Días normales

No sé si en mi vida ya no hay normalidad, o ésta es sólo un mito. Yo creo que lo que hacemos en casa es normal, porque es «mi» normal. También me rodeo de gente con costumbres similares y gustos afines. Entonces concluyo un poco precipitadamente que eso es lo que sucede en el mundo. Claro que hay cosas que me escandalizan, como los atentados y las matanzas y niños muriéndose de hambre. Pero si soy sincera, hay un «adentro» y un «afuera» de mi burbuja para eso, que no implica que no me involucre y haga lo que puedo por ayudar.

La ilusión de lo que pasa «en todos lados» se me estrella contra la gente que tengo cerca y que me batean hasta el fondo del parque. Y, generalmente, no me molesta lo que hacen. Al final del día es su vida y su problema. Me saca de quicio lo que opinan acerca de lo que los demás hacen.

Las reglas sociales tienden a radicalizar posiciones: o eres completamente cuadrado y te conformas a lo que se debe hacer, o te sales por completo del cuadro y eres el «rebelde.» Pero siempre en blanco y negro. Y siempre el otro está mal. Dudo mucho que venga el día en que aceptemos que lo «normal» no existe y que sólo hay realidades distintas.

Al final del día, yo ya no sé si soy normal. Sé que me siento afortunada. Con eso me basta.

Aceptar otras normalidades

Mis hijos cenan a las seis de la tarde, se duermen antes de las siete y media de la noche, no comen chucherías seguido, se bañan por la mañana y sólo miran media hora de tele al día. Esa es nuestra normalidad. También nos parece normal con mi marido tener momentos juntos de noche, solos. Tomarnos fotos. Buscar un cambio de rutina, aunque sea irnos a enmotelar. O sea, tenemos casi diez años de casados, qué de malo tiene irnos a meter a un lugar de ésos, al fin y al cabo, mis hijos no nacieron por ósmosis.

Como uno vive en su normalidad, se le olvida a veces que hay otras. Es más, que hay tantas como personas, porque ni los que viven en una misma casa tienen la misma vida. Es una habilidad que se aprende el poder sentarse a escuchar con tranquilidad lo que hacen otras personas y aceptar que, si no lo afecta a uno, es muy rollo de ellas. En general, cuando alguien se siente escuchado, se destapa. Y nos permite conocer su mundo. Es instructivo aprender cómo vive su realidad al quien tenemos al lado.

Que lo que hacemos sea normal, no quiere decir que sea lo mejor. Pero si nunca nos enteramos que hay formas diferentes de hacer las cosas, tampoco podemos cambiarlas. Quién sabe, a lo mejor mis hijos pueden dormirse un poco más tarde y no padecer de por vida.