Dentro de mi cabeza, muchas veces, llevo varias conversaciones a la vez. Normal. Creo. No me da tiempo de decir todo lo que pienso. Generalmente, tengo una imagen mental de lo que quiero decir y, como no puedo pasar la foto de lo que estoy pensando, me trabo cuando hablo. Ni modo.
Las palabras se pueden quedar cortas para comunicarnos. Eso lo miro marcadamente con mis hijos, que tienen todas las ideas del mundo, pero todavía no tienen el vocabulario para transmitirlas. Parte de hacer propio el mundo es poder describirlo y eso sólo se logra con la palabra adecuada. Se puede descubrir mucho de la riqueza de una cultura, viendo su lenguaje y por dónde se desarrollan palabras nuevas. No es de extrañar que tengamos que traducir mal conceptos como «empoderamiento» (detesto esa palabra, suena a insulto vulgar y pornográfico, pero no hay otra), o poner «tuitear». Nuestro idioma no se caracteriza precisamente por ser técnico, o ir a la vanguardia de los inventos científicos. ¿Será porque no desarrollamos nuevas cosas en nuestros países?
Es indispensable tener una forma de transmitir lo que habita entre nuestras orejas. De nada nos sirve que quede guardado como una idea. Tal vez necesitemos inventarnos el concepto lingüístico, junto con el invento mismo y mandar a la porra a la Real Academia.
Mientras tanto, yo me seguiré trabando al hablar. Ustedes ténganme paciencia.
