Sólo esa receta

Hice magdalena de la receta de mi mamá. Es la que me gusta ahora (no me gustaba antes) y que no encontraba en ninguna parte porque no estaba el libro de recetas de mi mamá. En ninguna parte. Perder ese libro me dolió demasiado y durante años pasé tristeando no tenerlo. Hasta que me lo devolvieron. Sentí que era un milagro, que había mediado algo de magia en el asunto.

La comida, no sólo es un combustible, es realmente el detonante de la fábrica química que tenemos en nuestros cuerpos y que regula mucho de nuestras emociones. Está íntimamente ligada a los recuerdos gracias al sentido del olfato. Por eso es que casi nada nos sabe igual de bien que en la infancia. El sabor de las cosas está lleno de ingredientes que no nos comemos, pero que sí nos alimentan. Por eso la gente abre restaurantes en el extranjero con la comida de su casa, las recetas de las abuelitas, los ingredientes de su tierra. La comida nos une a la familia, a las conversaciones, a celebrar y enterrar seres queridos y marcar hitos. Perder una de las formas de relacionarnos es perdernos un poco a nosotros mismos.

Hice magdalena y estoy segura que la receta de mi mamá es un simple pound cake. Pero no me han sabido igual con otras instrucciones y definitivamente no siento que mi casa huela como ahora. En cualquier momento podría llamarme mi mamá a comer masa cruda. O yo hacerlo con mis hijos. Porque lo más bonito de hacer comida es que uno pasa esos recuerdos, junto con los nuevos, a los siguientes seres humanos que heredan esas costumbres. Me gustaría que ambos hijos míos recuerden algún momento especial cuando coman lo que les gustaba que les hiciera. Tal vez hasta hagan una magdalena.

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