Infecciones deseables

Cuando estaba embarazada del primero, no faltó el consejo de «bañarlo en agua salvavidas, porque guácala el agua del chorro». No sólo no hice caso, sino que el niño gateó en el suelo (lo más limpio posible), se revolcó en la grama, anduvo descalzo y se enfermó. Y se enfermó. Y le pegó lombrices a la hermanita de tres meses. Y los dos se enfermaron. Fue la mejor decisión que he tomado en mi vida.

El mundo está lleno de bichos. No todos son malos. Tenemos que preocuparnos de exponernos a lo que pueda enfermarnos, pero no matarnos para ser más fuertes. Algunos microorganismos incluso pueden ser de grandes beneficios para nosotros.

No podemos escaparnos de «infectarnos» de lo que nos rodea. Cada imagen que vemos, cada idea que consideramos, cada persona con la que interactuamos. Todo nos afecta y nos cambia. El secreto del éxito está en elegir con cuidado qué vamos a dejar entrar en nuestras vidas.

Nada debería ser más fácil que rodearnos de gente que sólo nos aporten cosas buenas, pero allí estamos con «frenemies», parejas desgastantes, relaciones tormentosas. Podríamos alimentar nuestras mentes sólo de pensamientos e ideas positivas, pero allí estamos revolviendo la cubeta de obsesiones que sólo nos hunden.

Infectémonos, porque es inevitable, pero escojamos sólo lo que nos haga estar mejor. Dentro del experimento que sufren mis hijos por tenerme como mamá, se me han enfermado, sí, pero ninguna enfermedad me los ha mandado al hospital (primero Dios así siga).

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