No hacer nada

Mis días están llenos de cosas. Así igual la vida. Y, cuando no hago nada, me siento culpable. Como si tuviera que justificar mi existencia con una tarea completada.

Es un sentimiento moderno, tal vez porque tenemos más tiempo disponible sin oficio, pero menos ocasión de no tener distracciones. La gente pre modernidad tenía horas enteras sin ruido. Ahora no pasamos un minuto sin llenar nuestro cerebro de estímulo. Parecemos en perpetuo movimiento, aunque no logremos nada.

Voy a instituir una tarde a la semana sin externalidades. A ver cuántos minutos aguanto sin levantarme a planchar.

Con tiempo

Generalmente sé que me voy de viaje unos seis meses antes. Suficiente tiempo para arreglar papelería y tener idea qué voy a hacer en esos días. También me gusta hacer las inscripciones escolares antes, llegar a las fiestas a tiempo y comprar regalos por anticipado. Siento que algo de control le da a mi vida, por mucho que sea una mera ilusión.

Hacer planes nos separa del resto de la fauna terrestre. Los animales viven el día a día, aunque tengan sus propios ciclos naturales. Responden más a instintos que a previsiones. Los seres humanos nos proyectamos, no sólo dentro de nuestras propias vidas, sino para más allá. Una mezcla de arrogancia y esperanza. La primera, creyendo que somos tan interesantes que a alguien le importe si existimos o no. La segunda, pensando que hay futuro. Bonito eso.

Ver más allá y hacer planes me ayuda a alargar el placer de las cosas bonitas por venir y prepararme para afrontar las cosas difíciles. Una buena mezcla, además, de tratar de vivir con lo que tengo enfrente. Tiene sus ventajas, como fijarse en un pasaporte vencido, o enviar un correo de reclamo a tiempo. Nada más feo que revisar el calendario y darse cuenta que la fecha ya pasó.

Música nueva

Me gusta escuchar la lista de nuevas de la semana. He encontrado joyas y alimenta mi gana de música distinta. Por mucho que regrese a veces a las canciones de mi adolescencia, la mayor parte del tiempo busco nuevas.

Leí un libro hace unos años acerca de cómo el cerebro se queda trabado en las mismas rutas de pensamiento después de cierta edad y de cómo hay que romper ese estancamiento. Es como obtener una oportunidad de ver de nuevo el mundo, y maravillarse.

Libros nuevos, otras películas, gente distinta, música diferente. Todo ayuda a descubrir la vida, que siempre es nueva. Igual que nosotros.

En donde uno está

Ayer hablábamos de lo que ahora se dice bullying. Claro que la experiencia es desagradable, por supuesto que es algo que transforma, pero uno no puede saber cómo sería si no la hubiera vivido. Los Sis no existen, simplemente existe lo que ya pasó descargar.

Los seres humanos tendemos a crear los escenarios imaginarios. Eso está bien. Es parte de lo que nos hace trascender, de lo que hace que la humanidad vaya más allá de la cueva, nos ha dado toda la tecnología nueva y también todo el arte. Pero tiene la trampa de dejarnos fuera de la realidad . Uno tiene que estar donde está.

Imaginarnos otras formas de vida, otras vidas que no hemos Debido está bien. No está bien. No vivir la vida que tenemos.

El idioma apropiado

En la leyenda familiar, mi bisabuela se supone que hablaba 8 idiomas. Yo he tratado de aprender varios, aunque no me acerco.

Pero más que idiomas, me interesa aprender a hablar de la forma que la gente que quiero me entienda y yo la entienda a ella. Es una cuestión de interés, no gramática.

Por el momento, estoy en “adolescente”. Un idioma fascinante que requiere buen oído, agilidad mental y mucha tolerancia. No creo llegar a dominarlo. Sobre todo porque sus principales representantes pueda que crezcan antes que yo lo logre. Pero voy a tratar.

Sufrir ajeno

Acabo de escuchar que el amor incondicional entre padres e hijos es de dos vías. Lo he visto, sobre todo cuando los padres no son los mejores; los hijos se desviven por tener su atención y cariño. Pero bajo circunstancias normales, la balanza se debería ver inclinada del otro lado. Uno los quiere, a veces hasta demás.

Algo debe haber más allá de la biología. Porque mantenemos lazos estrechos de familia mucho después que son independientes. Sus triunfos nos enorgullecen y alegran. Sus penas nos duelen más que las propias. Uno sufre ajeno, pero porque no son ajenos, son propios.

Nada mejor que ver a los hijos probar el mundo con sus primeros eventos. Hasta las primeras roturas de corazón. No es que me guste verlos sufrir, simplemente acepto que eso es lo que tiene que suceder y me siento a esperarlos con un buen abrazo. Yo no puedo hacer que la vida no les duela, pero sí puedo estar siempre. Incondicional.

Aunque no me guste

Acabo de leer un libro que no hubiera escogido. No me encantó. Pero lo terminé.

A veces hay que hacer cosas que no nos fascinan. Porque la vida es de hacer cosas variadas y no todas son nuestra preferencia. El secreto es hacerlas todas con gusto, la perspectiva es lo más importante.

Aunque no me haya encantado el libro, me gustó conocer algo nuevo. Así como no me gusta planchar y lo hago con gusto. O hacer ejercicio. O hacer dieta. Y le encuentro (o trato) de encontrarle el chiste a todo. Porque así aprende uno.

De blanco

Desde hace meses me pinto las uñas y cambio de color cada semana. Pero no cambio demasiado. O claras o rojas. Y siempre regreso a lo mismo. Me ha pasado muchas veces que me compro «otro color» y cuando llego a la casa es uno más de la colección de colores iguales.

Tenemos preferencias y nos halan como imanes. Por eso se habla de «tipos de personas» o de «estilos de ropa», como si fuera una firma que hace nuestra vida sobre nosotros y que no cambiamos fácilmente. Depende de muchas cosas, de los hábitos que nos hemos hecho, de las creencias y afirmaciones que nos hacemos (esto no me queda bien, ya no tengo edad para usar vuelos, me debería pintar el pelo de otro color, etc…). Pero todo regresa a que lo que nos gusta nos hace sentir cómodos.

A mí me gusta verme las uñas de un rosado casi blanco. O de un rojo casi negro. Y cambiarlas porque me aburren. Tal vez pruebe un café, pero lo miro y sé que no lo voy a usar.

La cara marcada

He estado viendo un montón de videos de cirugías plásticas en las que las pacientes quedan… como si el tiempo hubiera retrocedido. Y por supuesto que me miro la cara y veo el paso del tiempo en cada una de las arrugas y líneas. Peor si sonrío.

Uno nace casi como una hoja en blanco. Claro que con la maleta de la genética, pero lo suficientemente moldeable como para convertirlo en lo que sea. Y los años se encargan de reflejar nuestras decisiones. Los vicios y las virtudes se imprimen en nuestra piel y no hay crema o bisturí que los borre del todo.

Por supuesto que quisiera verme veinte años menor. Sobre todo cuando la señora de la farmacia me dice que seguro fui bonita de joven, dejándome sin saber qué contestarle. Pero también sé que se me marca en la cara mi facilidad para sonreír y el cuidado que me he tenido para llegar sana a vieja. Así que, mientras no me haga algo extremo, me seguiré viendo la vida en la cara. Y está bien.

Ajustes

Hace ya casi diez años, luego de un evento que me sacudió el mundo, recibí una inspiración que sirvió para el tatuaje que llevo en el antebrazo izquierdo. La puse allí porque la miro seguido y es un buen mantra. Poco de lo que tengo cotidianamente se parece a lo que creí que iba a tener. En su expresión externa. Pero si me voy a lo que quería sentir, hay mucho que sí corresponde.

Nos toca ajustarnos a todo. Ni la Tierra se queda estática y tenemos mareas y clima y aire y vida porque se mueve constantemente y nos hace movernos con ella, desde las estaciones que tenemos que prever hasta si salimos con o sin botas para la lluvia. Lo maravilloso es que el ser humano está diseñado precisamente para eso: adaptarse. Por eso vivimos en casi todo el orbe, bajo las circunstancias más extrañas y, donde no vivimos, por lo menos hemos tratado de explorar.

Yo no pretendo hacer expediciones a los polos, pero sí pido tener la flexibilidad para no creer que lo que sé hacer es lo único que se debe hacer. Ser principiante siempre, ser abierta a aprender, probar lo que conozco y adaptarlo si no sirve. Por eso llevo tatuado «el control no es poder». Amén.