. Porque podemos compartir universos, explorar imposibilidades y arreglar el mundo. Todo empieza con una idea y considerarla entre más de una persona, mientras sea adecuada, la expande. El truco está en no dejarse apantallar por un buen repello exterior. Antes de unificar edificios, hay que cersiorarse que haya algo más que una fachada llamativa.

No hay ingeniero que pueda reparar los escombros de una vida deshecha, sin el consentimiento del dueño.

Yo sigo añadiendo cuartos a mi construcción y buscando vecinos de quiénes rodearme. Sólo espero no morirme soñando.